El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, ha declarado públicamente este martes aquello que su Gobierno venía dando a entender desde hacía días: Israel tomará y controlará militarmente todo el sur de Líbano hasta el Litani, el río que —en su punto más lejano— se sitúa a unos 30 kilómetros de la frontera entre los dos países.

La zona que pretende ocupar Israel —en un plazo que no ha precisado— supone el 10% del territorio libanés y contiene 150 municipios, cuya población (más de 200.000 personas) ha huido mayoritariamente a otras partes del país tras las órdenes israelíes de desalojo. Un destacado diputado del partido Hezbolá, Hassan Fadlala, ha asegurado a la agencia Reuters que una ocupación militar por parte de Israel supondría una “amenaza existencial” y que la milicia la combatiría.

El anuncio de Katz plantea, además, un interrogante sobre el futuro de la misión de cascos azules de la ONU, que vigila precisamente esa zona: se trata de un contingente de unos 10.000 soldados de medio centenar de países, incluidos 650 españoles (el mayor despliegue militar de España en el exterior bajo bandera de Naciones Unidas). El Consejo de Seguridad de la ONU decidió el año pasado no renovar el mandato de la misión (que está sobre el terreno desde 1978) más allá de finales de 2026, lo que dibuja un escenario en el que Israel podría estar ocupando el sur de Líbano sin apenas supervisión internacional.

El ministro Katz ha confirmado la destrucción de cinco puentes sobre el Litani, alegando que la milicia proiraní Hezbolá los utilizaba ”para transportar terroristas y armas”, pero ha apuntado que dejará en pie el resto porque quedarán bajo control de sus tropas.

Desde la semana pasada la aviación israelí ha atacado una decena de puentes y carreteras para aislar del resto de Líbano a la parte meridional. En enero, las Fuerzas Armadas libanesas habían declarado que esa zona sur del país estaba ya bajo su control, en el marco del desarme de Hezbolá (que ejercía allí de autoridad de facto por encima de un Estado ausente e impotente) recogido en el alto el fuego que puso fin a su anterior conflicto con Israel, en 2024.

Este martes, de hecho, en un episodio de lo que Beirut presenta como una lucha por fortalecer su soberanía, el Ministerio de Asuntos Exteriores ha anunciado la expulsión del embajador iraní en Líbano, Mohamed Reza Sheybani. Días atrás, el Gobierno dio el paso de prohibir las actividades de la Guardia Revolucionaria en territorio libanés, y el primer ministro, Nawaf Salam, acusó a Irán de arrastrar a la guerra a Líbano.

Pero Israel —que vulnera el alto el fuego de 2024 a diario, con bombardeos que mataron a medio millar de personas (entre ellos más de 130 civiles) en año y medio— desconfía de ese discurso del Gobierno libanés contra Hezbolá. El Gabinete de Benjamín Netanyahu viene acusando de inacción a las autoridades libanesas y ahora opera desde la asunción (en la línea de su estrategia expansionista y militarista agudizada tras el ataque de Hamás en octubre de 2023) de que solo ellos pueden contener a Hezbolá: ni el Estado libanés ni la ONU.

También esgrime Israel la necesidad de establecer —a base de desplazamientos forzosos de la población y de demoliciones de viviendas e infraestructuras— lo que llama una “zona de seguridad”, que le sirva para proteger a la población del norte de Israel.

“El principio es claro: donde haya terrorismo y misiles no habrá casas ni residentes, y estará dentro el ejército”, ha aseverado el ministro. Las tropas, ha añadido, están “maniobrando en territorio libanés para establecer una línea de defensa” en las aldeas fronterizas, donde las viviendas ”funcionan en la práctica como puestos de avanzada terrorista, siguiendo el modelo de Rafah y Beit Hanun [dos localidades hoy devastadas] en Gaza”.

Es un argumento similar al que Israel empleó contra las milicias de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) durante su ocupación del sur de Líbano entre 1982 y 2000 (que, precisamente, dio luz a Hezbolá); y el mismo que enarbola para mantener permanentemente tropas dentro de Gaza, incluso si acaba retirándose (como marca el acuerdo de alto el fuego) del 52% de la Franja que controla actualmente.

El anuncio de Katz, mientras Israel lucha por ampliar su presencia terrestre y después de tres semanas de bombardeos que han causado en Líbano más de mil muertos, recrudece el aislamiento de las decenas de miles de residentes que han decidido permanecer en sus casas pese a las amenazas. La semana pasada, el ministro advirtió de que Israel impedirá el regreso de la población civil a esa zona mientras perciba que el territorio israelí sigue amenazado y Hezbolá, operativo.

Ocupación fallida

El plan de controlar el territorio de Líbano al sur del Litani devuelve a Israel a una de sus más fallidas aventuras: la ocupación de esa zona meridional de Líbano en las últimas dos décadas del siglo XX. Fueron 18 años que incluyeron escándalos como la masacre de Sabra y Chatila (cometida por sus aliados, las falanges libanesas), torturas en prisiones secretas o el bombardeo de un recinto de la ONU en el que murieron 100 civiles que buscaban allí refugio.

El coste en vidas de los propios soldados israelíes gestó un movimiento interno de protesta en Israel, y Ehud Barak acudió a las urnas con el compromiso de retirarlas de Líbano si ganaba. Sucedió, en 2000, y desde entonces Israel solo ha controlado varios kilómetros de territorio libanés en contextos bélicos y temporales. Desde 2024 mantenía ya cinco posiciones en Líbano (vulnerando el alto el fuego de ese año, que hablaba de retirada completa).

Lo que sucedió tras la firma de aquella tregua no satisfizo a nadie. Israel aseguró, sin demostrarlo, que Hezbolá se estaba rearmando en la zona fronteriza, algo que el acuerdo prohibía, y mantuvo sus ataques bajo ese pretexto, obligando a más de 60.000 personas a abandonar sus casas. En Líbano, tanto Hezbolá como el Gobierno (el más alejado de esa organización en lustros) atendían frustrados a la inacción del comité de supervisión de la tregua.

Este organismo, diseñado para forzar el cumplimiento de todas las partes y liderado por Estados Unidos, se mantuvo el silencio pese a las más de 10.000 ocasiones en las que el ejército israelí infringió el alto el fuego, según Naciones Unidas. Dichas infracciones incluyen los ataques aéreos con los que Israel decía socavar las capacidades de Hezbolá, pero también los bombardeos sobre municipios fronterizos en tiempos de supuesta tregua, alimentando la desconfianza de la población libanesa hacia el vecino israelí y la narrativa que presenta a Hezbolá como indispensable en la defensa del territorio.

Ahora, la idea de extender el dominio hasta el río Litani gusta en Israel por igual a los generales que ven esta ocupación desde el prisma de la profundidad estratégica y a los nacionalistas religiosos que sueñan con el Gran Israel, el vago concepto bíblico que se extiende a los países vecinos, entre ellos, Líbano. Su líder más influyente, el ultraderechista ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, pidió el lunes anexionarse (no solo ocupar militarmente) el sur de Líbano hasta el Litani, convirtiendo el río “en la nueva frontera” norte de Israel.

En Líbano, donde el ejército israelí ya lanzó invasiones sobre el sur del país antes de que Hezbolá naciera en la década de los 80, muchos temen que las hostilidades de estos días sean parte de un ciclo de violencia con continuación hacia el futuro, a base de nuevas organizaciones que se levanten sobre el resentimiento de la ofensiva actual.

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