Desde hace semanas son la comidilla de Turquía. Las conversaciones sobre porros del nuevo presidente del Fenerbahçe con una conocida presentadora de televisión; la habitación cubierta de espejos en la que un prominente periodista, hijo de un islamista radical, supuestamente organizaba orgías con otras colegas; la cámara secreta, presuntamente para ponerse hasta las trancas, del hotel Bebek, famosa casa de encuentros privados de la jet set estambulí; la detención de tal actor o tal cantante en la última redada antidroga. Se comenta entre amigos, en las cenas, esperando a los hijos a la puerta del colegio, por lo bajinis, con cierto sonrojo, pero evidente morbo, regodeándose en la caída en desgracia de tal o cual celebridad en un momento en que el país atraviesa una dura crisis económica. Los ricos —los muy ricos de Turquía— también lloran. Puro schadenfreude.
En principio, podrían parecer detenciones ejemplarizantes en un país donde la posesión de drogas, aunque sea para consumo personal, está penada con entre dos y cinco años de cárcel (si bien existen medidas sustitutivas para aquellos sin antecedentes). Pero en el que, en los últimos años, se ha disparado el consumo —especialmente de cocaína y drogas sintéticas—, como símbolo de estatus y a medida que el país se ha convertido en puerta de entrada y distribución de la mercancía destinada a Oriente Próximo.
Sin embargo, no todo cuadra. La primera de estas grandes redadas ordenadas por la Fiscalía de Estambul, bautizadas por la prensa como “Operaciones contra los famosos”, tuvo lugar en octubre. El objetivo fue una pareja de conocidos influencer, Dilan y Engin Polat, y su entorno, ya anteriormente investigados por lavado de dinero. De los 19 detenidos, ocho dieron positivo por consumo de estupefacientes. En diciembre hubo tres nuevas grandes redadas; en lo que va de enero ha habido otras cuatro. Decenas de artistas, cantantes, actores, modelos, presentadores y empresarios han sido detenidos en hoteles, clubes y discotecas. Se les ha llevado a comisaría y se han tomado muestras de sangre, pelo u orina para comprobar el consumo de drogas.
Algunos han sido enviados a prisión preventiva acusados de “posesión de estupefacientes”, “proporcionar drogas” e “incitación a la prostitución”. Sin embargo, la mayoría ha quedado en libertad, algunos a la espera de juicio, otros sin cargos (por ejemplo, el famoso galán de telenovelas Can Yaman, quien, tras una breve detención el pasado fin de semana, ha regresado a Italia, donde reside). Lo que no ha sido óbice para que, durante días, sus nombres copen titulares y se vean arrastrados por el fango.
Porque los nombres de los detenidos, sus testimonios e incluso sus conversaciones privadas están siendo filtrados a la prensa y en las redes sociales. “¿Qué mensajes se quieren dar? ¿Quién está filtrando estas imágenes? Esto se debe investigar”, se quejaba el exdiputado oficialista Mücahit Birinci después de que, pese al secreto de la instrucción, se publicasen las grabaciones del circuito cerrado de televisión del hotel Bebek y extractos de interrogatorios policiales que apuntan a la presencia en él de importantes empresarios cercanos al Gobierno de Recep Tayyip Erdogan, vinculados al mundo del fútbol y la industria mediática.
El hecho de que buena parte de estas filtraciones aparezca en medios progubernamentales, como los diarios Sabah y Yeni Safak, o el que los presentadores y periodistas detenidos sean de canales leales al Ejecutivo islamista, alimenta la teoría del fuego amigo y de luchas entre las diversas facciones que sustentan al Gobierno, peleadas por mejorar su posición de cara a una eventual sucesión del presidente Erdogan. Otra hipótesis, apunta el politólogo Selim Koru, tiene que ver con meter en vereda a la exitosa industria audiovisual turca, que exporta de series a todo el mundo: “[Erdogan] ha señalado que quiere más control sobre las industrias culturales, y para ello necesita algo con lo que golpear, mostrarle a los famosos que conforman esta industria que el Estado puede ir a por ellos en cualquier momento y sin necesidad de demasiadas pruebas”.
De momento, mientras se abre esta ventana indiscreta y Turquía parece convertirse en el plató de La isla de las tentaciones, no se habla de otras cosas —apunta una fuente del sector financiero—, por ejemplo, de que las negociaciones entre Gobierno, patronal y sindicatos han parido un decepcionante aumento del salario mínimo, por debajo del incremento inflacionario.
