Muchos analistas están subrayando en estos días, con razón, que la guerra ilegal lanzada contra Irán tiene todo el potencial de convertirse en una hemorragia para Washington. Pero, aunque muy grave, es solo el enésimo episodio de una acción autodestructiva serial y sistemática. Trump lleva 14 meses lanzando desde la Casa Blanca bolas de derribo terribles en mil direcciones: casi todas ellas prometen regresar al punto de partida para destrozar al atacante.
El primer aspecto fundamental del golpe autoinfligido a la primacía de EE UU es la destrucción del formidable entramado de alianzas que Washington construyó, con consenso bipartidista, a lo largo y ancho del mundo durante ocho décadas. Ningún aliado se fía ya de la Casa Blanca. Muchos ponen buena cara al mal tiempo por temor a quedarse desamparados de repente —pero todos se están organizando para no depender nunca más tanto de EE UU—. En público, muchos líderes optan por la contención, pero en privado, quien escribe estas líneas ha oído palabras relevantes que atestiguan un nivel de desconfianza extraordinario hacia Washington desde sectores nominalmente filoestadounidenses. La lógica subyacente es que hay que reducir los riesgos de la dependencia de Washington como hay que hacerlo con China, en una asombrosa equiparación política.
La presión descarnada sobre los aliados en materia de seguridad puede tener una lectura de reducción de los costes soportados por parte de la Casa Blanca y fortalecimiento de la OTAN. Pero es una lectura superficial: el dato estratégico de fondo es que muchos quieren construir una independencia que debilita a EE UU, y la acrimonia ha llegado a un punto que la Casa Blanca contempla renunciar a bases OTAN en países europeos —otro destello del suicidio—. La realidad es que hoy EE UU está agrietando la alianza transatlántica, que también está en su interés; la realidad es que puede insultar y acosar aliados, y ahora varios agachan la cabeza y tal vez conceden cosas, pero más adelante no podrá, porque aquellos se habrán preparado, y perderá la disposición a alinearse y ayudar por parte de muchos de ellos.
El segundo aspecto crucial es la devastación del sistema económico globalizado que ha sido el sustrato de la hegemonía de Estados Unidos. Es cierto que, en las últimas décadas, ese sustrato ha permitido a China un crecimiento asombroso aprovechándose de fallos de ese sistema. Pero el furioso asalto de Washington no tiene ningún viso de corregir esa situación. En cambio, produce efectos colaterales dañinos para Washington, fomentando desconfianza y desapego que se proyectan sobre todo el abanico de la dimensión económica. Si bien algunos han hincado la rodilla con pactos desfavorables y promesas de inversiones, la realidad es que todo el mundo ahora desconfía. Y esto es una mala noticia. Porque mientras Trump se obsesiona con el déficit en el sector manufacturero; EE UU pudo consolidar en aquel sistema un dominio impresionante en el sector servicios.
De nuevo, los beneficios posibles de las actuales maniobras se perfilan como un endeble espejismo frente a los riesgos estructurales. EE UU cobró considerables aranceles con las medidas trumpistas consideradas ilegales por el Supremo, pero no hay ninguna certeza de que aquellas habrían realmente provocado un renacimiento manufacturero en el país. En cambio, la acción ha desatado la reacción durísima de Pekín, que ha demostrado su dominio de las materias primas estratégicas dejando en evidencia incuestionable una grave debilidad de EE UU, que ha tenido que dar marcha atrás. No solo ha quedado expuesta una debilidad existencial y han sido espoleadas la desconfianza y el rencor de las otras economías hacia EE UU: varias ya se han lanzado a mejorar su relación con China —como Canadá— o a construir caminos alternativos entre ellas, UE-Mercosur.
El tercer aspecto del daño autoinfligido es el abandono de un orden internacional que EE UU contribuyó a construir más que nadie. No es una casualidad si administraciones republicanas y demócratas, aun con distintas sensibilidades, coincidieron en la construcción y mantenimiento de ese proyecto. No era por altura de miras, por el equivocado concepto de hegemonía benigna; era porque beneficiaba a EE UU. Lo entendieron así Kennedy y Nixon, Reagan y Obama. Por algo sería. Ahora, su salida del sistema acarrea una peligrosa atrofia de muchas instituciones. Algunas se tornan completamente irrelevantes. Pero la espantada de EE UU además abre espacio a que otros construyan otras cosas, a que otros influyan en el desarrollo de iniciativas mientras la Casa Blanca está de retirada. China no pierde ocasión para perfilarse como el actor responsable frente al grandullón infantilizado.
El cuarto aspecto de relieve es el deterioro democrático —que tal vez derive en algo peor aún que un deterioro—. El prestigioso instituto V-Dem ha publicado esta semana su informe anual, y en él señala que ya no considera a EE UU una democracia plena —por primera vez desde 1965— y que la velocidad con la cual está siendo desmantelada por el trumpismo es sin precedentes.
