En el golpe más letal de Irán a Israel en los dos días de guerra y en plena venganza por la muerte de su líder supremo, Ali Jameneí, la caída de un misil sobre una sinagoga (que penetró hasta el refugio municipal) en la localidad de Beit Shemesh, en el centro de Israel, ha causado al menos nueve muertos, dos de ellos menores, según los servicios sanitarios. La escena muestra el enorme destrozo por el proyectil: la sinagoga es un manto de escombros apenas en pie y las casas a su alrededor lucen gravemente dañadas. Horas después del impacto, los servicios de rescate aún buscan entre los cascotes al menos dos desaparecidos. Hay también 28 heridos.
Es un alto número de víctimas para Israel, con una defensa antiaérea que intercepta la gran mayoría de los proyectiles y una población acostumbrada a seguir las indicaciones cuando suenan las sirenas.
En este caso, ni uno ni otro sirvieron. El sistema de alerta de misiles se activó como era debido antes de la llegada del misil, pero no lo interceptó, según una revisión inicial. Y la mayoría de muertos habían cumplido las órdenes y se encontraban dentro del refugio o se dirigían hacia él: un matrimonio, que logró llegar al interior; una mujer, en las escaleras de acceso, y otros dos de camino, según explicó a este periódico en el lugar de los hechos Zeev Druck, un miembro de Zaka, la organización judía de rescate que contribuyó a sacar los primeros cinco cadáveres.
“Hay tanta destrucción que dejamos de intentar sacar más. Hacían falta las excavadoras que tiene el ejército”, señaló. A última hora de este sábado, la maquinaria pesada aún retira escombros, ante un centenar de equipos de emergencia, soldados y policías.
Hagai Levy, soldado de 19 años entrenado para rescate, asegura que fue uno de los primeros en evacuar heridos: “Llevé en mis brazos a uno con media cara abierta, con la carne desgarrada. Mucha gente gritaba ‘¡Auxilio, ayuda!’. Al principio no entendí la dimensión. Era algo que solo había visto en las películas».
El impacto ha cambiado el ánimo nacional, en medio de la pseudoeuforia nacional por la muerte de Jameneí y la sensación de éxito en la campaña bélica, que hasta no contaba un solo muerto israelí. Ha sido una especie de recordatorio de que, pese a su clara superioridad sobre Irán, su potente escudo antimisiles y su alianza con Estados Unidos, es vulnerable.
“Son días dolorosos”, ha admitido el primer ministro, Benjamín Netanyahu, al insistir en que no afectarán a su objetivo de “golpear decisivamente” al régimen de los ayatolás, al que aspira, dijo, “desde hace 40 años”, en referencia a la revolución que lo gestó, en 1979. “Es lo que he prometido y es lo que haremos”, añadió.
La cifra de muertos en Israel por la represalia de Irán en estas dos primeras jornadas ya es, de hecho, superior proporcionalmente a la de su anterior guerra, el pasado junio, también tras una agresión previa de Israel. En aquella ocasión, la contienda duró 12 días y contó más de 30 muertos.
Trabajadora filipina
El ataque en Beit Shemesh eleva a diez las víctimas mortales en Israel, tras la muerte en la víspera de una trabajadora filipina en Tel Aviv. La embajada de su país la ha identificado este lunes como una cuidadora de 32 años. Estaba a cargo de una anciana que residía en la zona en la que un misil golpeó un edificio de tres pisos, causando un gran cráter.
El inmueble, en pleno centro de Tel Aviv, quedó inhabitable. Una excavadora lo ha demolido este domingo, mientras decenas de familias en las viviendas colindantes eran evacuadas —con grandes maletas y cara de tensión— a hoteles o casas de familiares, a causa de los daños en sus casas. El Ayuntamiento de la ciudad los cifra en torno a 40 y en más de 200, los evacuados. Algunos saltan el cordón policial para recoger sus enseres. “Espero noticias. Sé que me llevan a algún lado, pero aún no adónde”, cuenta uno de ellos, Ariel Twil, de 32 años.
Todas las casas a decenas de metros del cráter presentan algún daño visible y los servicios de limpieza retiran los trozos de cristales esparcidos por la calle, y los coches en estado de siniestro total. Dalia (no quiere dar su apellido), de 56 años, cuenta que vio el suyo en llamas, al salir de su casa tras oír el “enorme” ruido que causó el impacto. Tras una jornada de idas y venidas desde la mañana al refugio municipal, explica, no quiso despertar a su hijo, porque tiene epilepsia, y se quedó en el edificio ante esta alerta. Fue la previa al impacto. “Saltaron las ventanas. No sabíamos si salir o no. Nos daba miedo, pero también que se viniera abajo. Al final lo hicimos y solo se veían incendios y polvo”.
En medio de las caras largas, un comerciante aprovecha para sacar tajada. Lleva un gran cartel con su número de teléfono y va preguntando a los evacuados, según salen de sus dañados hogares, si quieren un presupuesto inicial de la renovación de los cristales rotos. Algunos sacan una foto con el móvil del teléfono y siguen.
