Cuando la recién creada Unión Soviética se consideraba tan peligrosa que no tenía ni embajadas donde situar a los típicos espías bajo la tapadera de diplomáticos, los servicios de inteligencia soviéticos desarrollaron un excepcional y audaz programa para infiltrar a los suyos en Occidente. Eran los llamados ilegales, agentes exhaustivamente entrenados para plantarlos en otro país con identidades falsas tan convincentes que ni sus propios hijos sabían que sus padres eran rusos, y mucho menos, espías. Ahora, tras la expulsión de cientos de diplomáticos y agentes secretos, especialmente por la invasión a gran escala de Ucrania, Rusia mantiene activo el operativo, que fue los ojos y oídos de Moscú durante la Guerra Fría. A la vez, ensaya “nuevos enfoques tan innovadores como peligrosos en el espionaje”, como cuenta Shaun Walker, autor de Los ilegales. La historia jamás contada del programa de espionaje más secreto de Rusia (Salamandra, con traducción de Eduardo Hojman).
La “obsesión” de Walker (44 años, Sidcup, Reino Unido) con las peripecias de estos agentes comenzó cuando era corresponsal en Moscú, donde trabajó durante una década para The Independent y, después, The Guardian. El periodista recibe a EL PAÍS —en un viaje organizado por la editorial— en su piso de decoración midcentury en Varsovia. Es una oscura tarde de enero y cae una intensa nevada. El escenario perfecto para hablar de los últimos 100 años de la historia de Rusia, la Guerra Fría, espionaje y el libro, un excelente ejercicio periodístico minuciosamente documentado que se lee como una novela.
La primera vez que escuchó hablar de los ilegales fue en 2010, tras una operación del FBI en la que se produjeron varios arrestos. Entre ellos estaba el matrimonio supuestamente canadiense formado por Don Heathfield y Ann Foley. Sus hijos Tim y Alex descubrieron cuando los agentes federales llamaron a la puerta que sus padres eran en realidad Andrey Bezrukov y Elena Vavilova, espías nacidos en Siberia. Y que su vida entera había sido una farsa. El caso inspiró la serie The Americans y, unos años después, cuando Walker consiguió hablar con los hijos, despertó un interés obstinado que terminó materializando en un libro, que sale en español el próximo 29 de enero.
La obra es de no ficción, pero los primeros ilegales eran personajes de película. El favorito del autor es Iósif Grigulévich. Nacido en la clandestinidad revolucionaria bolchevique, en su adolescencia viajó a Sudamérica, apareció en España en la guerra civil y participó en un intento fallido de matar a León Trotski en México. Hacia el final de sus andanzas como espía, recibió el encargo de Stalin de asesinar al entonces presidente de Yugoslavia, Josip Broz Tito. Eso fue en el capítulo de su vida en el que, encarnado en Teodoro Castro, había logrado que Costa Rica —donde nunca había puesto un pie—, le nombrase embajador en Roma.

Con cada década, el trabajo se fue haciendo más difícil. El KGB fue perfeccionando un programa de entrenamiento largo y costoso que también incluía aspectos psicológicos para afrontar una vida de riesgos, estrés, sacrificios y soledad. “Pero a menudo, no funcionaba y terminaban confesando o teniendo problemas con el alcohol, o incluso desertando hacia Occidente”, explica Walker. “Parte de la solución fue, a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, enviarles en parejas. Esto tendría dos propósitos: evitar que se sintiesen solos y completamente aislados, y también, tenerlos controlados, porque el KGB era muy paranoico y nunca confiaba del todo en que fuesen leales”.
Moscú considera el programa una de las joyas de sus servicios secretos, a pesar de que “en el 97% de los casos, desde cualquier punto de vista objetivo”, sus éxitos fueron limitados. “Pero hay un 3% en el que sí valió la pena”, subraya Walker. “La Unión Soviética está cerrada, estamos en una Guerra Fría, hay una amenaza nuclear, con enormes malentendidos. Y el KGB realmente no entiende a Estados Unidos. Si lo que está en juego es una guerra nuclear, tener a estas personas que son capaces de al menos enviar información real sobre cómo es la vida allí es increíblemente valioso”.
Mito nacional
Walker recorre la historia del último siglo en Rusia en paralelo a la de los espías. “En cada etapa de estos 100 años, lo que pasa con los ilegales es casi una explicación perfecta de lo que está ocurriendo en Rusia”, explica. “Todo proviene de este movimiento que comienza con la revolución. Tienes a esos comunistas apasionados en los años veinte, y luego todos mueren en las purgas. Luego está la II Guerra Mundial, después la Guerra Fría, y resulta que estos espías que están preparados para operaciones ofensivas brillantes y audaces contra el enemigo (EE UU), lo mejor que logran hacer es aplastar la disidencia dentro del bloque soviético, como en Checoslovaquia, con la Primavera de Praga en 1968”.
El programa tuvo su etapa dorada durante la Guerra Fría, pero quedó durmiente tras la caída de la Unión Soviética. Vladímir Putin, antiguo agente del KGB, lo relanzó tras llegar al poder en 1999. “Se ha convertido en un mito. Putin ha presumido muchas veces que nadie más tiene este tipo de espías, que son algo exclusivamente ruso”, cuenta el corresponsal, que sigue cubriendo la actualidad rusa y ucrania desde Varsovia. Se les han dedicado series de ficción y programas de televisión. Son figuras que “encajan muy bien en esa falsa narrativa de Putin sobre cómo en Rusia la gente es patriótica y pura, y se sacrifica por la madre patria y la causa”.

