La inteligencia artificial (IA) desempeña un papel cada vez más importante en las operaciones militares de EE UU. Se usó esa tecnología, por ejemplo, como apoyo en las labores de inteligencia que localizaron al ayatolá Jameneí y a otros dirigentes del país en un mismo lugar, sobre el que el ejército estadounidense y el israelí lanzaron un ataque mortal. Estas herramientas sirvieron también para dar con Maduro y simular posibles operaciones hasta dar con la más indicada.
En las últimas semanas, el Pentágono ha mantenido un pulso con Anthropic, la empresa desarrolladora de la familia de chatbots Claude, para obtener acceso alimentado a la herramienta. La tecnológica se ha negado, argumentando que no quiere que sus productos se usen para la vigilancia masiva en el país (no le ponen peros a que se vigile fuera de EE UU) ni que sirvan para desarrollar sistemas de armas completamente autónomas. Como consecuencia de esa negativa, la Administración de Trump ha cancelado los contratos del Pentágono con Anthropic y ha otorgado a la compañía la etiqueta de “riesgo para la cadena de suministro”, que hasta ahora solo se había aplicado a empresas extranjeras, como Huawei, y que implica la imposibilidad de contratar con el sector público.
Mientras, en España, la IA va ganando terreno en el ámbito militar. El pasado año, el Gobierno español anunció la construcción de un centro de datos en Soria destinado a ciberseguridad e IA. Se invertirán 70 millones de euros en el proyecto, denominado Numant-IA, que estará listo en 2028.
Numant-IA albergará aplicaciones para el procesamiento seguro de datos clasificados, en el área de operaciones y logística, así como analítica avanzada con IA. También pertenece a 2025 el flamante Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa. La estrategia, diseñada para alcanzar el objetivo de inversión del 2% del PIB en defensa, adquirido ante la UE y la OTAN, contempla un apartado de desarrollo y adquisición de nuevas tecnologías. Entre ellas se incluye la IA, junto con la automatización avanzada, que podría caer en el mismo saco, o la computación cuántica.
“La inteligencia artificial es un multiplicador de capacidades de todo tipo. Tiene que incorporarse a toda la estructura social, y dentro de nuestra estructura social está el mundo de la defensa, que tiene que incorporar esas capacidades para ser mucho más eficaz”, comenta Enrique Ávila Gómez, director del Centro de Referencia de Inteligencia Artificial del Estado Mayor de la Defensa.
Dos años atrás, el Ministerio de Defensa decidió crear una serie de centros de referencia de IA. El que dirige Ávila se encuadra en el organismo que desarrolla la estrategia militar y el diseño de las operaciones. Desde allí esperan que la IA “impacte sobre los procesos de toma de decisiones” y la velocidad a la que se toman las decisiones en los procesos vinculados a defensa. Ávila no concreta qué aplicaciones prácticas se esperan de la IA, pero en el ámbito militar hay tendencias cada vez más extendidas.
“Hay sistemas de mantenimiento predictivo y se está utilizando visión por computador para detección [de objetivos], porque se usa en el ámbito civil. No es ningún misterio”, cuenta Raúl Álvarez, CEO de Kallisto AI, una startup española que ha desarrollado un ingenio de camuflaje para el ámbito militar destinado a engañar a la IA. “Realmente, lo que estamos viendo es un trasvase de mucha tecnología civil al campo militar”, puntualiza. Y añade que antes sucedía lo contrario: la tecnología militar era la que después pasaba al campo civil.
Álvarez se refiere a mantenimiento predictivo de vehículos y equipamiento militar. Son sistemas de análisis con IA que determinan cuándo un vehículo necesita una reparación y de qué tipo. Así se reducen gastos y se mejora la disponibilidad de las flotas.
Para la detección de objetivos, la IA se ha vuelto clave. “Hay una serie de satélites y aviones de vigilancia que te están diciendo en tiempo real dónde están las unidades enemigas. Y ahí sí que se utiliza IA”, apunta el CEO de Kallisto AI. Esto se ha empezado a usar en la guerra de Ucrania para guiar a los drones. Tanto que son capaces de hacerlo de forma autónoma en el último kilómetro, gracias a sus cámaras y módulos de procesamiento de IA.
En España, el Ejército va a otro ritmo. Al menos Ávila no se enfanga en esos temas. Aporta una visión más general, a vista de pájaro o de dron, si se permite. “Todo lo que sería el ciclo de inteligencia puede automatizarse en cierta manera. Tanto la adquisición como el análisis y la transmisión de la información”, señala el director del Centro de Referencia de Inteligencia Artificial. “Si estás en un teatro de operaciones, la información es la sensorización del territorio. Tienes que tener sensorizado el territorio para saber dónde está tu enemigo y cómo tienes que responder”, destaca.
En el Plan Industrial y Tecnológico para la Defensa y Seguridad, de 2025, hay previsto un apartado de telecomunicación y ciberseguridad. A este se destinará el 31% de los 10.471 millones que componen el presupuesto total de la estrategia. En esta categoría se encuadra la inversión en servicios en la nube y en inteligencia artificial, aunque el documento no aclara qué cantidad corresponderá a tecnologías de IA. Tampoco qué tipo de sistemas o aplicaciones se promoverán.
La IA que se pretende implantar en el campo militar no son modelos de lenguaje ni tecnologías que se han puesto de moda en el mercado de consumo, aclara Ávila. “Hablamos de modelos especialmente entrenados para una determinada misión y para un determinado objetivo”.
Los esfuerzos no se dirigen a desarrollar modelos propios, que sería una empresa inabarcable. Ávila afirma que llevan a cabo reentrenamiento de modelos ya disponibles y entrenamientos específicos para que estas tecnologías sean útiles en defensa. Sobre el uso de vehículos autónomos, como drones y otros dispositivos terrestres, el director del Centro de Referencia matiza que la IA tiene, por ahora, un papel orquestal, de coordinación.
Pero la experiencia en la guerra de Ucrania ha hecho pensar que la IA y los vehículos autónomos suponen un abaratamiento de las capacidades militares. “Ayuda a manejar la complejidad”, admite Ávila. “Y así, claro, puedes ser más eficiente. Pero todavía no ha habido ningún cambio profundo. La IA es una tecnología emergente, que se utiliza en situaciones específicas”.
Álvarez coincide en rebajar expectativas: “Tampoco puedes decir que lo van a cambiar todo. No es así, pero es cierto que muchos ejércitos están variando su gasto. Estados Unidos, por ejemplo, ha parado inversiones en helicópteros y vehículos blindados”. El consejero delegado de Kallisto AI se refiere a la cancelación del helicóptero Future Attack Reconnaissance Aircraft, en el que Estados Unidos ya había invertido 2.000 millones de dólares. El motivo: han cambiado las reglas del juego y se hará una mayor inversión en drones. También se ha cancelado un programa para fabricar un nuevo modelo de tanque y se diseñará uno más ligero, a tenor de las enseñanzas tácticas que deja la guerra en Ucrania.
Frente a la creciente expansión de la IA hacia el ámbito militar, sobrevuela una duda. ¿Dónde se pone freno a la automatización? “Los límites están en conservar las decisiones humanas”, asevera Ávila. “Tiene que ser un humano el que controle la escalada del conflicto”. Afirma que siempre será necesario preservar una ética en el conflicto y, para lograrlo, debería existir una regulación internacional específica para la aplicación de la IA en la guerra.
