El 4 de julio de 2026, EE UU celebrará los 250 años de su fundación. Pocas veces una efeméride habrá coincidido tan exactamente con el agotamiento de la idea que la hizo posible. Será como brindar por un mundo que ya no existe. La nación que se presentó durante décadas como garante del orden democrático global ha cruzado, según los politólogos más rigurosos, la línea que separa la democracia del autoritarismo competitivo. No es una metáfora ni una exageración retórica. En 2025, el número de autocracias en el mundo superó por primera vez al de democracias. Mientras el guardián se ha convertido en el incendiario, otros observan y esperan. Pero lo más inquietante no es que los autoritarios estén ganando. Es que quienes debían oponérseles parecen haber olvidado para qué.
Hace un año, en la toma de posesión de Donald Trump, la imagen más reveladora no fue el discurso revanchista ni la presencia de la llamada Internacional Reaccionaria —de la italiana Giorgia Meloni al salvadoreño Nayib Bukele— mientras líderes como el francés Emmanuel Macron o el alemán Olaf Scholz ni siquiera fueron invitados. Fue el lugar privilegiado que ocupaban los magnates tecnológicos, sonrientes, junto al nuevo presidente. La fusión entre poder político y económico se exhibía ya sin pudor.
Hoy, esos magnates no solo acumulan una riqueza inédita: ejercen una influencia cultural y comunicativa sin precedentes. Y algunos ya no esconden su desprecio por la democracia. Peter Thiel, uno de los ideólogos más influyentes de esta nueva derecha, lo dijo sin rodeos: “He dejado de creer que libertad y democracia sean compatibles”. No es una provocación: es un programa. Curtis Yarvin, otro de los referentes intelectuales del entorno trumpista, lo llama sin tapujos reinventar el fascismo y ponerlo al servicio de Silicon Valley. Si pierden las elecciones de mitad de mandato en 2026, advierte, habrán perdido la oportunidad de acabar con la democracia. De ahí la urgencia por consolidar el poder antes de que los votantes puedan frenarlo.
¿Por qué deberíamos inquietarnos? Porque concentran un tipo de poder que ninguna élite anterior tuvo. Los Rockefeller no aspiraban a colonizar Marte, ni a crear monedas privadas, ni a condicionar conflictos militares en tiempo real. No pensaban que para avanzar hubiera que abolir la democracia. Evgeny Morozov ha descrito con precisión lo que representan: concentran tres formas de dominación que antes estaban dispersas. La del plutócrata, que compra influencia; la del oráculo, al que se escucha como a un profeta; y la de la plataforma, que controla el escenario donde los demás hablan. El problema ya no es que este nuevo poder influya en lo que se dice, sino que decide qué se dice, cómo circula y en qué términos se entiende.

Pero el éxito del autoritarismo contemporáneo no se explica solo desde arriba. También exige preguntarse por qué millones de personas votan por líderes que acabarán despojándolas de derechos, y por qué el populismo, definido como rebelión contra las élites, ha entronizado a una élite aún mayor.
La desigualdad rompe el vínculo entre la ciudadanía y las instituciones, y entonces aparecen líderes que prometen protección frente a unas élites supuestamente indiferentes. No ofrecen un programa económico coherente —sus políticas suelen beneficiar a los ricos— pero sí algo políticamente decisivo: reconocimiento. Alguien que nombra el dolor y señala culpables. La frustración material se canaliza hacia la identidad, y la democracia liberal —neutral, procedimental, cosmopolita— se convierte en el enemigo porque parece representar precisamente a quienes abandonaron a la gente común.
Como ha descrito Susan Stokes, los autócratas del siglo XXI no llegan con golpes de Estado, llegan con papeletas y se quedan utilizando las propias herramientas de la democracia. El proceso suele repetirse. Primer movimiento: polarizar. Patriotas contra traidores. Cuando la política se convierte en guerra tribal, defender al líder —pase lo que pase— se vuelve una cuestión de lealtad, no de razón. Segundo movimiento: desprestigiar. Se ataca sistemáticamente a las instituciones que podrían limitar al poder: los jueces son corruptos, los periodistas mienten, las agencias electorales hacen fraude, las universidades adoctrinan. Y cuando las instituciones pierden credibilidad, dejan de poder ejercer su función de contrapeso. Tercer movimiento: reemplazar. Una vez desprestigiadas, las instituciones se “reforman”, es decir, se llenan de leales. Todo sigue pareciendo democrático —hay elecciones, hay parlamento, hay tribunales—, pero el contenido se ha vaciado. Queda solo la cáscara. Lo más perverso es que los ciudadanos participan activamente en el proceso. Los que asaltaron el Capitolio el 6 de enero de 2021 creían estar salvando la democracia de un fraude inexistente. Convencidos de defenderla, la estaban desmontando.

