Las pantallas son omnipresentes en la vida de los adolescentes. El problema es que primero llegaron y después se advirtieron sus riesgos. “Les hemos dado los dispositivos y ahora vemos los peligros. No nos ha dado tiempo a la prevención y nos toca actuar”, explica la periodista Laura G. de Rivera, especializada en tecnología. Ella es la autora de un informe publicado este martes por Aldeas Infantiles SOS que pretende ser una guía para padres perdidos, con recomendaciones muy prácticas. Como que el primer móvil no sea el último modelo ni tenga acceso ilimitado a datos; que se firmen contratos familiares entre padres e hijos en los que se establezcan horarios, tiempos máximos de conexión y espacios sin pantallas, así como las consecuencias de incumplir lo pactado; que se fijen espacios libres de pantallas en casa, como la hora de comer o de dormir; o una rutina de desconexión digital al menos una hora antes de ir a la cama.
La Asociación Española de Pediatría es muy clara en sus recomendaciones: no utilizar pantallas hasta los seis años, porque no existe una cantidad segura de exposición antes de esa edad; de los seis a los 12, el tiempo máximo recomendable es de una hora al día, y sin acceso ilimitado a internet; entre los 13 y los 16, el uso máximo es de dos horas al día —incluyendo el periodo escolar—, limitando el acceso a internet y retrasando la edad a la que se tiene el primer móvil. En esta última franja etaria, estas pautas “no las cumple ningún niño”, opina la autora del informe.
El documento es una recopilación de estudios publicados en este ámbito e incluye también voces expertas y testimonios de adolescentes. Como el de Héctor, de 15 años: “Tengo un móvil y un ordenador que uso una media de cuatro horas los días de diario y los fines de semana puedo usarlos hasta seis horas (…). Pero tienen más cosas malas que buenas, como que a la larga perjudican tu visión y que acaban siendo adictivas y hacen que te olvides de las cosas importantes de la vida”.
En conjunto, el informe pone negro sobre blanco el problema, que en las últimas semanas ha acaparado numerosos titulares en medios de comunicación a raíz, entre otras cosas, del anuncio de Pedro Sánchez de emprender una batería de medidas contra la impunidad en las redes sociales, entre ellas, prohibirlas para todos los menores de 16 años.
Según recoge el documento de Aldeas Infantiles, el 70% de los menores de 10 a 15 años dispone de un móvil propio. A los 15, la cifra se dispara al 95%. Y el digital es un entorno “diseñado para mantener al usuario conectado durante el mayor tiempo posible, mediante algoritmos que priorizan contenidos muy llamativos, sistemas de recomendación que ajustan continuamente lo que aparece en pantalla a su comportamiento y sus gustos, y mecanismos como el scroll infinito o la reproducción automática”, destaca la organización en un comunicado.
“Hay muchos peligros en internet y en la soledad de su cuarto, donde los padres no saben con quién hablan sus hijos, qué hacen”, prosigue G. de Rivera. “Desde el riesgo de adicción, a la violencia sexual, la falta de sueño, que es fundamental para el desarrollo, el ciberbullying, que ha crecido muchísimo, la desinformación y los discursos de odio, o el riesgo para la libertad de pensamiento”, prosigue. Sobre este último, expone: “Estamos criando generaciones de chavales que piensan que lo que ven en las redes es equivalente a la realidad. Pero solo están viendo parte de la realidad, lo que el sistema algorítmico decide, nos estamos formando una visión de la realidad que no es neutral”.
Ante ello, la labor de los adultos es fundamental. El primer paso es siempre predicar con el ejemplo. “Cuando las personas adultas limitan su propio uso de pantallas, es más probable que los niños, niñas y adolescentes adopten un uso equilibrado y consciente de las tecnologías”, se lee en la guía. En el informe se les invita a estar atentos a señales de alerta, como “alteraciones del sueño, cambios de humor repentinos, aislamiento, miedo a usar dispositivos o descenso en el rendimiento escolar”, y a pedir ayuda profesional cuando sea necesario.
Se recomienda acompañar a los hijos activamente en las pantallas e interesarse por lo que hacen online, así como jugar o buscar información junto a ellos, algo que “fortalece la relación y permite educar con ejemplos reales”. Si se les da una tablet o un móvil propio, deben tener filtros de control parental y estar personalizados para ese menor, “con una configuración detallada que gestione el tiempo de uso, lo que permite descargar y lo que no, la conexión a internet”. Así como asociar el dispositivo a un correo electrónico configurado como cuenta de menor de edad, algo que, según se destaca, limita la actividad que pueden desarrollar online: “Por ejemplo, no permite descargar la aplicación de una red social sin el permiso del tutor”. Se trata de que los niños y adolescentes vayan ganando autonomía progresivamente en su relación con los dispositivos, adecuada a su edad y a su madurez. Y debería haber mucha comunicación con los padres.
En el documento se insta a “enseñar a desconfiar sanamente”, porque internet no es equivalente a la realidad. Por ello, se aconseja practicar la verificación de datos en familia o en clase y explicar cómo funcionan los algoritmos de recomendación de contenidos, algo que “ayuda a evitar la burbuja de información y a fomentar el pensamiento crítico”.
Además, se recomienda a los padres no publicar información de sus hijos en perfiles públicos de redes sociales, para no sobreexponer su intimidad, lo que se conoce como sharenting. Así como enseñarles a no compartir información personal, fotos o su ubicación, y a que sepan que compartir fotos de alguien desnudo es un delito. También, a rechazar cookies, para evitar que se trafique con datos de su comportamiento online con fines comerciales o publicitarios. Los menores de 14 años, por defecto, deben utilizar perfiles privados en sus redes sociales. “Las opciones de privacidad son lo primero que hay que configurar en cada aplicación y dispositivo que vayan a utilizar”, se lee.
La autora del informe insta a retrasar todo lo posible la entrega del primer móvil. “Cuando se dé, que sea el más viejo que haya en la casa, nada de comprar el último iPhone, como hacen algunas familias”, apunta. “Y si los padres quieren tener a su hijo localizado, que le compren un teléfono solo de llamadas”. En su opinión, lo fundamental es que las familias se informen sobre cómo funciona el modelo de negocio de las grandes plataformas, “porque quieren que los niños estén enganchados”. “Así tendrán una base sólida desde la que hablar con sus hijos. No basta con decir que el móvil es malo”.
