Irán se encuentra en vísperas de un punto de inflexión histórico. Así lo indica la erosión de la estructura de poder de la República Islámica, que se muestra incapaz de responder a las demandas por las que clamaron miles de iraníes en las protestas que empezaron el 28 de diciembre, sofocadas después con represión. Una nueva muestra del ansia de cambio fueron las concentraciones multitudinarias de este sábado en diversos países contra el sistema político iraní. La más masiva transcurrió en Múnich, en los márgenes de la Conferencia de Seguridad, a la que asistieron unas 250.000 personas, o las de Los Ángeles y Toronto, que reunieron a varios cientos de miles de participantes.

En Irán, el descontento social, fruto de décadas de mala gestión económica, social y política, ha alcanzado su punto álgido tras la represión sangrienta de esas protestas y los miles -o incluso decenas de miles, según profesionales sanitarios- de muertos en las calles. Esa violencia y las políticas ineficaces son, para muchos iraníes, los símbolos de un sistema que creen ya incapaz de reformarse.

Las negociaciones entre Teherán y Washington que este martes proseguirán en la ciudad suiza de Ginebra no permiten augurar un acuerdo, a la luz del abismo entre lo que Estados Unidos reclama y lo que Irán está dispuesto a dar. Mientras la posibilidad de un ataque militar se cierne cada vez con más fuerza sobre el país, “la comunidad internacional piensa hoy más que nunca en un futuro para Irán sin la República Islámica”, explica Omid Shams, jurista y portavoz del Consejo de Juristas por un Irán Democrático.

Ese horizonte se topa con un hecho subrayado por diversos analistas: los distintos grupos de la oposición aún no han logrado la cohesión necesaria para ejercer un liderazgo que represente a la pluralidad política de la sociedad iraní, al contrario de las manifestaciones contra el régimen, que sí reflejan esa diversidad. Abbas Milani, director del Programa de Estudios Iraníes de la Universidad de Stanford, sostiene que “dentro de Irán, personas con distintas orientaciones políticas salieron juntas a la calle para expresar su rechazo al régimen; ese modelo debería ser el referente de la oposición en el extranjero”.

Monárquicos y republicanos

En los últimos meses, la popularidad de Reza Pahlevi, antiguo príncipe heredero de Irán, ha experimentado un notable crecimiento. Este fenómeno se reflejó claramente en la respuesta masiva a sus llamamientos a las protestas del 8 y 9 de enero, en los cánticos con su nombre durante las manifestaciones dentro del país y en las concentraciones de este sábado, a las que Pahlevi había llamado a participar. El hijo del derrocado shah, que participó como ponente en la Conferencia de Seguridad, habló en la manifestación de Múnich para reclamar a la comunidad internacional que apoye al pueblo de Irán y aumente la presión política y diplomática sobre el gobierno iraní.

Este aumento de respaldo se explica por una combinación de factores: la indignación generalizada frente a las políticas represivas del régimen, la debilidad y falta de eficacia de la oposición interna y la intensa actividad de Pahlevíiy su equipo en redes sociales y medios internacionales para amplificar la voz de los manifestantes y resaltar los logros del periodo Pahlevi en comparación con la situación actual de Irán. Al presentarse únicamente como una figura de transición y abogar por un cambio pacífico y el retorno al Estado de derecho, ha logrado consolidarse como un referente simbólico de esperanza para una parte significativa de la sociedad iraní, tanto dentro como fuera del país.

Los objetivos y estrategias de este sector están recogidos en un documento titulado Proyecto de Prosperidad para Irán, accesible al público. Durante su rueda de prensa en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Reza Pahleví reiteró los cuatro principios fundamentales de su proyecto político: la preservación de la integridad territorial de Irán, el respeto a las libertades individuales y la igualdad de todos los ciudadanos, la separación entre religión y política, y el derecho del pueblo a elegir democráticamente la forma de gobierno. En varias ocasiones ha invitado a otros grupos de la oposición a sumarse a este proyecto sobre la base de dichos principios.

