Fue uno de tantos momentos de Donald Trump para frotarse los ojos. Un reportero japonés le preguntó el pasado jueves en el Despacho Oval, durante la recepción a la primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, por qué Washington no avisó a sus aliados del ataque a Irán. “¿Quién sabe más de sorpresas que Japón?”, bromeó Trump. “¿Por qué no me contasteis lo de Pearl Harbor?”. El comentario pareció incomodar a su interlocutora, rompió las reglas del decoro diplomático y pulverizó décadas de evitar, en nombre de la armonía bilateral, el asunto del bombardeo sobre Hawái que en 1941 mató a más de 2.400 personas y provocó la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. También dejó una paradoja espacio temporal: nadie pudo haber avisado a Trump porque entonces aún faltaban cinco años para su nacimiento.

El sábado, el presidente se alegró públicamente por la muerte de Robert Mueller, el fiscal especial que investigó hace años la presunta influencia rusa en la campaña electoral de 2016. El lunes anterior se contradijo en varias ocasiones en una intervención televisada sobre sus planes en Irán, tras semanas de insistir al mismo tiempo en que Estados Unidos había ganado la guerra y en que aún quedaba mucho por hacer. Horas después, publicó en su cuenta de Truth varios mensajes incomprensibles que rebotaban noticias halagadoras sobre él publicadas hace meses.

Y antes de eso, sin irse demasiado lejos, estuvieron la carta al primer ministro de Noruega afeándole que no le hubieran dado el premio Nobel, aunque no estaba en su mano hacerlo, el discurso en Davos plagado de insultos a los aliados o aquella conferencia de prensa en la que se largó un monólogo sobre un manicomio en Queens y la confianza de su madre en que algún día sería una estrella de béisbol.

Para sus simpatizantes y para los miembros de su Administración todo eso solo prueba la personalidad heterodoxa del presidente, así como el estilo impredecible y cercano de alguien que no repara en las convenciones de la política tradicional y que por eso ha aglutinado en torno a su figura un movimiento, casi un culto, sin precedentes en la historia reciente de Estados Unidos.

Para el psicólogo de la universidad Johns Hopkins John Gartner, engordan la lista de los ejemplos que prueban que el presidente de Estados Unidos, que en junio cumplirá 80 años, no está bien.

Una encuesta de Reuters-Ipsos reveló a finales de febrero que el 61% de los estadounidenses (incluidos un 30% de los republicanos) considera que Trump se ha vuelto “errático con la edad”. También mostró una caída entre quienes sostienen que Trump está “mentalmente lúcido y es capaz de afrontar desafíos”: del 54% registrado en septiembre de 2023 a un 45% en la actualidad.

Gartner es ciertamente más duro en su diagnóstico. Este psicólogo lleva una década alertando sobre los “trastornos mentales” de Trump, sobre los que no alberga ninguna duda. “Es un narcisista maligno”, afirma en una videoconferencia con EL PAÍS. Se trata, explica, de un cuadro descrito por Erich Fromm, judío huido del nazismo, para diagnosticar a Hitler; y que, según Gartner, tiene estos componentes: “Narcisismo, por supuesto —muchos políticos lo son—, trastorno de personalidad antisocial (psicopatía) —mienten, engañan, hacen daño a los demás, violan las normas, no existe el remordimiento—, paranoia —se sienten constantemente atacados y, por lo tanto, buscan venganza—, grandiosidad —su afán es dominar y quedar por encima del resto; ‘soy el mejor presidente de la historia’, ‘nadie sabe más que yo sobre aranceles’, etc.— y sadismo: disfrutan del caos, la destrucción y la humillación”.

Gartner completa el cuadro diciendo que Trump es hipomaníaco. “Como Bill Clinton”, agrega, presidente demócrata sobre el que el psicólogo escribió un libro. “La hipomanía de Trump explica esa energía tremenda, que no necesite dormir mucho, su arrogancia e impulsividad y sus errores de juicio, porque cree que siempre tiene razón”, prosigue. A todo lo anterior, Gartner —que domina el arte de las frases redondas como esta: “Lo único más peligroso que un Hitler americano es un Hitler americano con demencia”— añade que el cerebro de Trump “se está deteriorando”. “El nivel de deterioro es impactante, si comparas su discurso actual con el de los años 80. Antes era un tipo articulado. Es muy bueno, eso sí, disimulando sus problemas, riéndose, actuando con confianza cuando se traba”, considera.

El psicólogo fundó al principio de la primera presidencia de Trump (2017-2021) una organización de profesionales llamada Duty to Warn (deber de alertar). Se sumaron más de 60.000 expertos, 27 de los cuales escribieron un best-seller. Abrieron una cuenta en Twitter que llegó a tener un millón de seguidores, y él fue la estrella del documental ¿Está loco Donald Trump? (2020). En otras palabras, generaron un ruido considerable, antes de replegarse tras el triunfo de Joe Biden.

