Hezbolá entró en escena este lunes con el lanzamiento de tres proyectiles contra el norte de Israel en venganza por haber matado al líder supremo iraní, Ali Jameneí, al inicio de su campaña bélica mano a mano con Estados Unidos, este sábado. Es el primer lanzamiento desde el alto el fuego que puso fin en 2024 a los dos meses de guerra que libraron y durante el que Israel ha seguido bombardeando casi a diario, causando cientos de muertos. Aunque ninguno de los proyectiles causó heridos o daños, el jefe del Estado Mayor de Israel, Eyal Zamir, advirtió a la milicia de que “pagará un alto precio” y vienen “muchos días de combate”. La aviación israelí ha bombardeado durante la jornada el sur de Líbano y la capital, Beirut. A última hora de la tarde, el Ministerio de Sanidad cifraba los muertos en 52 y los heridos en 154.
Los bombardeos también han provocado el desplazamiento de más de 28.500 personas, según la unidad de gestión de desastres del Gobierno libanés. El ejército de Israel ha ordenado esta mañana a los habitantes de 53 localidades en el sur del Líbano y la Bekaa que las abandonen y permanezcan alejados al menos a un kilómetro de distancia en espacios abiertos.
La entrada de Hezbolá en la guerra ha tenido una consecuencia interna relevante. Tras una reunión de varias horas del Consejo de Ministros, el primer ministro de Líbano, Nawaf Salam, ha anunciado la prohibición total de toda actividad militar de Hezbolá y todo nuevo ataque lanzado desde el territorio nacional.
“Debe entregar sus armas ilegales y seguir siendo un partido político”, ha declarado Salam tras la reunión, ordenando a las fuerzas de seguridad que impidan cualquier acción armada del debilitado grupo y detengan a los infractores. El ejército seguirá “implementando su plan” para desarmar a los grupos armados en el país (tanto Hezbolá como palestinos) “por todos los medios posibles”, señaló. El presidente, Joseph Aoun, ha cargado contra Israel, pero también contra la milicia chií, por meter al país en guerras en las que “no tiene nada que ver”.
Mohamed Raad, jefe del bloque parlamentario que lidera Hezbolá, ha condenado las “decisiones arrogantes” de Beirut. “Los libaneses esperaban una decisión que rechazara la agresión [israelí]”, ha agregado.
El Ejecutivo libanés trata de llevar al terreno legal una pugna con Hezbolá que no se puede permitir librar en el cuerpo a cuerpo. Ni por capacidades, al ser el mayor actor armado del país, ni por seguridad, después de que los dirigentes de la milicia invocasen los fantasmas de 15 años de conflicto civil cuando se aborda su desarme completo.
Los bombardeos israelíes, más de 50, se han sucedido durante toda la jornada y apuntado contra instituciones civiles asociadas a Hezbolá, como Qard al Hasan, una entidad financiera de microcréditos que Israel considera una tapadera para su financiación. Se han registrado en Dahiye, los suburbios chiíes de Beirut y hogar de 700.000 residentes; el sur y el valle de la Bekaa, generando el miedo entre la población, que huía ante la previsible escalada.
En el sur, la orden de evacuación ha colapsado las salidas hacia el norte, con interminables hileras de vehículos en las intersecciones ante el sonido de las bombas. Una familia que salió del sur a las dos de la mañana afirmaba a este periódico que, 14 horas más tarde, no había llegado a Sidón. El trayecto no supera habitualmente la hora de conducción.






Associated Press/LaPresse (APN)


De madrugada, al anunciar el ataque desde Líbano, las Fuerzas Armadas de Israel no aclararon su autoría. Poco después, Hezbolá lo reivindicó en un comunicado en el que daba cuenta de “una andanada de misiles avanzados y una ráfaga de drones” contra un sistema de defensa antimisiles cerca de la ciudad de Haifa, en el norte de Israel. Lo definió como su “represalia” por el bombardeo israelí que mató a Jameneí, “en defensa de Líbano y su pueblo, y en respuesta a los repetidos ataques israelíes” durante la tregua. “El enemigo israelí no puede continuar su agresión, que ya dura 15 meses, sin una respuesta de advertencia para detenerla y retirarse de los territorios libaneses ocupados. Esta respuesta es un acto legítimo de legítima defensa”, señaló.