Resultaría ingenuo sostener que ser un régimen autoritario represente en sí mismo un problema para la proyección geopolítica de un país. China demuestra lo contrario. Pero este es un sistema autoritario sofisticado y pragmático, mientras el deterioro que encarna Trump evidencia rasgos de nepotismo, ineptitud y superficialidad espectacularmente peligrosos. Es un colapso en el caos. Gente dudosamente preparada como Hegseth, Kushner o Witkoff gestiona la máquina de guerra más poderosa del mundo o las negociaciones más explosivas. Allá donde hay gente preparada —como Powell en la Fed— se intenta menoscabar su independencia y criterio. El porcentaje del dólar como moneda de reserva ha bajado del 70% a principios de siglo a menos del 60%. Una Fed manoseada por Trump o la tendencia a ataques iracundos contra enemigos y aliados, desde luego, no aumentan la confianza en un instrumento fundamental de la proyección geopolítica como lo es el aspecto monetario y financiero.
Por supuesto, EE UU ha cometido enormes abusos y errores a lo largo de su etapa de dominación. Este no es el primer momento de descarrilamiento estratégico y moral. La guerra ilegal de Irak fue un espanto que acarreó un profundo desgaste y una fuerte erosión de la relación con Europa, que también entonces Washington criticaba con dureza. Pero no es de ninguna manera equiparable a lo que sucede ahora. Esta vez hemos llegado a amenazas de anexión de un territorio perteneciente a un Estado europeo —Groenlandia— y a incluir en la estrategia nacional de seguridad el objetivo de cultivar la resistencia contra la UE. La prueba de la enorme diferencia es que en aquel entonces nadie en Europa se movió de verdad para construir una autonomía europea de EE UU. Hoy esa voluntad llega a tal punto que los alemanes han roto un tabú al entablar un diálogo nuclear con los franceses.
Hay otro elemento por el cual las heridas autoinfligidas de hoy pueden convertirse no solo en un daño, como en las últimas décadas, sino en un suicidio: hoy EE UU tiene un rival —China— más formidable de lo que nunca llegó a ser la URSS. Y en lugar de estrechar lazos con sus socios para contenerlo —como intentó hacer Biden—, actúa de una manera que como mínimo complica que sus aliados y amigos le sigan, y en algunos casos promueve directamente una mejora de relaciones de estos con Pekín. Además de Canadá, un caso clamorosamente grave para Washington es el de la India, que ha tomado nota tras una embestida comercial de la Casa Blanca y acto seguido ha dado pasos de deshielo con China.
Otro elemento de erosión para EE UU es el desgaste del conocido como poder blando, una importante herramienta de influencia en el mundo. Los abusos del trumpismo, combinado con el perfil grotesco y grosero de su liderazgo, producen un espanto bastante generalizado en el resto del mundo. Bush hijo —o Berlusconi, como figura en cierto sentido precursora— parecen considerables estadistas en comparación. Múltiples sondeos de opinión apuntan a que el aprecio y la confianza en los EE UU se hunden a niveles ínfimos en otros países.
Esto no significa que todo lo que hace Trump no tenga ningún sentido geopolítico, ni que todo lo que hace esté mal resuelto.
Es cierto que los aliados de EE UU han chupado del bote en materia de seguridad, sin hacer de forma adecuada su parte durante décadas.
Es evidente que, por ejemplo en América, el trumpismo está consiguiendo que sus socios alcancen el poder.
Y en el plano estratégico, puede haber una estrategia no explicitada detrás de las acciones. Jack Watling, respetado experto del RUSI, ha señalado que en círculos estratégicos y de inteligencia de Washington hay mucho temor de que China emprenda en 2027 una acción contra Taiwán, y que por lo tanto creen que es el momento de debilitar posibles focos alternativos de resistencia —Irán, Venezuela, Cuba, Rusia (a través de un apaciguamiento que la haga menos dependiente de China)— en caso de que estallara un pulso armado entre las superpotencias.
Pero, en concreto, nada asegura que las acciones emprendidas surtan a medio
o largo plazo los efectos deseados, y al contrario, los efectos dañinos son terribles. Irán es el ejemplo perfecto. Se trata de una guerra con el potencial de entrañar un desgaste gravísimo para los arsenales estadounidenses que, pese a contar con la mayor industria armamentística del mundo, no se rellenan con rapidez en algunos puntos críticos, como ciertos misiles sofisticados. La acción en Irán añadirá valiosa experiencia de combate, pero vaciará stocks, desgastará materiales, agotará personal, tensará la opinión pública y cabreará a medio mundo. Si para pronto, el desgaste será menor, pero con el coste de la derrota —porque en un choque entre una superpotencia y un país mediano, todo lo que no es una victoria total es una derrota—; si dura mucho, el desgaste será enorme.
Especular con el futuro es un deporte de alto riesgo que conviene evitar. Estados Unidos es un país que sigue siendo formidable, y quien lo subestime lo hace a su riesgo y peligro. No es imposible que consiga doblegar Irán, que Venezuela adopte una política más amigable y que el castrismo resulte desalojado en Cuba. Pero, incluso si esto ocurriera mañana, el desgaste que las acciones de Trump producen a la hegemonía de EE UU —la desconfianza, el desprecio, el rencor, la reconsideración de las relaciones con China y de la exigencia de independizarse de Washington— es de tal calibre que hoy su mandato, más que hacer América grande de nuevo, parece autoinfligirle heridas con potencial letal para su primacía.