El año 2026 pondrá este modelo a prueba. En noviembre, las elecciones de mitad de mandato en EE UU decidirán si Trump consolida su poder o encuentra un freno institucional. En octubre, Brasil elegirá entre un Lula octogenario y un bolsonarismo que espera su momento. En abril, Hungría celebrará unos comicios en los que Viktor Orbán —el laboratorio europeo de este autoritarismo— enfrenta su primer desafío serio en quince años. En Alemania, la AfD aspira a resultados históricos en las elecciones regionales del Este. En Francia, las municipales medirán la fuerza de Marine Le Pen antes de las presidenciales de 2027. El tablero está abierto: o las democracias reaccionan, o el vaciamiento se consuma.
Pero ¿con qué autoridad moral puede Europa resistir? El autoritarismo que llega del otro lado del Atlántico ha roto el vínculo entre poder y legitimidad. El daño más profundo no es solo la concentración de poder, sino la ruptura del pacto de posguerra: la promesa de que el derecho obligaría también a los poderosos. Y Europa, que debería ser su guardiana, ha sido cómplice. En 2025, mientras invocaba el orden internacional para defender a Ucrania, lo suspendía en silencio para Gaza. Es la vieja fórmula de Joseph Conrad: la luz en casa, el corazón de las tinieblas en los márgenes. La misma que Europa aplica hoy en sus fronteras, externalizando el horror a Libia, Turquía o Marruecos. En junio de 2026 entrará en vigor el nuevo Pacto de Migración y Asilo, con deportaciones más rápidas y centros de retorno. Hoy son los migrantes. ¿Quién será el siguiente?

No es autoritarismo clásico. Es algo más insidioso: una crisis de sentido. La Europa contemporánea se parece al mayordomo de Los restos del día, de Kazuo Ishiguro: orgullosa del procedimiento y de la excelencia técnica, pero reacia a examinar los fines a los que sirve. Gestiona y contemporiza. Solo al final, en el muelle, el protagonista admite que dedicó su vida a perfeccionar el servicio mientras el mundo que servía se desmoronaba. La pregunta es si Europa tendrá ese momento de lucidez a tiempo o si solo quedarán los restos del día.
Mientras tanto, una socialdemocracia sin brújula adopta la retórica de quienes debería combatir. El británico Keir Starmer y la danesa Mette Frederiksen imitan a la derecha en migración creyendo que así la desarman. Solo consiguen legitimar su marco. Y al abandonar su propio terreno, han dejado un espacio que otros empiezan a ocupar: el vaciamiento crea oportunidades. En Copenhague, los socialdemócratas perdieron tras 122 años no ante la extrema derecha, sino ante una izquierda que no pidió perdón por serlo. En Nueva York, el nuevo alcalde Zohran Mamdani ha jurado sobre un Corán en una estación abandonada del primer metro de la ciudad. Son señales de que algo puede nacer donde el viejo orden se resquebraja.
2026 será el año de la decisión. No porque vaya a resolverse nada —las crisis de sentido no se resuelven en un ciclo electoral— sino porque sabremos si queda algo que defender o si solo administramos el declive. La pregunta ya no es si el viejo orden puede sostenerse. Es si seremos capaces de imaginar otro.