La ‘regla Goldwater’

También se enfrentaron a las críticas por diagnosticar a un paciente sin haberlo examinado personalmente, por lo que los acusaron de infringir la regla Goldwater, así bautizada por Barry Goldwater, candidato republicano a la presidencia en 1964 al que la revista Fact dedicó una portada con el titular “¡1.189 psiquiatras dicen que Goldwater está psicológicamente incapacitado para ser presidente!“. En el interior vertían peregrinas acusaciones contra el aspirante, como la de no aceptar su homosexualidad o no perdonar a su padre su condición de judío. El candidato republicano perdió y se querelló contra la publicación.

Aquel escándalo, en plena fiebre por el psicoanálisis freudiano en Estados Unidos, derivó en 1973 en el establecimiento por parte de la Asociación Psiquiátrica Estadounidense de un principio ético —esa regla Goldwater— que prohíbe ofrecer opiniones profesionales sobre la salud mental de figuras públicas sin haber examinado personalmente a las personas señaladas ni contar con su consentimiento.

Gartner se defiende diciendo que “los estudios demuestran que la entrevista clínica es la forma menos fiable de diagnosticar a un paciente, especialmente si este es el mayor mentiroso documentado de la historia”. “La regla Goldwater no dice que no se pueda diagnosticar a alguien sin tratarlo personalmente, sino que no es ético hacerlo con alguien famoso”, puntualiza.

Vince Greenwood es fundador del Centro de Terapia Cognitiva de Washington y desde 2020 se ha concentrado en el estudio de la “psicopatía” de Trump, sobre la que planea publicar un libro en agosto. Coincide por videoconferencia con Gartner: para ese trastorno en concreto, “uno de los mejor definidos del manual psiquiátrico estadounidense”, no es necesaria la entrevista “si se dispone de una gran cantidad de datos sobre la historia vital del paciente”, sostiene.

“Se trata, fundamentalmente, de un cuadro de patrones de conducta y rasgos de largo recorrido, manifestados durante décadas”, explica Greenwood. Y el presidente de Estados Unidos, que lleva toda su vida en el ojo público y cuenta con cientos de libros sobre o firmados por él, “probablemente tenga el expediente más voluminoso de la historia”, señala el experto.

Cuando empezó su cruzada, Gartner prefirió otro principio: ese “deber de alertar” que le sirvió para bautizar su asociación. Tiene su origen en una sentencia del Tribunal Supremo de California en el caso de un psiquiatra que supo de la intención de uno de sus pacientes de matar a su novia, promesa que finalmente cumplió. El fallo concluyó que la obligación de avisar prevalece en un caso así sobre el mandato de confidencialidad que rige en la intimidad del diván.

“Consideramos que Trump, aunque no vaya a matar a nadie, es un peligro para cientos de millones de personas, así que nos decidimos a alzar la voz”, recuerda Gartner. El objetivo de la asociación era lograr la activación de la vigesimoquinta enmienda, que contempla la incapacitación del presidente y su sucesión, si así lo decide el Congreso.

Ese “peligro” se ha agravado, según Frank George, psicólogo, neurocientífico y autor del popular substack (plataforma online) Gaslight Report, en el que escribe sobre la salud mental de Trump. En una entrevista por videoconferencia, afirma que el narcisismo es un trastorno que acompaña a las personas desde el nacimiento, y que en él “influyen las circunstancias, el entorno o la educación” del paciente. “Es como una enfermedad cardíaca: comer hamburguesas cada día no ayuda. Si cuidas tu narcisismo, tal vez no acabes siendo la persona más generosa y empática, pero al menos lo controlarás. No es el caso de Trump: sus padres no ayudaron, tampoco su paso por la escuela militar, en la que aprendió que ser un abusón le funcionaba. Convertirse en la persona más poderosa del mundo hizo el resto para pasar de ser un narcisista patológico a un narcisista maligno”, opina George.

El psicólogo observa dos diferencias fundamentales en la segunda presidencia del republicano. “Por un lado, se ha rodeado de personas que no quiere que le den consejos, sino la razón. Actúa sin las barreras de la primera vez”, dice George. La segunda es que está mostrando “síntomas cada vez más preocupantes de sufrir demencia frontotemporal (DFT)”.

“Cuando la gente escucha la palabra demencia suele pensar en alzhéimer, pero no es eso lo que le pasa”, prosigue George. “La DFT afecta a los lóbulos frontales y a los temporales. En los primeros reside lo que nos hace más humanos; gracias a esa parte del cerebro podemos planificar, tomar decisiones racionales y pensarnos dos veces las cosas. Con esa demencia es como si desaparecieran las barandillas neurológicas”.

Entre los síntomas de la DFT figura la confabulación, que va más allá de inventar historias. No es mentir, es creer lo que uno dice por poco creíble que resulte. Otro síntoma, aclara George, es la parafasia: “Equivocarse con las palabras, pronunciarlas incorrectamente o no saber terminarlas”. “Un tercer síntoma es la insistencia: ¿cuántas veces ha podido decir [Trump] las guerras que ha resuelto?”, se pregunta el psicólogo, que añade que la DFT “hace que su narcisismo se manifieste con más crudeza”.

