Como todo en esta guerra, lo que un día parece seguro al día siguiente ya no lo es. Un reflejo de la inconstancia de la persona al mando, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y de la falta de planificación en su ofensiva contra Irán. Los kurdos no son una excepción: la opción de utilizar a estas milicias para abrir un frente terrestre, un plan que se filtró ―probablemente de forma intencionada― a varios medios estadounidenses, ha sido aparcado, según confirmó el republicano esta semana. No obstante, los grupos kurdoiraníes aseguran estar preparados para intervenir contra la República Islámica en el momento en que el régimen se debilite.

Estos días vuelve con fuerza el recuerdo de la República de Mahabad. Como inspiración y también como advertencia. Establecida en el noroeste de Irán en 1946 y con capital en dicha ciudad, fue uno de varios intentos de crear un Estado independiente para los kurdos ―considerado uno de los mayores pueblos sin país del mundo― pero, como los demás, fracasó estrepitosamente: al cabo de 10 meses y en cuanto se retiraron las tropas de la Unión Soviética que les daban protección. “Siempre que el Gobierno central de Teherán es débil, emergen fuerzas centrífugas entre las minorías étnicas y religiosas en las regiones periféricas, a menudo con apoyo exterior. Ocurrió tras la I y la II Guerra Mundial y tras la Revolución de 1979”, arguye el politólogo iraní Ali Alfoneh, del Instituto de Estados Árabes del Golfo.

El legado de Mahabad, en cambio, pervive entre el nacionalismo kurdo: dos nietos de uno de sus líderes militares, Mustafá Barzani, ocupan los puestos de primer ministro y de presidente del Kurdistán iraquí, una región autónoma establecida con el apoyo de Estados Unidos como agradecimiento a su participación en el derrocamiento del régimen de Sadam Husein en 2003. También está presente en la continuidad del Partido Democrático del Kurdistán Iraní (PDKI), que dirigió la República de Mahabad y hoy es una de las seis facciones que integra la Coalición de Fuerzas Políticas del Kurdistán Iraní, creada apenas unos días antes del inicio de los bombardeos israelo-estadounidenses sobre la República Islámica.

“La represión de los kurdos en el Irán moderno ha sido muy significativa, particularmente desde la Revolución Islámica de 1979. Los activistas kurdos se enfrentan a arrestos desproporcionados y sentencias más largas, así como a ejecuciones en secreto”, explica Dlawar Aladdin, director del Instituto de Investigación de Oriente Medio, con sede en Erbil (Kurdistán iraquí). La represión, además, se ha acentuado desde las protestas desencadenadas por la muerte bajo detención de la joven kurdoiraní Mahsa Amini en 2022, cuando el eslogan kurdo “Mujer, vida, libertad” se extendió por todo el país.

Marginación de los kurdos

En Irán habitan entre 9 y 10 millones de kurdos, es decir, en torno al 10 % de la población total. Se concentran en las provincias de Kurdistán, Kermanshah, Ilam y Azerbaiyán Occidental, aunque Alfoneh explica que, excepto en pueblos pequeños, las localidades de esta zona suelen ser mixtas, con población de otras minorías y etnias como los azeríes o los luros. Una de las muestras de la escasa aceptación del régimen de los ayatolás entre los kurdos de Irán, señala el experto, es “la participación extremadamente baja en las elecciones”, aunque suele aumentar cuando hay “candidatos reformistas que expresan simpatía por las minorías”.

A la marginación económica que sufre la zona, como otras regiones periféricas de Irán, se une la alta presencia militar ―para vigilar la montañosa frontera con Irak y los movimientos de grupos armados kurdos―, que estos días es objetivo de los bombardeos israelíes y estadounidenses. “Comparado con otros Estados como Turquía, Irán tiene más tolerancia cultural y lingüística hacia los kurdos. En cambio, hay menos posibilidades de participación política [en Turquía, el partido pro-kurdo es el tercero del Parlamento]”, añade Aladdin. Todos los partidos que conforman la actual Coalición del Kurdistán Iraní son considerados “terroristas” y “separatistas” por Teherán ―sus dirigentes y milicianos viven en el exilio― y, dado que los candidatos en los comicios necesitan de la aprobación del Consejo de Guardianes, no es factible que el nacionalismo kurdo obtenga representación.

