¿Sustituirá su recién anunciada Junta de Paz para supervisar el fin de la guerra en Gaza a la ONU?, le preguntó una reportera a Donald Trump el martes durante su comparecencia en la Casa Blanca con motivo del aniversario de su regreso al poder. “Podría ser”, contestó el presidente de Estados Unidos, “la ONU simplemente no ha sido de mucha ayuda. Soy un gran admirador de su potencial, pero nunca han estado a la altura de su promesa. Deberían haber sido ellos los que hubieran acabado con todas las guerras que yo resolví, pero ni siquiera acudí a ellos, ni pensé en hacerlo”. A continuación, añadió: “Creo que hay que dejar que [la ONU] siga existiendo, porque su potencial es enorme”.
Antes, durante el monólogo de más de 80 minutos en el que exageró los logros de su primer año de vuelta al poder, había vinculado el asunto a una de sus grandes obsesiones: esos “ocho” conflictos que exagera al decir que ha resuelto en “10 meses”, y el Premio Nobel de la Paz que nunca acaba de llegar, pese a que, advirtió, “muchos países lo han pedido”.
Así que además de para volver a defender que merece el galardón, su declaración del martes sirvió para inquietar aún más a quienes temen que Trump está pensando en usar ese club exclusivo para relegar a la ONU, creada hace 80 años, como parte del ataque en múltiples frentes al orden multilateral que ha intensificado en las últimas semanas.
Al menos 60 países han recibido una invitación para sumarse a esa Junta de Paz desde que el viernes pasado Washington anunció la fundación de un consejo. Está previsto que lo presida Trump “indefinidamente” e incluye a su yerno Jared Kushner; al secretario de Estado, Marco Rubio; al enviado especial Steve Witkoff, viejo amigo del presidente de Estados Unidos; y al ex primer ministro británico Tony Blair.
Una decena de capitales, en una lista que crece con las horas, ya han anunciado que se sumarán. La nómica incluye desde Albania a Israel, pese a su incomodidad por la participación de Egipto y Qatar; desde Marruecos a Egipto; y desde Argentina a Hungría. Algunos son viejos aliados de Estados Unidos. Otros necesitan demasiado su ayuda como para llevar la contraria a Washington. El resto cuenta con líderes próximos a Trump.
En la agenda del republicano de este jueves en el Foro Económico de Davos destaca el acto de presentación a esa Junta de Paz. Será un día después del incendiario discurso, de tono beligerante, con el que hizo temblar a Europa con su insistencia en hacerse con Groenlandia, en el que expresó que no planea “usar la fuerza”, para luego afirmar que un principio de acuerdo con la OTAN. Está previsto para las 10.30. Representantes de unos 35 países están invitados a ese acto, según la Casa Blanca.
Si las motivaciones de sus primeros socios parecen claras, no lo están tanto los méritos necesarios para ser invitado más allá de la discrecionalidad de Washington, su composición final o hasta dónde llegará su cometido más allá de su misión primordial: avanzar en el plan de paz impuesto por Estados Unidos a Israel y Hamás para acabar con la guerra de Gaza. Su documento fundacional ni siquiera menciona la Franja.
También es un enigma cuáles de sus miembros estarán dispuestos a pagar los 1.000 millones de dólares, unos 864 millones de euros, que costará el asiento permanente. Ese dinero, sostiene Estados Unidos, se destinará a la reconstrucción de Gaza, aunque de momento no se hayan hecho público sus planes.
Sin desembolso de dinero
Entre los que ya dieron el sí, algunos países han avisado que no desembolsarán esa cantidad. Otros, como Francia, Italia, Suecia o Noruega, han anunciado que no formarán parte, tampoco gratis. La decisión de París provocó el enfado de Trump, que amenazó con aranceles del 200% al vino y el champán franceses. España pertenece al grupo de los que aún están “estudiando” la conveniencia de sumarse. China y Rusia se encuentran en esa misma situación.
El salto desde la configuración inicial de la Junta de Paz —definida en el plan para Gaza como un organismo supervisor de la tregua entre Israel y Hamás y avalada por el Consejo de Seguridad de la ONU— hasta su actual mutación ha puesto en alerta a la diplomacia global y en una incómoda posición a la ONU, que ya vio hace una semana cómo Estados Unidos abandonaba una decena de sus organismos en otro ataque de Trump a la multilateralidad surgida de las cenizas de la II Guerra Mundial.
En el texto del viernes pasado, queda claro que la intención es ir más allá de Oriente Próximo, dado que el objetivo de la Junta es “promover la estabilidad, restablecer una gobernanza fiable y legítima, y asegurar una paz duradera en zonas afectadas o amenazadas por conflictos”.
Todo parece obedecer al afán del presidente de Estados Unidos de dinamitar el orden internacional para conseguir doblegarlo en función de sus deseos y también de su vanidad. Según el borrador de los estatutos de la Junta, Trump estará al frente de forma indefinida, y eso incluye la posibilidad de que lo siga siendo incluso cuando deje la Casa Blanca en 2029, dado que la Constitución de su país no le permite, salvo en el improbable aunque no imposible caso de que la cambie, volver a optar a la presidencia. Solo una votación unánime de la Junta podrá desalojarlo. Su sucesor al frente de su país solo tendrá la potestad de nombrar a un representante de Washington en el club.
Entre tanto, tampoco está claro de qué manera supervisará la Junta la paz la tregua entre Israel y Hamás. Ni por cuánto tiempo, aunque ya se han creado dos subcomités para avanzar en esa paz. De lo que no hay duda es que de momento ningún palestino forma parte o ha sido invitado al club.
