Israel, que desde su creación ha ocupado territorios en Líbano en distintas guerras durante décadas, aplicó el jueves una medida inédita en sus conflictos contra grupos libaneses y palestinos en suelo libanés. Avichay Adraee, el portavoz militar en árabe, exigió en un comunicado que los residentes de los suburbios de Beirut abandonaran sus casas de inmediato “para salvar sus vidas”. La exigencia, un castigo colectivo sobre una población sin influencia sobre las decisiones de guerra de la milicia libanesa Hezbolá, afecta a 700.000 personas, la mitad de los habitantes del área metropolitana beirutí.
Después de que el ejército israelí emitiera órdenes de desalojo sobre zonas concretas de esos municipios en 2024 y en 2006, cuando el ejército israelí también bombardeó los suburbios durante otras guerras con la organización proiraní, Israel impone una expulsión de consecuencias drásticas sobre el terreno que atemoriza a los libaneses por el precedente gazatí. Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas israelí, invocó el jueves ese recuerdo, al asegurar que los suburbios —que abarcan un territorio geográfico mayor al de la capital— acabarán “pareciéndose a Jan Yunis”, el volatilizado municipio en la franja palestina.

Según Mona Harb, profesora de Estudios Urbanos y de Políticas en la Universidad Americana de Beirut y codirectora de Beirut Urban Lab, los dos meses de ofensiva a gran escala que Israel perpetró sobre esos suburbios en 2024 demostraron “la intencionalidad de matar todas las formas de vida”. Como en Gaza, el laboratorio registró un alto índice de ataques que impactaban contra las inmediaciones de centros médicos y colegios.
“Está investigado que la gente huye cuando los bombardeos se acercan a esas infraestructuras básicas y desaparece la sensación de seguridad”, indica Harb, nacida y crecida en Dahiye, que significa “suburbio” en árabe y es como se conoce a la zona. “El asalto careció de discriminación [al atacar] sin que hubiera objetivos militares claros”.
Desde el lunes, la ofensiva israelí ha incluido órdenes de desalojo en otros territorios de Líbano, un país de unos cinco millones de residentes cuya diversidad y polarización impide la existencia de consensos, también en cuanto al papel que debe jugar en relación a la cuestión palestina, a la que Hezbolá alude para luchar contra Israel. El miércoles, en otra medida de consecuencias descomunales, el ejército ordenó el vacío al sur del río Litani, afectando el cuarto de millón de personas que habitan ese 8% del territorio nacional. El viernes, las tropas extendieron la medida sobre varios municipios de la Bekaa.
Los portavoces del ejército israelí han reconocido que tenían la campaña militar en Líbano preparada de manera previa al ataque del grupo libanés, cuyas armas, finanzas y decisiones dependen de la República Islámica. Desde la tregua firmada en 2024 con esta organización, que abrió un frente sobre Israel en solidaridad con Gaza tras el ataque de Hamás de 2023 en suelo israelí, Israel ha mantenido la ocupación de varios enclaves en el sur de Líbano, impidiendo con fuego el retorno de decenas de miles de residentes. También ha bombardeado edificios residenciales y espacios públicos casi a diario, causando 397 víctimas durante el cese, según el Gobierno de Beirut. Los seguidores de Hezbolá, que mermada por aquel conflicto evitó devolver los ataques durante 15 meses de alto el fuego, describen la reapertura del frente el pasado lunes como algo inevitable ante la ausencia de presión internacional para frenar las agresiones israelíes.

