Fernando de la Mora atraviesa un momento que invita a la reflexión. En distintos barrios de la ciudad, los reclamos se repiten: servicios que no llegan, obras que se demoran y una sensación generalizada de ausencia institucional. No es una crítica aislada, sino un murmullo persistente que va ganando volumen en la conversación cotidiana de los vecinos.
En paralelo, en el escenario político local comenzó a instalarse otro tema que, aunque nadie confirma oficialmente, circula con fuerza en pasillos, reuniones y charlas informales. Se habla de un vínculo sentimental entre Víctor Molas, precandidato a intendente, y Myriam Rodríguez, precandidata a concejal, ambos con aspiraciones claras dentro del mismo municipio. El dato, más allá de lo personal, abre interrogantes inevitables.
Porque cuando quienes buscan conducir una ciudad comparten algo más que un proyecto político, la pregunta no tarda en aparecer: ¿dónde termina lo privado y dónde empieza la responsabilidad pública? No se trata de juzgar relaciones, sino de observar prioridades. Y hoy, para muchos vecinos, la percepción es que la gestión quedó en segundo plano.
Las calles, la infraestructura, el orden urbano y la atención al contribuyente siguen esperando respuestas. Mientras tanto, la agenda política parece moverse en otra frecuencia, más cercana a los acuerdos internos que a las urgencias diarias de la ciudad. Esa desconexión es la que empieza a incomodar.
En un contexto preelectoral, cada gesto cuenta. Cada ausencia se nota. Y cada silencio comunica. La cercanía sentimental entre dos figuras centrales del tablero político local, lejos de pasar desapercibida, se convierte en un símbolo de una etapa donde las decisiones parecen diluirse.
Fernando de la Mora no necesita especulaciones ni distracciones. Necesita conducción, foco y una gestión que vuelva a ocupar el centro. Porque cuando lo personal comienza a pesar más que lo público, es la ciudad la que termina pagando el costo.
