Mi tía D., que ha comenzado a perder la memoria, y dice nieto al primo y sobrino al hermano, distorsionando así todo lo sagrado, está molesta con el vendedor de pan, que si el lunes le daba una bolsa en 320 pesos cubanos (0,64 dólares), para el miércoles ya se la ofrecía en 350 (0,70 dólares), una diferencia que mi tía nota en su letargo, porque en la familia el único altar que siempre ha importado es el de la comida. Nunca nos faltó, ni siquiera en los peores años del Periodo Especial, en el que mi padre y sus hermanos se agenciaron mil formas de servir la mesa. No era una familia propiamente disidente, mucho menos comunista, y la única política en la que creían era en la de la barriga llena. A esa verdad nos redujo el país.
Hace unos tres años, a falta de poder emigrar, mi tía se exilió en su cabeza, en el destierro de la memoria como única manera de sobrevivir. Podría decirse que mi prima siente cierto alivio con que su madre no se entere de lo que sucede ahora mismo en Cuba, ni sospeche qué clase de país es ese en el que se va a morir. Se fueron una noche a la cama y, al otro día, cuando despertaron, todo estaba entre 300 y 1000 pesos más caro. El paquete de pollo de 3.700 (7.47 dólares) ahora en 4.500 (nueve dólares), el chofer de la máquina de alquiler que cobraba 250 (0,5 dólares), ya no te monta por menos de 500 (un dólar). “Esta gente no tiene para cuándo acabar”, dice mi prima, que al Gobierno llama gente, como algo ajeno y distante, como quien ya no encuentra palabras para nombrar el poder.
Hay otros anuncios terribles por estos días: la luz, que se fue por 10 horas cuando estábamos conversando; el vecino, que no tiene ni electricidad ni gas para cocinar, y que solo puede hacerlo con carbón, el olor que se siente de barrio en barrio, porque la última gran crisis cubana huele a carbón; el hijo, a quien le han reducido las clases en el preuniversitario a solo un día por semana, por lo que mi prima intuye que poco o casi nada va a aprender; o el centro donde ella trabaja, que ha rebajado el salario de los empleados hasta el 60%. Aun así, no hay nada que le preocupe más que tener la nevera vacía, el hecho de pensar que pueda llegar un día en que no cuenten con algo para cocinar.
Han sido tan pocas las necesidades cubiertas de los cubanos, hemos ensayado una vida tan precaria, que hay quien ha llegado a creer en la comida como único recurso importante para vivir. No falta razón en ello, y fue la manera en que el Gobierno nos distrajo de otros placeres, de otras libertades, poniéndonos a todos en función del plato de comida en el esquema de la supervivencia. Mi padre, en otras épocas de crisis, llegó a pensar que, si el refrigerador estaba repleto, no había nada en Cuba que no pudiera soportar. Todo era digerible en la medida en que podía alimentarnos: la desfachatez de los líderes, la pérdida de las ilusiones, el fraude de la Revolución. Mi padre se las arregló para criar cerdos, gallinas y patos en el patio de la casa, y solo se fue de Cuba, a regañadientes, porque casi todos se habían ido. Hace cinco años, la gente empezó a largarse del país casi por contagio. En Playa Baracoa, el pueblo de pescadores donde vivimos al oeste de La Habana, los vecinos pusieron candado a las cerraduras de sus puertas y cruzaron en lanchas el Estrecho de la Florida. Otros recorrieron la Ruta de los Volcanes, con un visado directo hasta Nicaragua.

El país, para esas fechas, ya era un territorio arrasado por la pandemia de coronavirus, el cierre del turismo, o el colapso de los hospitales. Como si todos tuvieran miedo a ser el último cubano en el Caribe, la gente huyó en masa a otros sitios. La cosa, decían, ya tocó fondo. Lo mismo se pensó en los años noventa, que Cuba sería incapaz de sobrevivir tal crisis, y quienes pudieron se fueron a otra parte. Siempre que hemos pensado que no se puede más, el pueblo ha soportado más hambre, más abandono y más indefensión. La escasez sostenida en todos estos años nos hizo asimilarla, incluso normalizarla.
Ahora el presidente Miguel Díaz-Canel ha anunciado que vienen tiempos peores, como si el drama cubano hubiera iniciado ayer, acortando así la historia, como si Cuba hubiera empeorado el día en que Donald Trump decretó una emergencia nacional. Aunque en este momento la presión de Washington nos ubica en otro terreno, mucho más peligroso y de incertidumbre, hay gente en Cuba que cree que el país del último mes no es, por ejemplo, muy distinto al que mi tía dejó hace unos tres años, el día en que le empezó a fallar la memoria. Ni al que abandonaron mis tíos balseros hace tres décadas. Viene acumulando apagones y subidas de precios, y hay quienes solo hemos habitado una Cuba en crisis. Yo, que nací en 1990, a un año de la caída del Campo Socialista, todo lo que conozco es la estrechez. Luego crecimos, fuimos a la universidad, el país nos hizo profesionales, preparándonos así, sin saberlo entonces, para un futuro en otra parte. Me fui. Nos largamos. No nos quedó más remedio.
Pero nunca se fueron, por ejemplo, los padres de A., mi mejor amigo de la infancia. Una vez, A. y yo tuvimos una conversación sobre por qué los dos éramos, lo que se decía, dos niños revolucionarios. A mí me llegaba por puro ímpetu, por puro embullo, los maestros de la escuela me habían pedido repetir consignas y poesías patrióticas y yo me había esmerado en hacerlo. Pero la Revolución no hizo a mi familia, no nos sacó de un lugar peor y nos puso en uno mejor. A la de él sí. La casa de su abuela, en Centro Habana, se la había dado la Revolución, y por eso sus padres se sentían en deuda. Nadie nunca les había dado nada.
Hace unos días A. llamó a sus padres y les hizo saber que tenía comprados dos pasajes en un vuelo de la aerolínea AirChina, que saldrá en unos días de La Habana hasta Madrid, y les comunicó que vivirán en un piso de Pamplona. No fue un anuncio, fue un mandato, con la licencia que tienen los hijos que emigran y que empiezan, desde muy pronto, a equipar de la vida de sus padres. El drama cubano nos ha hecho irnos para enviarles, a nuestros viejos, la remesa del mes, la recarga de saldo en el teléfono celular, el panel solar o la batería para que lidien con los apagones, o el dinero para la comida. A nosotros, más bien, las Revolución nos había quitado demasiado: nos despojó pronto del país, nos hizo crecer solos, lejos de la familia. El mensaje ahora de A. decía que sus padres, gente fidelista, se iban de Cuba sin fecha de retorno, porque si Cuba se caía, si Trump asfixiaba el país, no iba a ser con sus padres allí dentro. Ya tienen dos maletas listas.
Una vez fuera de Cuba, llegarán otras tristezas: ver a los padres emigrar casi al final de la vida, sin cobrar su jubilación, observar, desde lejos, cómo les cuesta entender el lugar al que llegaron, viniendo de un sitio que no los preparó para lidiar con el dinero, con las citas médicas por Internet, con el seguro de salud, una vida para la que no fueron destinados.

La tragedia cubana no acaba dentro de los márgenes de Cuba, se la lleva la gente cuando se va. Ahora todos están pendientes de las noticias que llegan: dice una amiga que, en el hospital Covadonga, no hay agua esterilizada para las operaciones, y que ha sentido los gritos de los pacientes a falta de medicamentos que les calmen el dolor. “Tienen miedo a morirse”, dice mi amiga. En otro importante hospital de La Habana, el Calixto García, las autoridades médicas han cancelado todas las operaciones que no sean de urgencia. Los cirujanos, cuenta, están indignados. Ha oído decir que llegó a la isla ayuda humanitaria, “¿pero quién vive de ayudas?”. La madre de V., que acaba de ser deportado en el último vuelo que envió este mes la administración de Trump a La Habana, no encontraba el combustible para que un taxista lo llevara del aeropuerto hasta su casa en Camagüey, al centro de la isla. La gente está ojerosa, está cansada. “El ser humano necesita dormir”, me ha dicho alguien desde Holguín. “El cubano está durmiendo dos o tres horas al día, eso no es saludable, somos un pueblo enfermo desde el alma”.
La supervivencia del país es la del tiempo del combustible con que cuenta. Como un cadáver en sus últimas, a quien están a punto de desconectar. Ya hay poca luz o pocos alimentos, pero entre las consecuencias de las restricciones del gobierno de Trump, el cóctel mortal puede no ser el hambre, en un país que lo conoce bien, y puede no ser el apagón, en un territorio acostumbrado a la oscuridad. Puede que sea el repoblamiento otra vez de Cuba, ante la ausencia de la emigración. Ahora no existe la posibilidad de que los cubanos puedan irse a Estados Unidos, con el cierre de las fronteras y políticas de reunificación; se acabó, además, el viaje a Nicaragua como escape hacia el continente. Hay quien cree que la libertad llegará en las calles, como la larga protesta que empezó el 11 de julio de 2021 y que, en realidad, nunca ha concluido, en la medida en que tampoco han terminado ninguno de sus reclamos.
La posibilidad de un cambio definitivo en Cuba sería también un bálsamo para sus exiliados. Hay gente afuera que ha empezado a ilusionarse con un regreso. He oído a mi padre, en conversaciones telefónicas con sus hermanos —que emigraron en el último gran éxodo, una salida definitiva que en realidad nunca desearon— planear la vuelta al lugar donde nacieron. El deseo de mi padre porque su familia en Cuba no muera acorralada por el hambre es casi similar a las ganas de estar en casa, sembrando yuca y frijoles en la tierra que preparó para que nunca nos faltara nada. Tiene 67 años, la edad de la Revolución, y ya no hay símbolo de esa gesta en el que crea o reconozca. A este punto han llegado los dos, la Revolución y mi papá, completamente desmoronados. A mí, que he notado a mi padre envejecer aceleradamente en tres años, desde que llegó a Miami, me ha dado cierta alegría verlo recuperar el entusiasmo ante la posibilidad de una Cuba sin los Castro, que se traduce a una Cuba donde está su casa y todo lo que construyó. Así que le he seguido el juego, para alargar la felicidad que muy pocas veces tiene en el rostro. Le digo que sí, que nos iremos al mar, que construiremos, que sembraremos, que podemos hacer un negocito. Le encanta la idea, se sonríe, y detrás de los ojos siempre aparece un reflejo de duda, como alguien que lo ha vivido todo, que ha navegado todas las crisis y sabe que nada bueno le ha dado Cuba desde hace décadas. A veces mi papá cree que se va a morir sin ver otra cosa, pero por estos días algo ha comenzado a ser distinto.