Según el ministerio de Sanidad libanés, Israel ha matado en cinco días a 217 personas en el país, además de causar 800 heridos. La agencia de refugiados de la ONU registra más de 100.000 desplazados en más de 400 refugios en Líbano, mientras que 50.000 sirios que buscaban refugio en el pequeño país mediterráneo han precipitado su regreso a Siria.
“Salvad vuestras vidas y evacuad vuestros hogares”
“Aviso urgente a los residentes de los suburbios de Beirut”, dijo Adraee el jueves a las 14.30 hora local, coincidiendo con el inicio del tour que Hezbolá había organizado para periodistas internacionales en Dahiye. “Salvad vuestras vidas y evacuad vuestros hogares inmediatamente”, advertía el comunicado. Pese a que el territorio se encuentra a 85 kilómetros al norte de Israel, la nota les prohibía dirigirse hacia el sur: “Cualquier movimiento en esa dirección podría poner en peligro vuestras vidas”.
Para mayor agobio de los habitantes, a quienes el anuncio cogió indecisos, el mapa en el que Adraee reflejaba la orden difería de los municipios mencionados, haciendo que territorios que ni tan siquiera pertenecen a Dahyie aparecieran bajo amenaza. Tanto en Líbano como en Gaza, los mapas con los que el Ejército israelí pretende movilizar a la población son frecuentemente imprecisos.

Las calles se colapsaron al momento. Personas en silla de ruedas huían atadas a scooters que las arrastraban; agentes de seguridad hacían lo que podían para dirigir el tráfico; algunos vecinos caían en la desesperación ante la mirada asustada de los más pequeños. “Se busca una furgoneta para evacuar a personas mayores que no pueden caminar”, pedían algunos mensajes por WhatsApp.
El exilio fue un espejo de la composición de Dahiye, un conjunto de municipios integrados en la capital, y donde la mayoría de la población es socioeconómicamente vulnerable y de confesión chií -muchos, llegados desde el sur tras la guerra de 2006-, pese a que haya presencia de migrantes sirios, kurdos o africanos que encuentran allí vivienda más asequible.
Layla, librera de profesión de 29 años, asegura que huyeron sin dirección. “La gente salió de su casa y condujo hacia donde fuera, más allá de Dahiye”, explica por mensajes de texto. “Luego empezaron a contactar a refugios”, aunque la mayoría están ya abarrotados.
Kaffa, una madre kurdosiria de 42 años, pasa las frías noches de invierno al raso en el centro de Beirut. Lo hace junto a su hermana, sus sobrinos y sus dos hijos, de 10 y 6 años de edad. Duermen los tres entrelazados con los brazos, porque a ella le da miedo “que se vayan”. Es de Qamishlo, donde asegura que no puede volver por la existencia de un nuevo gobierno en Damasco, el de Ahmed al Shara, “hostil hacia los kurdos”.




“En Dahiye hay personas [de Hezbolá] que toman decisiones de guerra y gente que las protege, pero no es un bastión militar”, describe Harb, que recuerda que los lanzamientos de cohetes hacia Israel se producen desde el sur del país. Pese a ello, la ofensiva que Israel protagonizó durante 61 días de 2024, entre el inicio de la ocupación terrestre y la firma de la tregua, causó estragos bajo el pretexto de la lucha contra puntos de interés militar.
De los 279 bombardeos que Israel anunció —descontando los no anunciados—, la mitad impactó contra las inmediaciones del 75% de los centros médicos, mientras que el 90% de esos ataques cayeron en las inmediaciones del 80% de centros educativos, según un estudio de Beirut Urban Lab. El viernes, Israel reivindicó “26 oleadas de bombardeos” en Dahiye desde el lunes contra “centros de comando” y edificios “donde había sitios terroristas”.
“Sabemos de qué son capaces”, advierte la investigadora. “Durante la tregua nunca dejaron de atacar y quemar las tierras en una franja de entre 5 y 10 kilómetros hacia dentro del territorio libanés, atacando sistemáticamente” a quienes intentaban regresar. Esta semana, el gobierno israelí ha declarado la intención de imponer una zona de seguridad en ese territorio, donde se reportan combates terrestres entre soldados israelíes y combatientes libaneses. “También hemos visto lo que han hecho en Gaza con total impunidad”, añade Harb. “¿Por qué no iban a repetirlo?”.
