La tensión se vive de manera permanente en una de las posiciones de la Brigada 93 del ejército ucranio en los alrededores de Druzkivka, cerca de Kramatorsk (región oriental de Donetsk). Acecha la presencia constante de drones rusos en el cielo. Los soldados que ocupan una pequeña cavidad subterránea dominada por el fango apremian a ponerse a cubierto y a reducir al máximo la presencia en el exterior. Unas pantallas conectadas a una antena a ras de tierra sirven para localizar aparatos enemigos. Después, desde otras posiciones, tratarán de derribar las unidades encargadas de ello. Kostas, uniformado de 41 años, señala en una de esas pantallas las imágenes hackeadas de un avión no tripulado ruso. Pura guerra electrónica. La mayoría de estos militares vive bajo una permanente amenaza, pero no ha visto en toda la contienda a un soldado del Kremlin cara a cara.

Después del 1 de marzo, cuando se informó de los últimos avances del ejército local sobre posiciones rusas en el este y el sur de Ucrania, todos los días del mes han registrado mejoras para las tropas invasoras. Son datos que ofrece la web Deep State, referencia independiente en torno al mapa del conflicto. Se trata siempre de pequeños cambios en la línea del frente, pero que dibujan una tendencia levemente favorable a Moscú. La región oriental, integrada por las provincias de Lugansk y Donetsk, está ocupada en un 78,5% por Rusia; y, sin embargo, al lento ritmo actual, el Kremlin necesitaría en torno a dos años para acabar de subyugar este territorio, según cálculos de Ruslan Mykula y Roman Pogorily, fundadores de Deep State.

De ese 21,5% del este de Ucrania que aún está bajo dominio de Kiev, las ciudades de Kramatorsk y Sloviansk, a una quincena de kilómetros de posiciones enemigas, representan los dos grandes bastiones. Ambos especialistas vaticinan que este será el escenario que protagonizará en el futuro la gran batalla por el control total de Donbás ―territorio en el que se integran las dos provincias mencionadas―, ansiado por el presidente ruso, Vladímir Putin, y una de las espinas de las negociaciones para tratar de poner fin al conflicto.

Cada día, los núcleos urbanos de Kramatorsk y Sloviansk, así como las localidades de alrededor, son castigados con el lanzamiento de misiles, bombas aéreas, drones y, últimamente, hasta con artillería, lo que indica un acercamiento de los rusos. “[Las tropas de Moscú] están identificando nuestros puntos débiles”, explicó Mykula en un foro de seguridad organizado en febrero en Kiev. “Prevemos al menos dos años de combates, durante los cuales se perderán una gran cantidad de hombres, equipo y otros recursos”, añadió.

Militares consultados en las últimas semanas sobre el terreno temen que la estrategia del Kremlin sea un largo martilleo de meses antes de un intento de rodear esas dos ciudades. Conseguir la caída de estos dos núcleos urbanos, donde quedan todavía varias decenas de miles de habitantes, entre civiles y miembros de las fuerzas de seguridad, no será fácil ni rápido si se tiene en cuenta que sigue abierta la batalla de Pokrovsk, localidad de Donetsk que Putin dio por conquistada el año pasado.

Kostas, el militar ucranio de 41 años, muestra en su posición bajo tierra cómo piratean la señal de los enemigos y logran introducirse en uno de sus drones. En este caso se trata de un modelo Molinya, del que saben de inmediato su posición, nivel de batería, a qué altura va y hasta las imágenes que capta la cámara con la que va equipado. Esa información es trasladada a un mando central. Instantes después, muestran las imágenes de un dron que han interceptado sobre la localidad de Kostiantinivka, brutalmente castigada por las tropas del Kremlin en los últimos meses. En todo caso, Kostas reconoce que los rusos pueden cambiar de frecuencia en pleno vuelo y dificultar así a los ucranios el seguimiento del aparato.

