La reapertura de Rafah, el paso fronterizo entre Gaza y Egipto, ha encendido la ilusión (o al menos planteado una pregunta antes imposible) de regresar a la Franja para los alrededor de 100.000 palestinos que lograron escapar hace casi dos años de los constantes bombardeos, desplazamientos obligados y penurias de la invasión israelí. Casi todos lo hicieron en los primeros siete meses, hasta que las tropas israelíes tomaron Rafah en mayo de 2024 y la ratonera de Gaza perdió su única rendija. Pudieron escapar porque tenían otro pasaporte, miles de dólares para comprar un hueco en el listado de salidas del cruce o estaban enfermos o heridos graves, o los acompañaban.

Muchas familias quedaron divididas, pero regresar a Gaza no era una opción hasta este lunes, cuando el Gobierno de Benjamín Netanyahu cumplió (con cuatro meses de retraso) su compromiso de reabrir Rafah en ambas direcciones. Solo dejó entrar a 12 personas y rechazó a 30. A este ritmo, si todos los refugiados de dos años de matanza quisieran regresar (e Israel aprobase individualmente sus nombres), tardarían casi 23 años. En este contexto, este periódico ha hablado con cinco gazatíes en el extranjero. Comparten el anhelo de reencontrarse con sus seres queridos, pero algunos temen ser arrestados por las tropas israelíes en el cruce o dudan, porque su hogar, trabajo y proyectos en Gaza yacen bajo los escombros. En cualquier caso y a su pesar, ni es una decisión urgente, ni está solo en sus manos.

Los primeros en regresar a Gaza, este lunes, han relatado una experiencia humillante. “Me cogieron a mí, a mi madre y a otra mujer. Tres de los 12. Nos vendaron los ojos y esposaron. Y empezaron a interrogarnos sobre cosas que no sabíamos, con las que no tenemos nada que ver”, explicaba a las cámaras una de ellas, Sabah al Raqab, tras cruzar. “Cogieron a una vecina y querían forzarla a cooperar, a que hiciese de espía. [Nos preguntaron sobre las] inspecciones, la migración, Hamás, el 7 de octubre [de 2023, el ataque de Hamás]. No pudimos traer de vuelta nada para alegrar a nuestros hijos. Nos prohibieron entrar con comida, agua, perfume… Nos vaciaron todo, solo nos dejaron pasar con nuestra ropa y una sola bolsa por persona. Una niña le dijo: ‘dame mi juguete’, pero [el soldado israelí] le dijo que estaba prohibido y se lo quitó”.

El Gobierno de Hamás en Gaza calcula en 80.000 las personas que desean regresar, de los cerca de 100.000 refugiados de la masacre. La mayoría sigue en Egipto, pero algunos miles se desplazaron después a otros países. Es una estimación sobre la que coinciden varias fuentes, pero se desconoce la cifra precisa. En abril de 2024, un mes antes de que el ejército de Israel llegara al paso fronterizo, el embajador palestino en Egipto, Diab Al Louh, declaró a la agencia France Presse que cerca de 100.000 habían entrado al país. El Cairo, por su parte, aseguró que más de 65.000 extranjeros y personas de doble nacionalidad cruzó Rafah en aquellos meses, además de unos 10.000 heridos, enfermos y sus acompañantes. Muchos fueron evacuados y tratados en hospitales del Sinaí del Norte, la provincia egipcia fronteriza con la Franja. Se espera que la mayoría de quienes regresen a Gaza en primera instancia pertenezcan a este grupo.

“Quiero volver con mi familia”

Raghed (que como otros entrevistados no quiere dar su apellido por seguridad) anhela volver a Gaza. “Estoy aquí sola. Quiero volver con mi familia. Simplemente, intento volver a verla y regresar a mi país. Para ser sincera, ya nada nos genera optimismo, pero lo estoy intentando. Trato de mantener la esperanza”, señala. Tiene 24 años, llegó a Egipto en abril de 2024 con el proyecto de casarse, pero no hubo acuerdo entre las partes. Su padre falleció hace dos semanas y el resto de su familia se encuentra en Ciudad de Gaza.

“Sé lo difícil que sigue siendo la situación en Gaza. Y cruzar la frontera también es horrible”, prosigue. “Quienes regresaron a Gaza ayer [por este lunes] contaron muchas historias que me dan miedo. Pero puedo vivirlo con mi familia. Quizás podamos afrontar esto en familia, no solos”.

Raghed ha rellenado un formulario en línea que le remitió la Embajada palestina en Egipto para formar parte de la lista de espera. Sigue, dice, “esperando noticias”. Y teme perder “la oportunidad de regresar si no es rápido”. Rafah ya ha abierto y cerrado en tres ocasiones en los últimos dos años, en función de treguas y movimientos militares. “Nadie me informó [de cuánto tiempo tomará] y sé que será mucho. Pero quizás, quizás, tenga la oportunidad y reciba buenas noticias para regresar pronto a Gaza”.

