Los acontecimientos de Irán resultan amargos y familiares. A estas alturas, es casi un ritual que, cada dos años, el enorme descontento desborde las protestas por causas concretas y se transforme en un movimiento más espectacular que se extiende por todo el país. Los motivos de queja son reales, como también lo es la represión. La economía de Irán, en unos cuantos aspectos, está en caída libre desde hace tiempo, como consecuencia de varias décadas de mala gestión y corrupción, pero también de las sanciones estadounidenses. El resultado es una situación que prácticamente nadie puede seguir soportando; por eso, a pesar de todos los demás problemas, la economía es lo que provoca una furia casi universal.
Pero las protestas de los iraníes y la miseria que las provoca también son un lienzo en el que todo el mundo puede proclamar y proyectar todo tipo de posturas ideológicas y afirmaciones sobre lo que sucede en el país. Cada vez que se repiten las manifestaciones, aumenta la importancia de las redes sociales como canal para darlas a conocer, pero también para propagar desinformación sobre la situación en el país. Y el Estado utiliza el control del acceso a internet y los sistemas de telefonía móvil para reducir la capacidad de participación de la gente y ocultar la violencia que ejerce contra ella.
Se atribuye a Mark Twain la frase de que la historia no se repite, pero sí rima. Las protestas actuales siguen un patrón conocido, pero también hay circunstancias nuevas. Se han extendido tanto y tan a fondo como en ocasiones anteriores (2017, 2018-2019, 2022-2023), pero la escalada de violencia (incluso, en menor medida, por parte de algunos manifestantes) está siendo más rápida. Uno de los factores que contribuyen a esto último es la sombra del ataque militar llevado a cabo por Israel en junio de 2025, que dejó al descubierto la debilidad de las defensas de Irán (en varios sentidos) y la inclinación de Israel y Estados Unidos, con Trump en la presidencia, a enfrentarse militarmente a Irán.
Uno de los aliados de Israel en este choque es el hijo del último sah, Reza Pahlavi. Su presencia pública ha aumentado enormemente en el último año, lo que sin duda indica que cree tener posibilidades de gobernar el país con ayuda de Netanyahu y Trump. De hacerlo, seguiría la tradición familiar, puesto que su abuelo llegó al poder con ayuda de los británicos en 1921 y su padre recuperó el trono gracias a un golpe de Estado orquestado por la CIA en 1953. Los manifestantes aclaman su nombre porque evoca la nostalgia —sin ninguna precisión histórica— por las cosas que eran mejores “antes”. Hasta ahora, después de muchas décadas de exilio en Estados Unidos, Pahlavi no ha conseguido construir ni mantener una base organizativa para sus ambiciones políticas, ni en Norteamérica, ni mucho menos en Irán.
Los llamamientos en favor del regreso de un monarca son, más que nada, una señal de desesperación por parte de algunos manifestantes que, bajo la represión de la República Islámica, no han sido capaces de unirse en torno a una sola figura política dentro del país. En muchos sentidos, los grupos de oposición política que más ruido han hecho fuera de sus fronteras han servido de enemigo perfecto para el aparato de seguridad de Teherán, tanto los Muyahidines del Pueblo, una secta que se alió con Sadam Huseín en la guerra de 1980-1988 entre Irak e Irán, como el desafortunado pretendiente al trono. La verdadera oposición que podría suponer un peligro para la República Islámica son quienes están dentro del país y forman parte natural de la sociedad: los activistas de derechos humanos, los políticos del sistema que se han enemistado y se han vuelto contra él. Pero estas figuras, como los miembros de los sindicatos que podrían constituir la columna vertebral de su lucha política, son víctimas constantes de persecución, acoso y prisión.
La “solución” que aplicaba el Estado hasta ahora a las protestas —represión y unas cuantas concesiones tácticas— ya no sirve: la población no tiene fe en la élite política ni la respeta. En el mejor de los casos, es posible que los dirigentes encuentren la voluntad política necesaria para reconsiderar su forma de (mal)gobernanza y, en cierto sentido, se reinventen; aunque no parece que la población se crea la metamorfosis. Si todo sigue como hasta ahora, las protestas van a ir a más y llegará un momento en el que una de estas oleadas derrotará al Estado. Por desgracia, hay más probabilidades de que lo que venga después sea caos y guerra civil que una transición ordenada hacia algo nuevo.