La Casa Blanca se lo toma a risa

La Casa Blanca responde a los comportamientos que ponen en alerta a estos especialistas con emoticonos de risas incontenibles en las redes sociales, y reacciona a sus diagnósticos remitiéndose a los resultados de las pruebas médicas a las que Trump se somete como parte de las obligaciones de su cargo.

En el de abril de 2025, la conclusión fue que un examen neurológico “exhaustivo no reveló anomalías en su estado mental, nervios craneales, función motora y sensorial, reflejos, marcha ni equilibrio”. “La función cognitiva, estudiada mediante la Evaluación Cognitiva de Montreal (MoCA), resultó normal, con una puntuación de 30 sobre 30”, añadía el informe, firmado por el médico presidencial, Sean Barbarella, que también destacó que el paciente obtuvo “resultados dentro del rango normal para el cribado de depresión y ansiedad”.

La revista New York publicó hace un par de números un artículo que presentó como “un intento de buena fe de averiguar la verdad sobre la salud de Trump” y tituló “El presidente sobrehumano”. La frase es de uno de los aliados más cercanos del republicano, Stephen Miller, que recomendó al reportero que la usara con ese fin. La publicación aceptó hacerlo.

En la entrevista de 45 minutos que el presidente concedió a la revista junto a sus dos médicos, Trump amenazaba con una demanda si la cobertura era negativa. En el texto —en el que el protagonista admitía que a su padre le diagnosticaron a los “86 u 87 años” algo cuyo nombre no recuerda (“tipo alzhéimer”), pero que él no padece—, uno de los médicos del presidente, James Jones, declara que Trump está mejor a sus casi 80 años que Barack Obama, al que también atendió cuando estaba en la Casa Blanca, a los 55. El reportero concluye, tras admitir que él no es médico, que Trump “podría estar bastante saludable”.

El artículo era una reacción a la noticia de que este volvió en octubre al hospital de los presidentes, el Walter Reed, en Maryland. El motivo aducido por el Gobierno para repetir, seis meses después del último, un chequeo que se hace anualmente, fue, tras un diagnóstico previo de insuficiencia venosa crónica, una hinchazón en los tobillos y sendos hematomas o heridas en las manos, que han desatado conspiranoias insatisfechas con explicaciones oficiales. Estas dicen que esas lesiones las causaron prolongadas sesiones de apretones de manos, los anillos de las mujeres que lo saludan o un golpe contra la esquina de una mesa. En la revista New York, Trump apunta otra causa: la ingesta diaria de 325 miligramos de aspirina, cantidad recetada por él mismo.

En el inesperado chequeo de octubre, Trump se sometió de nuevo al MoCA, un test que evalúa los primeros signos de demencia. Días después, presumió de haber sacado una puntuación extraordinaria en un “test de inteligencia”, en lo que pareció una confusión por su parte: el MoCA no entra en ese tipo de evaluación. Para Gartner, cuya insistencia empujó a Trump por primera vez a hacerse esa prueba en 2019, sus médicos “no están contándolo todo”, y, al mismo tiempo, “desvelan más de lo que parece sin querer”. “Ningún facultativo repite un examen de demencia a un paciente con seis meses de diferencia si no tiene sospechas de algo, o porque está monitoreando algún tipo de deterioro”, dice el experto.

Semanas después, Trump reveló, aparentemente sin querer, que también le habían hecho una resonancia magnética, pero que no tenía “ni idea” de qué “parte del cuerpo” le habían escaneado. “No fue el cerebro, porque me sometí a una prueba cognitiva y la superé con una nota excelente”, afirmó, antes de añadir que haría públicos los resultados. Al día siguiente, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, los leyó durante una conferencia de prensa, como una prueba de la “transparencia de la Administración”.

“Transparencia” es una de las palabras favoritas de los defensores del presidente, que arguyen que todo tiene una sola explicación —que Trump es Trump— y alaban, por ejemplo, que acepte constantemente las preguntas de la prensa. Esa sobreexposición contribuye inevitablemente a dar nuevos ejemplos a quienes sospechan sobre su estado de salud.

Esa constante presencia ante los focos contrasta con la ausencia de su predecesor, Joe Biden, cuyo estrepitoso declive, encubierto por su entorno y pasado por alto por una prensa tradicional que no investigó lo suficiente, empezó más o menos a la edad que tiene ahora Trump. Para los tres psicólogos consultados en este reportaje, el “deterioro” de ambos no es comparable. El argumento se reduce básicamente a este: Biden estaba envejeciendo, mucho y muy rápido; Trump, desarrollando una demencia.

En el primer año de su segunda presidencia, el líder republicano ha batido récords de hablar, al pronunciar, según un cálculo de The New York Times, 1,97 millones de palabras, un 245% más que las dichas al principio de su primer mandato. Esa logorrea sirve para probar varias cosas a la vez: que no tiene miedo al escrutinio de sus facultades, que juega a la confusión empleando algo que podríamos llamar la “táctica de la tinta de calamar” y, como ya se ha apuntado, que en su entorno nadie parece capaz de contenerlo.

Todo depende de a quién se pregunte en el debate sobre la salud mental de Trump.

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