Algo más de un mes después de que la República Islámica de Irán aplastara la última oleada de protestas al precio de al menos 7.000 muertos, según la ONG HRANA, una brecha ha empezado a abrirse en el muro de miedo que siguió a lo que muchos iraníes definen como “ríos de sangre” vertidos por el régimen. Este sábado, cientos de universitarios de la Universidad Tecnológica Sharif, en Teherán, se manifestaron contra las autoridades en el campus, según reflejan vídeos verificados por la BBC británica.
Esos futuros ingenieros no son los únicos estudiantes que están tratando de revivir las protestas en un momento de especial fragilidad del régimen islámico, sobre el que pende la espada de Damocles del enorme despliegue militar en Oriente Próximo de fuerzas de Estados Unidos, inédito desde la invasión de Irak, en 2003. La también politécnica Khajeh Nasir Toosi y la Universidad de Artes de Teherán, un complejo que alberga al menos siete facultades, han sido escenario de manifestaciones contra las autoridades este fin de semana, lectivo en Irán.
Lo que esos estudiantes gritaban deja poco lugar a la duda. En la Khajeh Nasir Toosi los estudiantes coreaban: “Luchamos y morimos, pero recuperaremos Irán”. En la Universidad de Artes, según un vídeo difundido en Instagram —cuya autenticidad corroboró a este diario una iraní de la diáspora con contactos en ese centro—, cientos de estudiantes, hombres y mujeres, daban palmas este domingo frente a un edificio del campus mientras gritaban contra la República islámica.
La víspera, en la tecnológica Sharif, los universitarios repetían: “Este año es un año de sangre; Sayed Alí [Jamenei, el líder supremo de Irán] será derrocado”. Algunos estudiantes sujetaban banderas del régimen del sha. Otros coreaban el lema de la anterior oleada de protestas “Mujer, Vida, Libertad”, pero añadiéndole “República Iraní” y “Muerte al opresor, sea sha o líder supremo”. Una de las grabaciones verificadas por BBC refleja cómo un grupo de estudiantes opositores al régimen se enfrentó, en medio de un tumulto en ese campus, con partidarios del régimen que enarbolaban banderas de Irán.
Estas protestas se han producido nada más volver los estudiantes a los campus. Después de que el 28 de diciembre empezaran las manifestaciones en Irán, inicialmente por motivos económicos pero que luego adquirieron un matiz político, las autoridades iraníes cerraron los centros educativos y decretaron la enseñanza a distancia a partir del 9 de enero. La pasada semana fue la primera en la que los universitarios volvieron a las clases presenciales.
Su retorno coincidió con una efeméride que ha atizado también el resurgimiento de algunas manifestaciones en un país aún traumatizado por los miles de muertos y heridos y los alrededor de 54.000 detenidos en las manifestaciones que calcula la ONG en el exilio HRANA. Esa efeméride ha sido la celebración del final de los 40 días de luto por la muerte de muchos manifestantes, que se cumplieron el pasado martes. Las organizaciones de derechos humanos creen que buena parte de los miles de fallecidos en las protestas perecieron entre el 8 y el 9 de enero, las jornadas más cruentas de la represión.
La celebración del final del luto —el “chehelom” (literalmente el “cuadragésimo”)— tiene un hondo significado en Irán. Aunque muchos iraníes se han apartado del islam chií —la religión de Estado de un régimen que rechazan— siguen celebrando ese ritual. No solo porque su origen es preislámico, sino porque, al despojarlo de su carácter religioso, lo convierten en otra forma de desafío a las autoridades.
En muchas de esas celebraciones, a los fallecidos no se les presenta como “mártires” —como es costumbre en el islam chií—, sino que sus familiares y amigos gritan “Javid nam”, algo así como “que tu nombre sea inmortal” en persa, según reflejan numerosos vídeos en las redes sociales. Esas imágenes muestran a decenas o incluso centenares de personas —incluidos los padres y, con especial protagonismo, las madres— de jóvenes muertos en las manifestaciones. Lloran, pero también bailan, cantan y lanzan flores. Toda una afrenta para unas autoridades que suelen celebrar los funerales con solemnes ceremonias religiosas.
