El cementerio militar estadounidense de Margraten, situado al sur de Países Bajos, cuenta desde principios de febrero con nuevos paneles informativos dedicados a los soldados caídos durante la II Guerra Mundial, así como a la labor de las unidades del Ejército de EE UU que contribuyeron a construirlo en 1944. En los carteles se cita, entre otros, a dos de los militares negros que cavaron las tumbas, sin aludir a la segregación racial que padecieron en el ejército. También se ha incluido a una enfermera y a un combatiente nativo americano. El conjunto ha sustituido a las dos placas retiradas en 2025, que sí mencionaban la lucha de las tropas afroamericanas contra los nazis durante la contienda. Esa decisión provocó la repulsa de los familiares de los fallecidos, los neerlandeses que cuidan las tumbas desde 1945, y las autoridades locales. La de ahora genera sentimientos encontrados.
Los nuevos paneles fueron presentados a finales de enero por el embajador estadounidense en Países Bajos, Joe Popolo, en su residencia oficial en La Haya. Dijo entonces que las exposiciones del Centro para Visitantes de Margraten, donde cuelga esta información, “testimonian la estrecha relación de la población local, que se ha ofrecido y hecho cargo del mantenimiento de las tumbas”. Sobre las críticas desatadas a raíz del borrado de la segregación racial en el Ejército —que se mantuvo hasta 1948— afirmó que le dolía “que se haya malinterpretado en algunos aspectos la importantísima labor realizada por este cementerio, desviándose de su propósito”.
En la información descolgada de la pared en 2025, se explicaba que un millón de soldados afroamericanos lucharon durante la Segunda Guerra Mundial, pero sufrieron discriminación. Se advertía de que una parte de estos pelearon luego en Estados Unidos en favor de los derechos civiles. Las dos placas que lo marcaban fueron retiradas después de que el presidente Donald Trump emitiera una orden ejecutiva en la que pedía la eliminación de la “ideología corrosiva” de los monumentos públicos, porque presentaba la historia del país como “intrínsecamente racista, sexista, opresiva y defectuosa”.
Según el historiador neerlandés Kees Ribbens, “es positivo incluir a soldados que no sean blancos en los nuevos carteles de Margraten, pero el racismo y la segregación racial no aparecen”. “No se dice que los soldados negros estaban cavando el cementerio porque no les permitían luchar en el frente… por ser negros”, aclara. Investigador senior del Instituto para estudios sobre la Guerra, el Holocausto y el Genocidio (NIOD, por sus siglas en inglés), le parece que la situación no cambiará “mientras el presidente Trump siga en el poder, porque no quiere reconocer el racismo en la sociedad”.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno de Países Bajos cedió el terreno del cementerio a Estados Unidos en calidad de préstamo perpetuo en agradecimiento por la liberación. La responsable del lugar es la Comisión Estadounidense de Monumentos de Batalla (ABMC, en sus siglas en inglés), y decide el contenido de lo que puede verse. En la misma presentación en la embajada en La Haya, su director ejecutivo, Thomas Spoehr, indicó que el Centro para Visitantes de Margraten “no es un museo de historia general”. Sobre la lucha contra la segregación, subrayó que su labor consiste en “contar las historias de los soldados y sus sacrificios”.

Para Ribbens, el peligro de estas decisiones es “la tendencia a crear narrativas históricas carentes de complicaciones, cuando la historia es confrontar experiencias, y no que un Gobierno decida cuál es la que sí y la que no se puede contar”. Va más allá, y asegura: “Trump tiene casi 80 años. Ha vivido la posguerra mundial y ha tenido que percibir las fricciones sociales en su país. Pero no las quiere mostrar. No es que se niegue que Estados Unidos es diverso. Se trata de purificar la imagen de la historia; generalmente solo lo hacen los dictadores, no una democracia occidental”.
La fundación neerlandesa Stichting Black Liberators, que honra a los soldados negros que sirvieron en Países Bajos, considera que prestar atención a los militares negros “es un paso en la dirección correcta, pero la segregación es dolorosa y nunca puede olvidarse”. Además de la placa dedicada a los sepultureros —todos ellos afroamericanos— entre las caras nuevas incluidas aparece Caswell Taylor, un soldado de primera clase de Illinois, que murió en un accidente de coche poco antes de la liberación mientras trabajaba en la construcción de sistemas de agua. Christine A. Gasvoda, una enfermera que pereció en un accidente aéreo en una misión de reabastecimiento y evacuación, es una de las cuatro mujeres enterradas en este cementerio en suelo neerlandés.
“El hecho de que haya habido cambios muestra que el actual Gobierno estadounidense entiende que no puede ignorar la conmoción creada. Escuchan algunas quejas, aunque no quieren pelear contra la administración Trump”, señala el mismo historiador. Hay 26 cementerios castrenses de EE UU, junto con 31 monumentos y lápidas repartidos por 17 países. En Margraten hay enterrados unos 8.300 soldados estadounidenses, entre los cuales había 174 afroamericanos. Los nombres de otros 1.722, oficialmente desaparecidos, están expuestos a su vez en el camposanto. Las familias neerlandesas cuidan desde 1945 de las tumbas y en 2015 todas habían sido ya “adoptadas”. Ello implica visitarlas en mayo durante el Día de los Caídos, depositar flores en su cumpleaños o en la fecha de su muerte y, en lo posible, mantenerse en contacto con sus allegados.
