El exministro español, exsecretario general de la OTAN y antiguo jefe de la diplomacia europea, Javier Solana, mantuvo durante años una relación directa con Ali Lariyaní, quien fuera secretario del Consejo de Seguridad Nacional de Irán y ejercía como número dos del régimen hasta que fue abatido el pasado martes por el ejército israelí.
Solana ejerció como Alto Representante de la Unión Europea para la Política Exterior y de Seguridad Común entre 1999 y 2009. Y se reunió con Lariyaní más de una decena de veces desde 2003. Ahora, a los 83 años, el exministro socialista rememora en conversación telefónica los almuerzos y cenas que ambos compartieron en Roma, Madrid, Estambul o Teherán. “Era muy serio y muy duro negociador, pero racional. Era muy sofisticado. Tenía un hermano que es uno de los jueces más importantes del país. Y otro que es un matemático muy bueno. Me los presentó a los dos. De ese tipo de familias hay muchas en Irán; es un país muy culto. A él le gustaba exhibir la faceta culta de su vida. Y creo que disfrutaba conversando conmigo”, recuerda.
Hay dos facetas por las que destacó Lariyaní, muerto a los 67 años en un bombardeo: su papel ante Occidente como negociador del acuerdo nuclear que acabaría fraguándose en 2015 y su protagonismo como máximo responsable de la represión ejercida por el régimen en las recientes protestas en la República Islámica. Las cifras de esta brutal asfixia de las manifestaciones oscilan entre los 3.000 (versión oficial) y los 30.000 muertos. Lariyaní estaba al frente del aparato de seguridad.

El perfil de represor no parece encajar con aquel hombre refinado que recuerda Javier Solana. “No me lo hubiese imaginado de represor. A él le gustaba hablar mucho de filosofía. Y ahí me ganaba. Cuando hablábamos de átomos, sin embargo, le ganaba yo, que soy físico”, comenta Solana sonriendo.
Solana comenzó las negociaciones representando a la UE y después también lo hacía en nombre de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Rusia y China). “Dábamos pasos lentos, pero seguros”, recuerda. “La televisión iraní me hizo un par de entrevistas larguísimas, donde yo exponía el punto de vista de Occidente sobre lo que estábamos negociando”.
Las discrepancias de Lariyaní con el entonces presidente iraní, Mahmu Ahmadineyad, forzaron su dimisión en 2007 como jefe negociador de la cuestión nuclear. Pero ya se habían sentado las bases de lo que sería el acuerdo que el presidente estadounidense Barack Obama terminaría firmando con Irán en 2015. Un pacto que su sucesor, Donald Trump, terminó rompiendo tres años después, para restablecer las sanciones contra Irán.
“Yo creo que lo quitaron del cargo porque el régimen pensó que estaba haciéndome demasiadas concesiones”, afirma el que fuera también secretario general de la OTAN (1995-1999). Solana cree que aquellos primeros pasos del acuerdo nuclear habrían sido impensables sin la buena relación que se estableció entre ambos. “Las reuniones más difíciles las celebrábamos los dos solos, en inglés, sin traductores ni técnicos”.
En 2007, tras la conferencia de prensa en Roma en la que se anunció la sustitución de Lariyaní por Saeed Jalili como jefe de equipo negociador iraní, Solana recuerda que comieron juntos, Lariyaní y él. “Recuerdo que se quitó la chaqueta y se fumó un puro”. Después de aquel día, se vieron alguna vez de forma esporádica. “Yo creo que a él debió afectarle mucho que Trump rompiera el acuerdo que había sido suscrito por los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU. Y pienso que Trump lo rompió presionado por [el primer ministro israelí] Benjamín Netanyahu. Porque las presiones más importantes que tuve yo en la negociación con Irán siempre venían de Israel. Los israelíes no querían, bajo ningún concepto, que esa negociación saliera bien”, remarca.
A pesar de la buena relación que se estableció entre ambos, Solana dice que Lariyaní nunca llegó a criticar al régimen iraní. “Cuando parecía que estaba a punto de hacerlo, me decía: ‘No me hagas criticar a mi régimen”.