En al menos uno de esos chehelom, el celebrado en la ciudad de Abdanan (oeste) por Alireza Seydi —un chico de 16 años abatido en una de las marchas ciudadanas—, las fuerzas de seguridad abrieron fuego en al menos dos ocasiones contra una multitud que coreaba “Muerte a Jamenei”, según otro vídeo verificado también por BBC.
Maryam, una iraní de la diáspora que habló con este diario bajo condición de anonimato (teme represalias del régimen de su país), explicó que la semana pasada “había policía por todas partes” en Irán, especialmente en los cementerios. Un conocido de esta mujer falleció y la familia del hombre acudió al entierro al camposanto Behesht-e Zahra de Teherán, el más grande del país y donde está enterrado Ruhollah Jomeini, el primer líder supremo y fundador de la República Islámica. Allí comprobaron esa enorme presencia policial. El régimen, dice Mayram, “teme que las familias hagan ruido sobre las tumbas de sus hijos”.
Durante la Revolución de 1979, la que propició la proclamación de la República Islámica, tanto las protestas de los universitarios como las ceremonias del final de los 40 días de duelo, que se convertían entonces en concentraciones contra el régimen del sha, fueron claves para derrocar a Mohamed Reza Pahlevi. La violencia oficial contra los asistentes a esas ceremonias, con nuevas muertes, a su vez conmemoradas y aplastadas 40 días después, generó un ciclo continuo de represión y de nuevas concentraciones contra el sistema monárquico.
El 15 de enero, el Instituto de Estudios de la Guerra (ISW por sus siglas en inglés) subrayó que la República Islámica había reprimido las manifestaciones, pero “no el movimiento protorrevolucionario que ha impulsado las reiteradas oleadas de protestas durante la última década”. En el último informe del ISW, el pasado viernes, se da cuenta de al menos 20 manifestaciones en ocho de las 31 provincias de Irán. Cinco de ellas reunieron a más de mil personas y todas comenzaron en conmemoraciones por el final del período de luto. La víspera, el 19 de febrero, este instituto había registrado 19 protestas.
No son muchas en un país de 92 millones de habitantes, pero el ISW advierte de que puede haber muchas manifestaciones de las que no hay información “debido a las severas restricciones de internet del régimen que continúan limitando la información que sale de Irán”. Durante muchos días, a partir de mediados de enero, el ISW no registró ninguna concentración. Ahora empieza a haberlas, si bien relativamente modestas. La República Islámica afronta así, no solo la amenaza de un posible ataque militar estadounidense (e israelí), sino también un resurgir de las manifestaciones que apunta lo que ya avanzaba en enero el Instituto de la Guerra: que la ira de muchos iraníes terminará, tarde o temprano, por hacerles salir de nuevo a las calles.
Un pequeño despertar
La celebración del final de los 40 días de luto por la muerte de muchos manifestantes ha marcado además, añade Maryam, un pequeño despertar de personas que “habían permanecido en silencio” desde los “ríos de sangre” vertidos tras las protestas. “Muchos iraníes que habían estado callados han empezado a publicar mensajes de condolencia y solidaridad en las redes sociales al cumplirse estos 40 días”, asegura.
Mientras, los Tribunales Revolucionarios, el sistema judicial paralelo al regular que depende de la poderosa Guardia Revolucionaria, han comenzado a dictar sentencias a la horca, como ya sucedió en la anterior oleada de protestas, las desatadas por la muerte a manos de la policía de una joven detenida por llevar mal colocado el velo, Yina Mahsa Amini, en 2022.
Al menos 26 iraníes, de los que se cree que uno es menor de edad, han sido condenados por esos tribunales a muerte, según la ONG basada en Oslo Irán Human Rights. Una de esas condenas es la del atleta de 18 años Saleh Mohammadi, a quien se ha sentenciado a ser ahorcado en público. Lo mismo sucedió durante las manifestaciones por la muerte de Amini con Majid Reza Rahnavard, otro hombre joven (23 años) que, curiosamente, practicaba el mismo deporte que Mohammadi, la lucha libre. Ambos fueron condenados por un delito sin equivalencia fuera de Irán: el moharebeh o “enemistad con Dios”.
