Cuando comenzaron los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán el pasado 28 de febrero, la familia de Soma Salimi le pidió que abandonara Teherán y regresara a Bukan, una región kurda en el norte del país. Pero Salimi decidió quedarse para no dejar su trabajo como psicoterapeuta de niños con autismo ni separarse de su marido. La pareja se había mudado recientemente a un apartamento en el distrito de Resalat, una zona residencial densamente poblada al este de la capital iraní. El 9 de marzo, un bombardeo de EE UU e Israel alcanzó el edificio en el que vivían y lo dejó completamente destruido; Salimi murió en el ataque. Su madre pasó dos semanas esperando a que encontraran entre los escombros algo que pudieran enterrar. Esta treintañera es una de las más de 3.000 personas que han muerto en Irán en apenas seis semanas de guerra.

El conflicto está ahora en una frágil pausa de 15 días, a la espera de que se firme una tregua definitiva si prosperan las negociaciones que empiezan este viernes en Pakistán. La pausa, sin embargo, no se aplica en Líbano, cuya cifra de muertos en bombardeos israelíes aumenta cada día. Y, en Irán, el alto el fuego llega tarde para miles de familias. Las historias de muchas de las víctimas quizá nunca lleguen a contarse.

La historia de Salimi la cuenta Arina Moradi, su amiga de la infancia y voluntaria en la organización de derechos humanos Hengaw, con sede en Oslo (Noruega). Esta asociación documenta, desde hace diez años, los abusos del régimen iraní contra su población, especialmente contra la minoría kurda, y ahora también las víctimas de la guerra.

Moradi supo de la muerte de Salimi cuando estaba traduciendo los casos verificados por Hengaw del persa al inglés. “Cuando me di cuenta de que era mi amiga de la infancia, empecé a llorar”, relata. La recuerda llena de vida y feliz con los niños que cuidaba, como se la ve en las fotos que quedan en su cuenta de Instagram, en las que aparece con ellos en fiestas de disfraces y juegos. Moradi explica que su organización no logró descubrir qué o quién era el objetivo del ataque.

El discurso belicista del Pentágono caracterizó la ofensiva. Pocas horas antes de que anunciara el alto el fuego el martes, Donald Trump había prometido que esa noche iba a producirse la muerte “de toda una civilización”. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, hablaba, en sus ruedas de prensa sobre el conflicto, de desatar “una violencia abrumadora” contra “aquellos que no merecen piedad”. Cuando solicitó al Congreso estadounidense 200.000 millones de dólares para financiar la guerra, justificó: “Hace falta dinero para matar a los malos”.

El bombardeo que mató a Salimi o el ataque a una escuela infantil en Minab, al sur del país, que causó la muerte de cerca de 175 personas, en su mayoría niñas, son una evidencia de que las bombas estadounidenses e israelíes que caían sobre Irán no eran lo suficientemente precisas para evitar la muerte de miles de víctimas civiles. La red de activistas iraníes HRANA, con sede en EE UU, sitúa la cifra más reciente de civiles muertos en 1.701, que incluyen a, al menos, 254 niños. Además de estos números, la organización registra 1.221 muertos militares y otras 714 víctimas no clasificadas.

Haciendo su trabajo

“Mi hermana simplemente estaba haciendo su trabajo. Estaba cumpliendo su turno en una farmacia. Era la doctora Parastesh Dahaghin: no un número en las noticias, sino un ser humano, una hija, una hermana”. Es el mensaje que escribió el hermano de otra víctima, en una publicación en Instagram compartida por la organización feminista iraní Harasswatch.

Dahaghin era una farmacéutica que, como Salimi, también murió el 9 de marzo por los bombardeos en el barrio de Apadana, en la parte oeste de Teherán, a pocos kilómetros del aeropuerto de la capital. Según Harasswatch, su hermano relata que Dahaghin no quería dejar su puesto de trabajo porque consideraba que era una forma de ayudar a los heridos. La farmacia en la que trabajaba estaba cerca de un edificio militar, el objetivo del ataque.

