“¡Quiero ver a la primera ministra!“. ”¡Hemos venido a conocerla!”. El mitin de cierre de campaña de Sanae Takaichi, la primera mujer al frente de un Gobierno en Japón, es un fenómeno de masas. Hay niños y ancianos, parejas jóvenes, madres con sus hijos. Ríos de gente que desembocan en la explanada del parque Futako Tamagawa, a las afueras de Tokio, este sábado a última hora de la tarde. Tiene algo de concierto de rock, con miles de personas. La seguridad es intensa. Aunque nadie pierde la cabeza cuando sale la estrella al escenario y hace varias reverencias: “Buenas noches, en medio de este frío, gracias por venir”.

Su discurso no es apasionado, pero sí busca ser inspirador. Está repleto de promesas. Pide el voto para este domingo. Habla de la necesidad de ser un país que se pueda defender. De seguridad, autosuficiencia y de la capacidad tecnológica de Japón. De subir salarios, de impulsar las empresas. Arranca aplausos al hablar de la industria de las tierras raras. Pide un esfuerzo para dejar un futuro mejor a las nuevas generaciones. “Tenemos que pensar que no somos débiles”, proclama. “Volver a ser un archipiélago rico y fuerte”, subraya su lema con ecos trumpistas.

Algunos salen extasiados: “Nunca vengo a estas cosas. Me ha impresionado mucho”, comenta Tomi Takashi, un sonriente profesor de escuela de 60 años. “Hasta ahora no me interesaba la política. Ha sido gracias a ella”, dice Yumi Oyama, de 30 años, empleada en una empresa tecnológica.

La ultraconservadora Takaichi asumió el cargo de primera ministra en octubre. A los tres meses, en enero y con la popularidad por las nubes, convocó por sorpresa elecciones a la Cámara de Representantes, la de mayor peso político de la Dieta (el Parlamento bicameral nipón). Parecía una apuesta arriesgada. Pero convertida en una figura que trasciende lo político, los sondeos le dan una holgada ventaja a su formación, el conservador Partido Liberal Democrático (PLD). Algunas encuestas aseguran que podría pasar de los 198 escaños actuales a superar los 233 de un total de 465 asientos; e incluso rebasaría los 300 con su actual socio de coalición, el Partido de la Innovación.

En parte, el secreto parece haber sido el freno a la sangría de votos hacia partidos populistas escorados más a la derecha que blandían un discurso antiinmigración con tirón entre los jóvenes. El auge de estas formaciones en unas elecciones parciales a la Cámara alta, el pasado verano, dejó al PLD sin mayoría clara en la Dieta y forzó la dimisión del anterior primer ministro, su compañero de filas Shigeru Ishiba. Takaichi, representante del ala dura del PLD, fue la respuesta del partido, y el plan parece haber funcionado.

“Era vista como alguien que podía frenar la marea y traer de vuelta a las almas descarriadas de los seguidores de derechas de [el ex primer ministro Shinzo] Abe”, comenta Koichi Nakano, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Sofía, de Tokio. “Por eso creo que ha estado proyectando esta imagen de dureza”. Sus comentarios “inflamatorios” son vistos como un “activo”. A la vez se ha convertido en una opción atractiva para los votantes “no comprometidos”, valora.

Goza además del beneplácito del presidente estadounidense, Donald Trump, que el jueves la apoyó de forma explícita, mientras la cuidada imagen de la propaganda electoral del PLD remite a su admirada Margaret Thatcher, la dama de hierro británica, con chaqueta azul y collar de perlas.

Su estrategia ha calado en una ciudadanía descontenta. Porque no hay japonés al que preguntes que minimice los retos. Muchos se ven como un país venido a menos, con la economía estancada y la población en caída libre. Uno de los entrevistados recordaba una célebre novela de ciencia ficción de los años setenta, Japón se hunde, para exponer cómo están las cosas, solo que en el libro era una cuestión geológica.

“Hay tantos problemas que no sabría decir cuál es el principal”, cuenta el señor Teruo Yamada, un enjuto vendedor de galletas de pasta de arroz. Tiene 76 años y lleva 62 en este puesto de madera, donde cobra aún a algunos clientes echando cuentas con un soroban, el ábaco japonés. Da la sensación de que no se jubilará nunca. Es la memoria viva de Kawaguchi, una localidad dormitorio a las afueras de Tokio donde han cobrado vida las tensiones migratorias. “Primero llegaron los chinos en los años noventa, luego los kurdos…”, relata Yamada.

Las cifras, si se comparan con países europeos, son ridículas. Pero muestran un cambio de tendencia en Japón. En 2025, se batieron registros con 3,9 millones de residentes extranjeros, un 3,21% de la población. En Kawaguchi, un distrito con fuerte presencia foránea, suman un 8% de los 607.000 residentes (en Madrid alcanzan el 20%). La mayoría son asiáticos: chinos, vietnamitas y filipinos. Los kurdos rondan los 1.500 y sin embargo se han convertido en un problema de escala nacional, inflamado por las redes sociales.