“Las tropas se han preparado para un escenario así”, señaló el jefe del Estado Mayor de Israel, Eyal Zamir. “Cualquier enemigo que amenace nuestra seguridad pagará un alto precio”.
A diferencia de la guerra de 12 días del pasado junio de Israel contra Irán, en la que permaneció al margen, Hezbolá ha entrado esta vez en la batalla. Lo hace pese a las presiones internas, con un Gobierno creado el año pasado que tiene como objetivo declarado desarmar a la milicia chií (algo que ya ha logrado en la franja fronteriza con Israel) y a las amenazas externas. Israel advirtió en las últimas semanas al Ejecutivo de Beirut de que, si sucedía, bombardearía infraestructuras, incluido el aeropuerto de la capital, el único en funcionamiento.
Un país “arrastrado a nuevas aventuras”
Horas antes de que Hezbolá diera el paso de meterse en la guerra, el Alto Consejo de Defensa de Líbano —que aúna los principales ministerios— se había reunido el domingo para proyectar una imagen de unidad y de rechazo a la idea de participar en el conflicto. Los esfuerzos del Ejecutivo durante semanas por convencer a la organización armada han sido en vano. El presidente Aoun ya subrayó el domingo —al comenzar la ofensiva contra Irán— que la potestad de “ir a la guerra o a la paz corresponde exclusivamente al Estado libanés”.
Este lunes, algunos líderes tradicionales de Líbano han protestado por las acciones de Hezbolá. El druso Walid Jumblat, antiguo dirigente del Partido Socialista Progresista, ha pedido “neutralidad” ante el “inmenso enfrentamiento que tiene lugar en la región”, y ha advertido: “Lanzar cohetes no nos traerá nada más que más sangre y destrucción”. Gebran Bassil, mandatario cristiano del Movimiento Patriótico Libre, ha criticado que la milicia proiraní abriese fuego sobre Israel en octubre de 2023, alegando la solidaridad con Gaza ante los bombardeos que comenzaban en el territorio palestino. “Ya advertimos [que aquello] solo nos traería destrucción (…) sin ser capaces de salvar a la Franja, y eso es lo que ha pasado”. En esta ocasión, dice: “Tampoco podremos salvar a Irán”.
En defensa de Teherán
Naim Qassem, el líder de Hezbolá tras el asesinato por Israel de Hasan Nasrala, había reprobado la ofensiva contra Irán de EE UU e Israel sin dilucidar si saldría en defensa de su principal proveedor de fondos y armamento.
La amenaza existencial que supone para esta formación el posible derrocamiento de la República Islámica ha decantado la balanza. El precio podría, sin embargo, ser alto: los medios israelíes apuntan a una posible operación terrestre y el ministro de Finanzas, el ultranacionalista Bezalel Smotrich, ha explicado a los residentes del norte de Israel que (a diferencia de lo que hizo el Gobierno en octubre de 2023) no los evacuarán porque pretenden defenderlos desde dentro del territorio libanés. Y el titular de Defensa, Israel Katz, ha amenazado a Qassem con que puede “acabar como” Ali Jameneí si “sigue su camino”.
Aunque sea en espacios privados, algunos ciudadanos chiíes expresan su desencanto con la decisión de Hezbolá, una formación que también ofrece servicios sociales en los municipios donde los que profesan esa confesión son mayoría. Desde el alto el fuego firmado en noviembre de 2024 con Israel, que en la práctica solo ha regido sobre el lado libanés, el ejército israelí ha mantenido la ocupación de seis enclaves fronterizos y bombardea casi a diario los territorios controlados por Hezbolá. Ahora, tras 15 meses de ataques contra sus comunidades, muchos seguidores del grupo ven con incomodidad que la organización no haya actuado hasta que la República Islámica estuviese en peligro, algo que les hace sentir —a ellos y al resto de los libaneses— que los intereses de Irán prevalecen sobre los suyos.
Las hostilidades mantienen alejadas de sus casas a decenas de miles de personas que esperaban reconstruir sus vidas con la llegada de la tregua. También han matado durante el cese a centenares de libaneses. Muchos, supuestamente afiliados a Hezbolá o a Hamás. Pero más de 130, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos del mes pasado, eran civiles desvinculados de la lucha armada.