En una ciudad densamente poblada como Teherán, en la que casi 10 millones de personas comparten un área equivalente a la ciudad de Madrid (donde residen 3,5 millones), Dahaghin no es la única que ha perdido su vida en ataques destinados a causar “pura destrucción”, como dijo Hegseth.

Berivan Molani, una joven kurda de 22 años, murió por bombardeos el 17 de marzo cuando estaba en el apartamento de sus padres, en el distrito de Zafaraniyeh, al norte de Teherán. Su dormitorio fue alcanzado en los ataques que mataron al ministro de Inteligencia iraní, Esmail Jatib. En un vídeo compartido por Harasswatch, se puede ver que, cuando la madre de Molani es rescatada con vida de entre los escombros, lo primero que hace es preguntar por su hija; pero Berivan ya estaba muerta.

Molani había regresado a la casa de sus padres apenas la noche anterior a su muerte. Sus amigas le instaron a quedarse en el norte de Irán, al considerar que era más seguro, pero Molani quería estar cerca de sus padres. Es lo que cuenta su amiga Razieh Janbaz, exjugadora de la selección iraní de balonmano, en una publicación en Instagram.

Moradi, de Hengaw, explica que la situación de los civiles se había vuelto aún más vulnerable por la ausencia total de alertas o advertencias por parte del Gobierno. Casi no existían sirenas ni avisos que indicasen a la población cuándo evacuar un lugar o una zona, ni lugares seguros a los que acudir. También comenta que recibía muchos relatos de personas que pasaban noches en vela porque no sabían qué podría pasar. “Simplemente te quedas esperando en casa, con todos esos sonidos alrededor, y te sientes completamente solo”, describe.

Aunque Teherán ha sido la zona más afectada del país, los civiles de otras regiones tampoco escaparon de los ataques. Shayan Mam Salimi era un adolescente de apenas 15 años cuando murió durante un bombardeo lanzado por cazas israelíes y estadounidenses en la ciudad de Bukan, el 4 de marzo. Según Hengaw, los múltiples ataques con misiles contra la oficina del gobernador y las áreas circundantes en el centro de la ciudad dejaron al menos otras dos víctimas civiles y 57 personas heridas.

“La gente sigue hablando de un ataque aéreo muy potente, extremadamente aterrador”, narra Moradi. “Sigo pensando en él [Shayan]. Vi su perfil en Instagram y lo joven que era, y la forma en la que hablaba del futuro”, relata Moradi.

No ha sido el único caso que le ha impactado en su trabajo. Tampoco pudo parar de pensar en una mujer de 30 años que estaba embarazada y murió junto a su marido e hijo de cuatro años, en la zona rural de Marivan, al noroeste del país. Se llamaba Mitra Jalilavi y estaba preparándose para dejar su casa e ir a un hospital en Sanandaj con su marido, Farzad Bazargan, de 34 años.

Su vivienda estaba cerca de una guarnición de la Guardia Revolucionaria. “Murieron en el ataque aéreo justo mientras se estaban preparando, recogiendo sus cosas, listos para abandonar la ciudad. Murieron de inmediato dentro de su hogar. De verdad… fue muy duro, muy difícil de asimilar», narra Moradi. Jalilavi estaba en el noveno mes de embarazo.

La periodista Negin Bagheri, que está en Irán, escribió la historia de dos niñas que fallecieron en un ataque que alcanzó un polideportivo y una escuela primaria adyacente cerca de una instalación militar en Lamerd, en el sur de Irán, el primer día de la guerra. De las 21 personas muertas, dos eran Helma Ahmadizadeh y Elham Zaeri. “Desde aquel día”, escribe Bagheri en X, “las dos niñas se han reducido a una sola línea: dos jóvenes jugadoras de voleibol de Lamerd”. Helma, estudiante de cuarto grado, estaba a solo diez días de soplar las velas de su pastel de cumpleaños. Elham, alumna de quinto grado, habría celebrado su cumpleaños un mes después.

source

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *