En las fotografías que ha distribuido la Casa Blanca sobre el seguimiento de la operación estadounidense contra Nicolás Maduro en Venezuela, el presidente estadounidense, Donald Trump, aparece con una presencia constante a su lado: un muy serio Marco Rubio con los ojos fijos en lo que parece una pantalla. El secretario de Estado es su hombre de referencia para la política exterior, y ya acapara los tres principales cargos diplomáticos en Washington (también es consejero de Seguridad Nacional y administrador de lo que queda de USAID, la agencia federal de cooperación al desarrollo). Ahora asume un cuarto, quizá el más arriesgado: coordinar la gestión estadounidense en Venezuela.

El jefe de la diplomacia de Estados Unidos ha sido el gran ideólogo a lo largo del último medio año de la política de cerco cada vez más estrecho al líder chavista. Y uno de los protagonistas que siguieron más de cerca el desarrollo de la operación militar en Caracas y sus alrededores.

El antiguo senador, de 54 años e hijo de exiliados cubanos, es una de las figuras clave en el proceso. El sábado, en la rueda de prensa en su residencia de Mar-a-Lago (Florida), para informar sobre la captura del presidente venezolano, Trump reveló que Rubio se había puesto ya en contacto con la nueva líder del país sudamericano, Delcy Rodríguez, en una conversación “larguísima” y que terminó de transmitir a la vicepresidenta chavista cuáles son las exigencias de Washington ―acceso al petróleo, detención de bandas criminales, fin del narcotráfico y adiós a la colaboración con regímenes enemigos de Estados Unidos― para permitir que retenga el cargo.

Rubio mantendrá ese protagonismo. Va a formar parte del cuarteto de asesores de toda confianza del presidente que se encargará de tutelar a distancia los pasos del Gobierno venezolano. Un cuarteto que completan el secretario de Defensa, Pete Hegseth; el vicepresidente, J. D. Vance, y el consejero para la política interna y jefe adjunto de Gabinete en la Casa Blanca, Stephen Miller, autor de la estrategia antiinmigrante de la Administración. “Cada uno aporta capacidades diferentes”, apuntó Trump en una entrevista emitida el lunes en la cadena de televisión NBC.

Pero Miller confirmó en declaraciones a los periodistas que cubren la Casa Blanca el lunes que el secretario de Estado será quien esté al frente del grupo; Trump “le ha pedido que lidere los trabajos para hacer cumplir las directrices que vaya emitiendo el presidente”.

En ese papel, Rubio tendrá que decidir cómo se reestructura el sector energético venezolano, la gran riqueza del país cuyo control es objetivo de la intervención estadounidense. El dominio del español, su experiencia de décadas en América Latina y sus contactos con la oposición venezolana le convierten en el enlace clave para tratar con las nuevas-viejas autoridades en el país sudamericano durante el camino a esa transición “ordenada” y “fiable” de la que habla Trump.

Es una tarea ingente. El mandatario ha hablado de 18 meses para poner de nuevo en pie un sector petrolero reconstruido por las empresas estadounidenses. Debe ponerse en marcha una nueva estrategia económica y financiera, de seguridad y militar, de gobierno. Y no está claro cómo va a transcurrir el proceso en un país con abundantes grupos paramilitares, donde están presentes los carteles y donde incluso dentro del Gobierno de Rodríguez se alinean distintas facciones.

“No está claro lo estable que va a ser este Gobierno en ausencia de Maduro. Hasta cierto punto, Maduro era el forjador de consensos, el que agrupaba a las distintas facciones, y sin él es posible que se dividan”, considera desde Caracas Phil Gunson, analista para la región andina de la organización Crisis Group, especializada en la prevención de conflictos.