Martin (apodo), comandante en la misma brigada de Kostas, se muestra prudente y reconoce que no dispone de suficiente información como para realizar un análisis exhaustivo de lo que puede ocurrir en el frente de Donbás (regiones de Lugansk y Donetsk). Sí ha notado, sin embargo, que en los dos primeros meses del año los rusos se están reforzando con drones kamikazes mediante el despliegue de más unidades especializadas. “A veces lanzan 17 a la vez. Puedes cargarte a 10…, pero todavía te quedan siete más”, lamenta.

Por el momento, el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, da por frenada la ofensiva que, asegura, tenían preparada los rusos para este mes. El último asalto ha sido repelido en Hryshyne, en el frente de Pokrovsk (Donetsk), anunció el miércoles el ejército. Este jueves aseguran haber derribado un helicóptero enemigo con un dron en esa misma zona. “Las tropas locales han frustrado la ofensiva que los rusos habían planeado” y que comenzar en marzo, respondió el presidente este jueves por escrito a preguntas de los periodistas.

Kramatorsk transita estos días de la temporada de nieves a la primavera y cierra así el que ha sido calificado como el invierno más duro desde la gran invasión lanzada por Rusia en febrero de 2022. Un grupo de mujeres, escoba en mano, barre los restos de suciedad que se acumula en una calle próxima a la estación de trenes. Las instalaciones están desiertas desde que hace cuatro meses la empresa de ferrocarriles se vio obligada a cancelar esta ruta por la presión de los drones rusos.

Junto a la verja, el punto conmemorativo que recuerda una de las mayores matanzas de civiles cometidas por los rusos al atacar esta estación en abril de 2022, cuando miles de personas estaban siendo evacuadas. Más de 60 personas perdieron la vida. Los viajeros, muchos de ellos militares, han de terminar estos días el trayecto realizando las tres últimas horas de recorrido en autobús.

Por la solitaria plaza de Kramatorsk deambula Svetlana Holovanek, de 80 años. Cuenta que permaneció en torno a un año refugiada en Kiev, pero los problemas económicos la obligaron a regresar a su apartamento en esta ciudad. Aquí vive con su marido, que está enfermo. No oculta que pasa miedo especialmente por la noche, cuando tiene lugar la mayoría de los bombardeos. Pese a todo, de momento, no tiene pensado irse si no hay una evacuación general de la ciudad. “Disponemos de medicación y hospital”, añade, en referencia a las atenciones que requiere su esposo, que sufrió un ataque al corazón. Una detonación de fondo hace elevar el vuelo de un puñado de palomas que rodean a la mujer.

A unos metros, la vida trata de aferrarse a una falsa normalidad como arma de supervivencia de los vecinos en torno a los supermercados, los bancos, los cafés, los talleres o las peluquerías, que alternan su actividad con los restos de los bombardeos recientes que salpican aquí y allá el casco urbano de Kramatorsk. Testigo inmutable del paso del tiempo son los escombros del restaurante Ria Pizza, donde en el verano de 2023 impactó un misil asesinando a una docena de personas, entre ellas la escritora Victoria Amelina.

En Sloviansk, a una veintena de kilómetros, el panorama es similar. Al igual que Kramatorsk, se encuentra en el ojo del huracán desde que en 2014 fuerzas del Kremlin lanzaran en Donbás su primera ofensiva, ocho años antes de la gran invasión de 2022.

Aquí, las autoridades han tomado ahora la decisión de sacrificar la circulación de los trolebuses para priorizar la instalación por toda la ciudad de una especie de túneles aéreos de redes sobre las calles que sirven de protección contra los drones. La denominada zona de muerte se ensancha cada vez más con el perfeccionamiento de las armas. Por eso, esta nueva arquitectura efímera gana terreno y, aunque no protege del todo ante los aparatos de tamaño medio o grande, funciona de alguna manera como ansiolítico para los ciudadanos que se ven obligados a desplazarse por la zona.

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