Tatsuhiro Nukui, voluntario de la asociación Heval, que ayuda a la integración de este colectivo, enseña las cartas de odio que empezaron a recibir en 2023, cuando una reyerta entre kurdos se propagó en internet. Las misivas usan palabras muy gruesas para el estándar nipón: “Basura kurda”, “vamos a mataros”. Y de las redes ha saltado al mundo real. La asociación presta apoyo a una familia que ha denunciado la agresión de un hombre japonés a su hijo, cuando este jugaba en un parque. En un vídeo, grabado por el padre, se ve al presunto agresor diciendo: “Si no hubiera una ley os mataría”.

Nukui cree que los extranjeros son “chivos expiatorios” del verdadero problema de Japón: “El decrecimiento de la población”. El país envejece, mueren los ancianos y no nacen niños porque la vida es demasiado cara como para que los jóvenes se planteen una familia. “La gente que viene de fuera son parte de la solución”, dice. “Tenemos que ver cómo convivimos con ellos”.

A pesar de la polarización, la campaña electoral no es ruidosa. Y por lo general solo es perceptible en forma de pequeñas interferencias en una rutina ordenada y laboriosa. La propaganda se limita a las carteleras habilitadas al efecto, y los candidatos recorren los distritos dando pequeños mítines a pie de calle.

Sucede de la siguiente forma: llega una pequeña furgoneta, pongamos, del Partido Comunista, la fuerza minoritaria en el extremo izquierdo, y se detiene frente a un supermercado de barrio. Despliegan banderas y altavoces. La candidata del distrito baja del vehículo, y pronuncia su discurso ante unos pocos que prestan atención. Flanqueada por un cartel que pide subir los impuestos a los ricos, critica el creciente militarismo de Takaichi: “Este Gobierno está pensando en usar el dinero del país para las armas”. Alerta: “La política se está sesgando cada vez más hacia la derecha”. Termina su breve discurso, le estrecha la mano a los asistentes, hace reverencias, recoge todo y se marcha en furgoneta.

Acto seguido, llega otra furgoneta del partido opuesto del espectro político, Sanseito. Con su eslogan xenófobo “los japoneses primero” vio un ascenso notable en las últimas elecciones. “Tenemos que conservar la identidad del país”, defiende su candidata ante el supermercado. “Decir que los ciudadanos del país son lo primero es algo obvio”. Terminado el mitin, estrecha manos, hace reverencias y la furgoneta sigue su camino.

A pesar de los discursos tan alejados todo parece bastante educado. Aunque conviene no olvidar que a veces Japón muestra un rostro brutal: ahí está el asesinato del exprimer ministro Shinzo Abe, en 2022, cuando pronunciaba uno de estos discursos a pie de calle.

Con el auge del coste de vida mordiendo el bolsillo, la economía y los recortes de impuestos son otro de los ejes centrales de una campaña rara, que incluso ha pillado con el pie cambiado a los comentaristas políticos: “El tema más importante de estas elecciones es entender estas elecciones”, dice Satoru Ishido, escritor y periodista de 42 años, habitual en los debates televisados. Con solo 16 días, ha sido la campaña más breve desde la posguerra, y cree que no ha quedado claro entre los votantes qué políticas se están debatiendo. “Como resultado, las elecciones se han convertido esencialmente en la cuestión de si se apoyaba o no a Takaichi”. Casi como un referéndum.

Mientras, la principal formación opositora, el progresista Partido Constitucional Democrático, se ha diluido. Para enfrentarse a Takaichi ha formado una alianza centrista con los budistas de Komeito, un antiguo aliado de coalición del PLD que puso una línea roja antes de aliarse con Takaichi: son pacifistas. Con las encuestas en contra, el viernes, uno de los pesos pesados de la nueva alianza, el exministro de Economía Banri Kaieda, trataba de encandilar en otro mitin callejero a unas decenas de seguidores con un discurso centrado en los bajos salarios, el precio de la vivienda, y los riesgos para la paz.

“La paz mundial es el asunto más importante de estas elecciones”, añadía una de las asistentes, de 62 años, votante de Komeito. Prefirió no dar su nombre, pero dijo que hay demasiados conflictos en el mundo y que Takaichi podría avivar las llamas.

La primera ministra es conocida por su defensa de un Japón con mayor empaque militar, sin miedo a quitarse el corsé pacifista consagrado en la Constitución. En su tercera semana en el cargo, armó un incendio diplomático con Pekín al sugerir que un intento de China de bloquear o apoderarse de Taiwán podría suponer “una amenaza existencial” que justificaría el despliegue de las Fuerzas de Autodefensa japonesas (el ejército nipón). Su Gobierno ha comenzado a revisar la doctrina antinuclear y ha aprobado un nuevo incremento del presupuesto militar.

“Ha roto el techo de cristal y todo eso, pero es más importante en qué dirección va a llevar el Gobierno”, afirmaba la votante pacifista de Komeito. “Es peligrosa”.

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