“En Irán, un diputado kurdo tiene que ser leal al régimen. En cambio, en Turquía, las voces de los diputados kurdos son escuchadas internacionalmente. En Irán solo nos escuchan las montañas”, denuncia Kayuan Faramarzi, representante en Europa de Komala, otro de los partidos de la Coalición. Su formación propone un Irán “laico y democrático” con una estructura “descentralizada o federal” que permita a las minorías regionales gobernarse a sí mismas.

Pero esto no sienta nada bien entre la oposición iraní, a la que lo único que la une con el régimen es el nacionalismo persa. El hijo del shah depuesto en 1979, Reza Pahlevi, que se ha erigido como uno de los líderes opositores en el exilio, cargó contra los partidos kurdos, a los que acusó de “separatistas”.

“Somos muy amigos de los kurdos, pero no queremos hacer la guerra actual más compleja de lo que ya es”, dijo Trump esta semana, después de que la anterior llegase a amenazar a los líderes del Kurdistán iraquí para que permitiesen a los grupos iraníes usar su territorio en una eventual ofensiva contra Teherán.

“Creo que la Administración de Trump se ha dado cuenta de que activar la carta kurda sería contraproducente, ya que alienaría a Turquía y a los iraníes, ninguno de los cuales quiere ver una entidad separatista kurda controlando territorio dentro de Irán”, afirma Alí Vaez, analista del think tank International Crisis Group. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, y varios ministros han advertido que están siguiendo de cerca los “escenarios separatistas” que intentan “crear conflictos étnicos” en el país vecino y tras los que ven la mano de Israel. También el Gobierno Regional del Kurdistán iraquí es contrario al uso de su territorio tras ver cómo se convierte en escenario de la guerra: en las dos primeras semanas de conflicto, Irán y sus milicias afines en Irak han lanzado más de 300 proyectiles contra objetivos estadounidenses, franceses e italianos en el Kurdistán iraquí, así como contra sedes y campos de entrenamiento de los grupos kurdoiraníes hiriendo al menos a 40 personas y matando a 7: un empleado de seguridad del Aeropuerto de Erbil, un soldado francés y cinco milicianos.

“No iremos al matadero”

La otra razón es que, más allá de la entrega de armas ligeras que hizo la CIA en los últimos meses a algunos grupos, “no había un plan tangible”, expone Ziryan Rojhelati, director del Centro de Investigación Rudaw en Erbil, que estima el número de milicianos armados de estos grupos kurdoiraníes en menos de 5.000. Desde luego un número muy pequeño para hacer frente a una fuerza de más de 600.000 efectivos del Ejército regular iraní y la Guardia Revolucionaria. “Estos grupos quieren saber cuáles son los planes de EE UU e Israel para el futuro próximo. Si la idea es simplemente acabar con la capacidad de lanzar misiles y el programa nuclear, eso dejará a un régimen que aún será muy capaz de reprimir a los movimientos opositores kurdos sobre el terreno”, afirma. “Los kurdos solos no serían capaces de cambiar el régimen. Así que únicamente intervendrán en el caso de que se vean fracturas en el régimen o grupos insurgentes actuando en varios puntos”.

“No vamos a enviar a nuestras fuerzas al matadero”, dijo recientemente Abdullah Mohtadi, el líder de Komala. Faramarzi, del mismo partido, explica que la estrategia por el momento es esperar a que los bombardeos ―que se están cebando en zonas fronterizas― debiliten al régimen lo suficiente como para que no presente batalla: “Cuando el Gobierno sea débil, el pueblo del Kurdistán dará un paso al frente, y Komala con él. Pero sería bueno recibir más apoyo de las fuerzas aliadas”. Miembros de otros partidos de la Coalición kurdoiraní han confirmado en entrevistas a otros medios que esta es la postura dominante: esperar a que Irán sea más débil para intervenir.

Tras décadas de represión y exilio, los kurdoiraníes se aferran a un clavo ardiendo, aunque sea el bombardeo de Israel y EE UU. Y ello pese a la previsión de que serán utilizados como un kleenex para ser lanzados a la papelera cuando no hagan falta. Lo resumía bien un reciente análisis del Instituto Kurdo de Washington, que citaba varios ejemplos, desde Mahabad en 1946 al reciente abandono de las milicias kurdas de Siria ante el avance del Gobierno central: “Los kurdos son movilizados en momentos de crisis, alabados en momentos de necesidad y abandonados cuando se negocia la estabilidad sin su participación”.

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