La auténtica victoria no es militar sino política. Acertar en la definición de qué objetivos se persiguen y luego alcanzarlos es el auténtico éxito de quien se embarca en una guerra. Iniciarla sin definir la victoria, en cambio, es garantía de fracaso. Así le ha sucedido a Estados Unidos en las últimas guerras que ha librado en Irak y Afganistán, y así puede suceder de nuevo en la de Irán, si atendemos a las contradictorias declaraciones de Donald Trump.

Son muchas y confusas sus definiciones de la victoria. La mayor y más improbable es el derrocamiento del régimen, la instalación de un Gobierno afín y la exhibición del éxito político que no alcanzaron sus antecesores en Oriente Próximo con sus planes de paz, gracias al uso sin límite de la fuerza y a su desprecio por la diplomacia. Exigiría poner tropas pie en tierra en grandes cantidades para ocupar el país entero, en una repetición de anteriores guerras que terminaron como el rosario de la aurora.

No sucederá, porque incluso Trump sabe que es un delirio de grandeza. Necesita algo más modesto y práctico que le permita cantar victoria y abandonar el asunto en manos de Netanyahu. Pudo servir el asesinato de Jameneí y de la cúpula militar, e incluso la destrucción de la flotas naval y aérea de combate, pero dejó pasar la oportunidad, que el régimen iraní aprovechó para escalar regionalmente, cerrar el estrecho de Ormuz y sembrar el pánico en los países del Golfo.

La guerra ha entrado así en una fase de desgaste económico global, con el que Irán pretende poner contra las cuerdas a la Casa Blanca de cara a las elecciones de mitad de mandato. Para evitarlo, Trump debería abrir rápidamente el estratégico paso marítimo al tráfico de los petroleros con una operación difícil de ejecutar, a pesar de las bravuconadas presidenciales. Aun así, para sentirse vencedor en esta incierta contienda, debería hacerse también con los 400 kilogramos de uranio enriquecido al 60% todavía en manos del régimen, al parecer distribuidos en escondites bajo tierra. Aunque no bastan para un arma atómica, pueden servir como bombas sucias en manos de los grupos terroristas que suelen proliferar con este tipo de guerras.

El régimen está arrinconado. Poco o nada recuperará del poder regional perdido. No podrá reconstruir sus fuerzas navales y aéreas ni su enorme arsenal de misiles, y todavía menos su programa nuclear. Ahora le conviene resistir con sus apuestas más altas, a pesar del riesgo que representa ampliar la coalición adversa con su ofensiva contra los países árabes vecinos. Su objetivo es sentarse a negociar un alto el fuego con Estados Unidos en buenas condiciones, antes de que se le vaya de las manos el control represivo sobre la población y empiece a derrumbarse. Es lo que busca la elección del Mojtaba Jameneí como nuevo guía de la revolución, señal inequívoca de su endurecimiento. Según el politólogo iranoestadounidense Vali Nasr, exigirá garantías internacionales a cargo de Rusia y China, compensaciones económicas por la destrucción sufrida, levantamiento de sanciones e incluso algún tipo de acuerdo nuclear como el que se estaba discutiendo en las conversaciones interrumpidas por dos veces. Es decir, Teherán quiere negociar como Ucrania, en vez de sufrir la imposición como Venezuela.

A Netanyahu le basta seguir encadenando victorias militares para obtener su objetivo, que es ganar las próximas elecciones, ampliar su mayoría para adquirir mayores márgenes de acción y obturar la acción de la justicia por los casos de corrupción en los que está imputado. Mientras mantenga a Trump bajo control, podrá seguir ensanchando y profundizando la hegemonía sobre la región e incluso la ocupación de territorios, sin aflojar la presión militar sobre Gaza, Cisjordania, Siria y Líbano, incluso en el caso de que cuaje un alto el fuego con Irán.

La paz y la estabilidad no entran en sus cálculos. Como aconseja Maquiavelo, prefiere ser temido que amado. Los Acuerdos de Abraham para establecer relaciones con Arabia Saudí pueden esperar, y en especial el reconocimiento del aborrecido e imprescindible Estado palestino, que los saudíes exigen y todos demandan, al menos de boquilla. También sufrirá la Junta de Paz que debe ocuparse de Gaza, de donde se deduce que no está a la vista la completa retirada militar israelí ni la Administración palestina de la Franja.

La victoria para Netanayhu es una paradoja, pues significa prolongar la guerra cuanto haga falta, bajo la cínica fórmula del corte de césped que exige cada territorio ocupado cuando la hierba de la revuelta crece en exceso. Son del mismo orden las deficientes ideas de victoria que se manejan entre Teherán y Washington, pues no conducen al orden justo y estable que exige la paz auténtica ni a la libertad que los iraníes merecen. Con falsas victorias se siembra la semilla de las guerras futuras.

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