Vuelve aquel conjuro, whatever it takes, adaptado a la versión geopolítica machirula de la era Trump. “Para convertirse en una potencia, Europa debe pasar de ser una confederación a una federación”, ha dicho Mario Draghi esta semana en Lovaina, una ciudad preciosa a dos pasos de Bruselas. Cuando pronunció aquel “haremos lo que haga falta”, en el verano de 2012 en Londres, tenía un bazuca en forma de BCE, y los especuladores que estaban apostando a destruir el euro huyeron como conejos. Hoy quienes juegan a destruir Europa están guerreando en Ucrania, y forrándose en el Despacho Oval. Y además ahora Draghi ya no tiene el bazuca a mano, pero vuelve a tener razón: Europa se parece más a Suiza que a Alemania. Eso debilita a la Unión, que necesita lo que el expresidente del BCE ha bautizado como “federalismo pragmático”. Nos falta federalismo: tenemos confederalismo. Y nos falta pragmatismo: tenemos vasallaje feliz.

Allí donde Europa se ha federado —en los ámbitos del comercio, la competencia, el mercado único y la política monetaria: lo que más importaba en el mundo que ha quedado atrás—, se respeta a la UE como potencia y el club europeo negocia con una sola voz en la mesa de los mayores. Y allí donde no ha sido capaz de federarse —en materia de defensa, política industrial y asuntos exteriores, lo fundamental en la nueva era—, se despacha a la Unión como un conjunto dispar de Estados de tamaño medio, que se pueden dividir y maltratar. Ese es el resumen de la jugada europea, mal equipada para el recién nacido desorden iliberal internacional.

Trump, Xi y Putin son las figuras rutilantes de ese nuevo desorden iliberal. Son líderes fuertes. Tienen armas nucleares, o energía y tierras raras. Y en los casos chino y estadounidense son potencias industriales y tecnológicas. Europa no tiene energía, ni tierras raras, apenas posee armas nucleares y se ha quedado atrás industrial y tecnológicamente. Y, en cuanto al liderazgo, la alineación de Europa está pensada para defender cuando todo el mundo está saliendo al ataque.

Ursula von der Leyen parece más una política de medio pelo del centroderecha alemán, con sus tabúes con Israel y su atlantismo desaforado, que la presidenta de una Comisión Europea que ahora mismo carece de impulso hacia ninguna parte. La jefa de la diplomacia, Kaja Kallas, ha puesto demasiado foco en Rusia y ha descuidado todo lo demás: no logra tener la voz que sí consiguió su antecesor, Josep Borrell. El secretario general de la OTAN, el holandés Mark Rutte, es un adulador de Trump. ¿Y en las capitales? El canciller alemán, el conservador Friedrich Merz, está ensimismado con la crisis estructural de su país, sin un proyecto europeo digno de ese nombre. El presidente francés, el liberal Emmanuel Macron, es un pato cojo que corre serio peligro de dejar como herencia al lepenismo. Giorgia Meloni, primera ministra italiana, es la ultraderecha supuestamente presentable de la UE. La España de Pedro Sánchez ha conseguido tener por fin una voz propia en las grandes agendas internacionales, de Gaza a la política migratoria pasando por la regulación de los tecnomagnates, pero el insoportable ruido de la cocina política casera debilita su papel de liderazgo en el centroizquierda continental, más aún cuando esa familia política está siendo engullida por el abrazo oscuro del centroderecha y la ultraderecha. La última vez que ocurrió eso, hace casi un siglo, un señor con un bigotito inquietante llegó al poder en Berlín con apenas el 37% de los votos. La ultraderecha alemana roza hoy el 30% en los sondeos. La francesa se acerca al 40%. Y la italiana está cómodamente instalada en el Gobierno.

El escritor Stefan Zweig, en su correspondencia con Joseph Roth, no dejó de quitarle hierro al ascenso de Hitler y a los abusos de los nazis en los años treinta. Roth, en cambio, acertó de lleno: lo llamó “infierno en la tierra”. Von der Leyen, Rutte, Merz, Macron y compañía están más cerca de Zweig que de Roth, emitiendo discretos tss-tss de desaprobación ante el trumpismo, un nuevo imperialismo que ha identificado a la UE como uno de los principales objetivos de su ofensiva. Zweig, huelga decirlo, acabó mal. A ver cómo acaban los líderes que le emulan con ese discurso conciliador, con esa milonga del apaciguamiento.

Afortunadamente, hay figuras que empiezan a alzar la voz. Lo más decente que hemos oído hasta ahora es el discurso de otro exbanquero central, el primer ministro canadiense Mark Carney, en Davos: “Hay una tendencia a apaciguar. A evitar problemas. A esperar que el apaciguamiento traiga seguridad. No ocurrirá”, decía en un dardo indisimulado hacia Europa. Por estos lares, un senador romano de 73 años es quien más está dando en el clavo: hace ya tres lustros Draghi salvó el euro, y probablemente el proyecto europeo, y hoy está de nuevo tratando de salvar los muebles en Europa juntando los restos de todos los naufragios. Lean su maravilloso discurso en Lovaina. Este es el broche final: “Lo que comenzó con miedo debe continuar con esperanza”.

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