Dentro del movimiento monárquico pueden distinguirse dos corrientes principales. Los constitucionalistas, como Shahram Kholdi, investigador de la historia de Oriente Medio y experto en relaciones internacionales, defienden una monarquía parlamentaria, con un rey con atribuciones limitadas y simbólicas, concebido como factor de unidad nacional y estabilidad.Desde esta perspectiva, concentrar el simbolismo de la unidad nacional y el poder ejecutivo en la figura de un presidente resulta especialmente peligroso en una democracia incipiente y podría derivar en modelos autoritarios similares o fallidos como el de Rusia.

El otro sector monárquico, más radical, aboga por la restauración plena de la monarquía y por un ejercicio centralizado del poder, con mayores atribuciones para la institución real.

Para los republicanos, la revolución de 1979 puso fin definitivamente a la monarquía, y su retorno resulta inaceptable. Estos opositores muestran al mismo tiempo mayor cercanía hacia personalidades de la facción reformista que siguen vinculadas al sistema religioso. Figuras como Narges Mohammadi, premio Nobel de la Paz, desempeñan un papel estratégico dentro de este espectro político. No obstante, algunos han aceptado una cooperación táctica y temporal con los monárquicos.

Sirus, médico especialista que trabaja en uno de los hospitales de Teherán, explica que “muchos de mis colegas desconfían de Pahlevi, pero al mismo tiempo no proponen una alternativa clara”. Añade que, aunque no es partidario de la monarquía, en este momento Reza Pahlevi le parece “la única opción disponible, al menos para el periodo de transición”.

Otros sectores republicanos rechazan cualquier tipo de colaboración y consideran arriesgado otorgar a Reza Pahlevi un papel central en el nombramiento de autoridades durante el periodo de transición sin la previa constitución de una asamblea constituyente plural. Mahdieh Golroo, activista política, feminista y republicana, acusa a los monárquicos de sostener una estrategia basada en la idea de que “el fin justifica los medios, ya sea mediante un golpe de Estado, una guerra o incluso la intervención de Israel, con el único objetivo de facilitar el regreso de Pahlevi al poder”.

Hamed, estudiante de ingeniería informática, considera exageradas estas reticencias: “Si Pahlevi tiene éxito durante la transición, podría ganar apoyo para un sistema monárquico; si fracasa, no tendrá ninguna posibilidad en unas elecciones democráticas”.

Grupos étnicos

Junto a estas corrientes, los grupos étnicos también desempeñan un papel activo en la oposición, con el objetivo de defender los derechos de las minorías y garantizar su participación equitativa en la toma de decisiones nacionales. La mayoría de estos grupos están formados por partidos kurdos, azeríes, baluches y árabes. Entre ellos, los kurdos destacan por contar con estructuras partidarias más consolidadas y una mayor disciplina organizativa, aunque su influencia se concentra principalmente en sus regiones de origen y abogan por un Estado federal.

Abdollah Mohtadi, secretario general del Partido Komala del Kurdistán de Irán, califica el denominado “documento de emergencia” de los monárquicos como “un plan para instaurar un régimen autoritario y absoluto”, al considerar que concentra todo el poder en manos de una sola persona.

A pesar de esta diversidad y de las profundas discrepancias existentes, Omid Shams señala que “actualmente existe una mayor disposición a la flexibilidad y al compromiso entre los distintos grupos opositores”. Cada uno de estos actores aporta capacidades relevantes. Activistas de la sociedad civil como Narges Mohammadi y Shirin Ebadi, ambas galardonadas con el Nobel de la Paz, pueden ejercer un liderazgo ético y jurídico clave durante el periodo de transición. Los movimientos estudiantiles y obreros, junto con los grupos étnicos —especialmente kurdos y baluches—, cuentan con décadas de experiencia en organización y resistencia, un capital político que, de articularse de forma coordinada, podría abrir horizontes más prometedores para el futuro de Irán.

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