Aqqaluk Lynge (Groenlandia, 79 años) saca su propio mapa de entre las estanterías para hablar de geopolítica, de Donald Trump y del miedo a que Groenlandia se convierta en la próxima Venezuela. Esta imagen que desdobla con cuidado es un plano cenital del planeta donde Groenlandia está en el centro y apenas se ve Estados Unidos y Europa. En los años ochenta soñaba con que esa isla gigante del Ártico fuera en algún momento independiente de Dinamarca. Él fue una de las voces centrales de esta identidad milenaria —que representa el 90% de la población— y quien sentó las bases de la Ley de Autodeterminación, instaurada en 2009. Hoy, con Trump buscando “conquistarla”, el expresidente del Consejo Circumpolar Inuit reconoce que su sueño de la independencia “se ha esfumado”: “El mundo ha cambiado mucho y el independentismo hoy solo interesa al movimiento MAGA [Make America Great Again, el lema de Trump], quien tendría más fácil invadirnos. La unión con Dinamarca es nuestra única forma de hacerle frente. Así funciona ahora”.

Este giro político, explica, también nace del patriotismo por el pueblo inuit. “El escenario político es una pelea por la supervivencia de nuestra gente; se trata de poder seguir existiendo. Estamos a un pestañeo de que nos invadan y esto nos aniquilaría como pueblo”, lamenta. El escritor hace hincapié en que la cosmovisión inuit y la del capitalismo extremo que promueve el norteamericano son radicalmente opuestas. El autogobierno de Groenlandia no permite la propiedad privada del suelo, su comunidad se rige por una jerarquía muy horizontal y mantiene el principio de repartir los alimentos de quien caza entre la familia extendida y los vecinos. “Trump aquí seguramente pensaría en jugar a golf sobre el hielo o ponerle su nombre a un iceberg. Esto que está haciendo en el mundo tiene poco que ver con lo que quiere su país. La seguridad mundial está en riesgo solo por sus caprichos personales”, ironiza.

Por ello, insiste en que los únicos capaces de parar los pies a Trump son los propios estadounidenses, quienes votarán en las elecciones de medio mandato el próximo noviembre. Lynge recuerda que los lazos con Estados Unidos siempre han sido “fuertes y amigables” y tilda de traición las ambiciones del presidente republicano. “Los americanos tienen que cuestionarse por qué demonios están convirtiendo a Groenlandia en su enemigo”, comenta en una videollamada. “Es un disparate”.

En Groenlandia, la amenaza estadounidense se ha encontrado con un rechazo rotundo de la población. En enero de 2025, cuando Trump empezó a hablar de sus intenciones de comprar o invadir a cualquier coste la isla ártica, se realizó una encuesta para medir el pulso de los groenlandeses. Al menos un 85% de la población votó “no” por una anexión con Estados Unidos. Un año después del sondeo, Lynge está seguro de que el porcentaje ha crecido.

Un sector inuit de la isla, sin embargo, no está de acuerdo con la posición de estrechar lazos con Dinamarca y considera que, ahora que los ojos del mundo están puestos en Groenlandia, es el momento de pelear por una independencia total. “Decimos que no. Una vez más”, se lee en un reciente vídeo de Tupaarnaq Kopeck, activista inuit. “Dinamarca no nos ha tratado bien. Pero no vengas aquí y finjas que Estados Unidos lo haría”, dice en otro dirigido a J. D. Vance, vicepresidente de Estados Unidos. “Dejen de tomar decisiones sobre nosotros, sin nosotros”.

Este miércoles, mientras Lynge conversaba con EL PAÍS, Vance y el jefe de la diplomacia de Estados Unidos, Marco Rubio, se reunían en la Casa Blanca con representantes de los gobiernos de Dinamarca y de Groenlandia. Vivian Motzfeldt, consejera de Exteriores de la isla (también inuit), lamentó tener aún posturas diferentes: Copenhague reiteró que cualquier cesión de soberanía es algo innegociable y Trump se mantuvo firme en sus intenciones. “Para mí, la victoria de esta conversación sería que hubiera una segunda”, explica el líder inuit. “Espero que el enfoque diplomático con Estados Unidos nos dé un breve respiro. Al menos hasta la próxima explosión desde arriba”.

“Un americano no duraría en Groenlandia ni un año”

Dinamarca, responsable de la defensa de Groenlandia, advirtió que un ataque a la isla acabaría con la OTAN. Asimismo, socios como Alemania, Francia, Suecia, el Reino Unido y Noruega anunciaron ejercicios militares conjuntos en respuesta a la ofensiva de Washington. Canadá y Francia también han prometido consulados en Nuuk, la capital de Groenlandia, en las próximas semanas. Esta presencia de Europa hace que Lynge respire más tranquilo. “Es la seguridad de la Unión Europea la que está en juego. Si lo hace con nosotros, ¿quién será el siguiente? Los actos de la Casa Blanca están cambiando el mundo”, zanja el representante de la comunidad.

Los inuit llevan más de un milenio resistiendo en el Ártico. Descendientes de los thule, coexistieron con los vikingos que llegaron en torno al año 900 y lograron un gobierno prácticamente autónomo de Dinamarca en 1979, tras décadas de colonización. Hoy son el pueblo originario más soberano de la región.

Lynge insiste en que solo ellos son capaces de sobrevivir en las condiciones de la isla y explotar mejor sus recursos. “Un americano no duraría aquí ni un año”, dice. Es por ello que las ideas de Trump de saquear todos los minerales que atesora la isla se le hace otro de sus disparates. “Aquí la nieve lo sigue cubriendo todo. La opción de hacer minas es imposible en muchos territorios, y carísimo y complejísimo en otros. No solo necesitaría miles de millones, sino décadas”, critica. “Nosotros sabemos mejor que nadie cómo desarrollar Groenlandia. Vamos a ser los groenlandeses quienes cuidemos y desarrollemos el país”.

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