Una de las misiones principales de Rubio será asegurarse de que Rodríguez acata a pies juntillas esas directrices que vayan llegando de Washington. La amenaza es una segunda ronda de ataques estadounidenses y un futuro “peor que el de Maduro”, según Trump. El secretario de Estado matiza que, antes de llegar a eso, Estados Unidos cuenta con toda una gama de herramientas de persuasión, empezando por la “cuarentena” ―el bloqueo― contra buques que exportan el crudo venezolano que aplica desde el mes pasado, y el enorme despliegue militar que mantiene en el Caribe y que no tiene intención alguna de retirar por el momento.

“Es una enorme capacidad de presión que seguirá activada hasta que veamos cambios que no solo beneficien a los intereses nacionales de Estados Unidos, que es lo principal, sino que también lleven a un mejor futuro para el pueblo de Venezuela”, sostuvo Rubio en una entrevista el domingo para el programa Face the Nation, de la cadena CBS.

Para Rubio, haber llegado a esta situación representa una enorme victoria, el cumplimiento de su objetivo de acabar con las dictaduras de izquierda en América Latina y la vindicación de las posiciones de dureza que defendió en su etapa como senador, cuando arremetía contra Maduro llamándole “narcoterrorista”. Allí, el antiguo rival de Trump en las primarias de 2016 se convirtió en la persona de referencia del presidente para lo relacionado con la región; el entonces legislador trató de presionar al republicano para forzar la defenestración del chavista.

Es una posición que continuó defendiendo una vez nombrado secretario de Estado. Con escaso éxito, en un primer momento. Sus argumentos en favor de la democracia y los derechos humanos encontraron escasa receptividad en el presidente estadounidense, inclinado al inicio hacia una estrategia de negociación con el régimen. Era lo que defendía su enviado original para Venezuela, Richard Grenell, que en su visita de hace poco menos de un año a Caracas obtuvo la liberación de estadounidenses de cárceles venezolanas.

Rubio consiguió captar la atención de Trump cuando en lugar de enfatizar la democracia, planteó al presidente que Maduro estaba imputado en Nueva York desde hacía cinco años por narcotráfico. Esa narrativa sí era más del interés del mandatario, abstemio y que desprecia las drogas tras la muerte por alcoholismo de su hermano. En julio, el Departamento de Estado incluyó en su lista de organizaciones terroristas extranjeras al cartel de los Soles, el supuesto grupo narcotraficante del que acusa al líder venezolano de ser el cabecilla. En agosto doblaba a 50 millones de dólares su recompensa por su captura. Ese mismo mes empezaba el despliegue naval de Estados Unidos en el Caribe.

Desde entonces, Rubio ha estado continuamente en las oficinas de la Casa Blanca reunido con Stephen Miller para diseñar la estrategia para derrocar a Maduro y para la Venezuela poschavista, pasando por el Departamento de Estado únicamente para sus reuniones bilaterales con otros ministros de Exteriores de visita en Washington. Los viajes que caracterizaron su primera etapa como responsable de la diplomacia estadounidense quedaron en segundo plano. Salvo grandes excepciones ―el rescate de las negociaciones sobre la guerra en Ucrania en Ginebra en noviembre―, sus desplazamientos han consistido sobre todo en acompañar a Trump a Florida y continuar allí diseñando la intervención.

Rubio, cuyo sueño es ver la tierra de sus padres, Cuba, libre del régimen castrista, ha planteado la intervención en Venezuela como una advertencia al régimen en La Habana y los “hombres incompetentes y seniles” al frente de la isla. “Si yo viviera en La Habana y formara parte del Gobierno, estaría preocupado, por lo menos un poco”, declaró el sábado en la rueda de prensa de Trump.

De momento, la tarea que se le presenta en Venezuela, es ingente. El éxito, o el fracaso de la gestión, recaerá en Trump y en él como grandes responsables. Como le gustaba recordar a uno de sus predecesores republicanos al frente del Departamento de Estado, Colin Powell, cuando hablaba del último gran intento estadounidense de reestructurar un país ―la guerra de Irak―, “si tú lo rompes, tú te lo comes”.

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