Putin maneja el Kremlin como si fuese una oficina del KGB, recuerda Walker que le dijo una fuente de la CIA. “Muchas de las personas a las que sitúa en su entorno para afianzar su control del poder son personas que conocía del KGB”, explica el autor. El círculo más estrecho está marcado por el secretismo, las sospechas, la mano dura, y “una visión particular del mundo: se trata de personas de más de 70 años, que llegaron a la mayoría de edad en la Guerra Fría y tienen esa mentalidad”. No hay relevo generacional a la vista, dice Walker, que se pregunta “cuánto tiempo les queda y qué viene después”.

En el momento álgido de la Guerra Fría podía haber en torno a un centenar de ilegales en Occidente. Walker estima que el número ahora podría ser similar. En verano de 2024, Putin recibió como héroes a varios operativos en un intercambio de presos con Occidente. Entre ellos estaba el ruso-español Pablo González, o Pável Rubtsov, encarcelado en Polonia en febrero de 2022.
El caso generó polémica porque González, que estuvo más de dos años en prisión preventiva sin cargos, para muchos de sus defensores no era más que un periodista. Walker coincidió con él un par de veces, nunca sospechó nada, y también tuvo dudas sobre el caso al principio. Sus fuentes en los servicios de inteligencia le aseguraron, sin embargo, que “al 100%, era espía”. “Eso tampoco es ninguna prueba, pero cuando ves las imágenes de su regreso a Moscú, el hecho de que lo incluyeran en el intercambio…”. Con los detalles que han ido emergiendo y que está seguro que se ampliarán con el proceso judicial abierto en Polonia, reconoce: “Me equivoqué; era un tipo de agente mucho más serio de lo que pensaba”.

Desde el inicio de la guerra de Ucrania, “Rusia se ha convertido de nuevo en una especie de activo tóxico en gran parte de Europa y en EE UU, y los ilegales le pueden venir muy bien”. Sería uno más entre el abanico de programas de los servicios de inteligencia rusos, que Shaun describe como “realmente inútiles”. “Lo vimos en la invasión”, recuerda, cuando contaban con la caída rápida de Kiev. “Cualquiera que hubiera analizado información real sobre el estado de ánimo en Ucrania habría comprendido que su plan no era realista”. Pero a la vez, “si bien el análisis es malo, hay nuevos enfoques interesantes y peligrosos en el espionaje de Rusia, como vemos con los sabotajes”.
Mientras la UE refuerza sus defensas frente a los ataques híbridos cada vez más amenazantes de Moscú, el Kremlin ensaya nuevas técnicas en Ucrania. El reportero, que cubre esa guerra y pasa estancias frecuentes en el país, cuenta que Rusia está utilizando allí a adolescentes que, sin saberlo, se convierten en terroristas suicidas en atentados con explosivos. “Es algo extraordinario que a través de Telegram y con 2.000 dólares, puedas hacer estallar una bomba en otro país”, reflexiona. “Son tácticas que dan mucho miedo, pero son muy ingeniosas; y, por supuesto, son muy buenos también en el ciberespacio”.