Said, en cambio, admite desde un país del Golfo que prefiere mantener en secreto que no se ha molestado siquiera en inscribirse para regresar, pese a desearlo en abstracto. “Lo de Rafah está muy fresco. Además, a saber cuándo podría llegar a cruzar”, dice. Tampoco ayuda su falta de fe en el futuro del alto el fuego, convencido de que Netanyahu “utilizará alguna excusa” para lanzar una operación a gran escala en los próximos meses contra la capital. Tiene, además, menos urgencia que otros por volver: se marchó con su familia más cercana.

Pese a estas circunstancias, la reapertura ha sido recibida con alivio por los gazatíes (y aplaudida por la comunidad internacional), quizás por falta de otras noticias que celebrar.

La realidad, de momento, son números muy magros, sin compromisos establecidos y a partir de criterios opacos. Tanto las entradas como las salidas quedan en manos de Israel. Además de su autorización de seguridad, cruzar Rafah (rodeada ahora de muros de hormigón armado y de alambre de espino) implica atravesar tres puertas y un control exhaustivo.

Miedo al control

Es una de las principales preocupaciones de otras dos gazatíes que hablan con este diario bajo anonimato, por miedo a represalias. Temen que los agentes israelíes se queden con sus pertenencias o detengan a sus familiares en el camino.

Es el caso de Salwa (nombre figurado por seguridad). “Pasar el puesto de control me llena de un miedo intenso”, lamenta. Le hace, añade, “increíblemente difícil” tomar la decisión, aunque cree que terminará asumiendo “todos los riesgos” para intentar reunirse con los suyos. Madre veinteañera del norte de la Franja, huyó a Egipto en abril de 2024, dejando atrás marido y padres y haciéndose cargo de sus dos hijos en un lugar “donde nunca había estado antes”, en un exilio para el que no estaba preparada.

Salwa describe una situación de desamparo en Egipto en la que ella y sus pequeños no se sostienen “ni psicológica ni económicamente”. Por ello, prefiere volver a Gaza, aunque su casa está “completamente destruida” y carece de garantías “en salud, educación, vivienda”, y otras necesidades básicas. “Mi esposo y yo buscaremos una solución, quizá alquilando una tienda de campaña o una habitación, pero no puedo quedarme aquí mucho más tiempo”, plantea en mensajes de texto desde El Cairo.

Limbo

Muchos de los gazatíes que huyeron a Egipto en los primeros meses de guerra se encuentran en una suerte de limbo y en una situación legal, económica y social muy vulnerable. La mayoría entró con un visado ordinario y sin opción de renovarlo, por lo que permanecen sin residencia. Esto les impide trabajar, acceder a servicios básicos como la sanidad y la educación públicas, firmar un alquiler, abrir una cuenta bancaria o contratar una línea telefónica.

La gran mayoría de quienes carecían de doble nacionalidad y no requerían tratamiento médico urgente solo pudieron abandonar Gaza recurriendo a una oscura red de intermediarios a la que pagaban miles de dólares por persona, lo que supuso un gran esfuerzo económico que ahora notan. Era la famosa coordinación: un negocio dominado por una agencia de viajes de un empresario egipcio próximo a las altas esferas del Estado.

Su desamparo se ve asimismo acrecentado porque Egipto no reconoce el mandato de la agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR) sobre los palestinos, por lo que no pueden registrarse. Y la agencia de Naciones Unidas específica para los refugiados palestinos, la UNRWA, tampoco opera en Egipto. Las autoridades locales, además, han deportado en el pasado a cientos de sudaneses y eritreos, pese al riesgo que corrían sus vidas en sus respectivos países de origen, lo que alimenta la inquietud y la incertidumbre.

No es el caso de Leila, joven refugiada en la capital egipcia con sus dos hijos, marido y otros parientes. Cuenta con una situación legal estable. Padres e hijos tienen la ciudadanía egipcia (“nos ha facilitado mucho las cosas”, admite) y ya habían decidido establecerse en El Cairo antes de la invasión, que los sorprendió de visita en Gaza, con Leila embarazada de su segundo hijo. “Me vi obligada a salir para dar a luz”, argumenta la joven, que vio cómo la ofensiva israelí arrasaba con todo, incluido su hogar, “a gran velocidad”.

También a ella le frena ahora la perspectiva de atravesar el puesto de control militar israelí para retornar a Ciudad de Gaza. “Si no lo hubiera, nos habríamos animado de inmediato”, afirma sin dudar. “Pero queremos ver cómo tratan a los que entran antes. Que puedan arrestar a los jóvenes de la familia lo hace muy peligroso”.

Dos años después, el mismo instinto con el que abandonó la Franja le pide volver. Asegura que la familia que dejó atrás es su “principal razón de ser” y no tolera la idea de que Israel convierta su exilio voluntario en impuesto y permanente.

No todos piensan como ella. Ahmed (otro nombre figurado para poder hablar con libertad) tiene 38 años, trabaja en Egipto en el sector de las telecomunicaciones y busca asilo político para él, su mujer y sus cinco hijos. “Realmente no pienso en regresar a Gaza. No tengo nada allí: ni una fuente de ingresos, ni un hogar… Mi familia vive en un campamento sin agua potable”.

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