El domingo por la noche, Donald Trump estaba a punto de atacar las centrales eléctricas de Irán, según amenazaba si Teherán no abría el estrecho de Ormuz. Este lunes, ese paso marítimo estratégico seguía tan cerrado en la práctica como antes. Pero el presidente de Estados Unidos anunciaba que pasaba a apostar por la diplomacia y por las conversaciones con un misterioso político iraní. “Ellos quieren llegar a un acuerdo, y vamos a hacerlo”, prometía, tras proclamar una prórroga de cinco días a su ultimátum. “Hay una posibilidad muy real”. La presión de sus aliados en el Golfo, y el temor a una desbandada en los mercados le había llevado al último de una sucesión de bandazos sobre la guerra —ahora belicoso, ahora prediciendo una paz inminente— en 24 días de ofensiva. Pero su nuevo cambio de postura no implica, necesariamente, mejores perspectivas sobre el fin del conflicto.
“Estamos en una posición muy complicada y no puedo identificar grandes opciones, aunque un grupo de barcos con (unos 2.500) Marines a bordo estén de camino al golfo” para sumarse a la flota que ya se encuentra allí desplegada, ha declarado el antiguo secretario de Defensa de Trump, el general retirado Jim Mattis. “Si tuviéramos tres agentes racionales, podríamos decir que estamos en un punto muerto o que va a haber una escalada, porque ninguno de los implicados tiene ahora mismo la capacidad de mover al otro de su posición actual”, analizaba este lunes en el congreso CERAWeek sobre energía en Houston.
Lo que Trump describe como conversaciones parecen ser, a todas luces, meros contactos preliminares, intercambios de mensajes a través de intermediarios y con resultado sobre el que pocos —aparte del inquilino de la Casa Blanca— se atreven a apostar por el éxito a contrarreloj. Pero es la primera vía tangible que el republicano abre para poner fin a un conflicto que, con el estrecho de Ormuz cerrado, se le complica, y mucho.
Varios países —Turquía, Egipto y Pakistán, uno de los pocos países en el Indo-Pacífico con buenas relaciones con Washington y Teherán— tratan de acercar posiciones entre los dos adversarios. El jefe del Estado Mayor paquistaní, Asim Munir, habló con Trump este domingo. A su vez, el primer ministro del país surasiático conversó con el presidente iraní, Masud Pezeshkián , este lunes.
El vicepresidente J.D. Vance hablaba con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, sobre los componentes de un posible acuerdo, según el digital Axios. Los enviados Steve Witkoff y Jared Kushner se encuentran en contacto desde el sábado, según el presidente, con esa desconocida figura iraní. Medios estadounidenses sostienen que el interlocutor es el presidente del Parlamento iraní, Mohamed Bager Qalibaf, algo que este dirigente ha negado en redes sociales.
En busca de un nuevo líder
Washington, según el digital Politico, examina a Qalibaf como posible nuevo líder iraní, con la esperanza de encontrar finalmente alguna figura que pueda cumplir en la República Islámica el mismo papel que ha asumido Delcy Rodríguez en Venezuela: un representante del régimen que acepte el dictado de Estados Unidos a cambio de ocupar el poder y de que el resto de las estructuras de mando continúen intactas.
Para Trump, encontrar una salida al callejón en el que se ha metido al amenazar con una escalada de la guerra empieza a resultar muy atractivo. Los costes se acumulan y obligan al Pentágono a pedir al Congreso un presupuesto adicional de 200.000 millones de dólares: el coste militar era de 16.500 millones de dólares en los primeros doce días de guerra y cada día que pasa acumula 500 millones más, según los cálculos del think tank CSIS. La guerra es muy impopular entre los estadounidenses y comentarios como los del senador Lindsey Graham, aliado de Trump, no ayudan a mejorar la opinión de los votantes: este domingo comparó en televisión la posibilidad de tomar la isla estratégica iraní de Jarg con la batalla de Iwo Jima en la II Guerra Mundial, en la que murieron unos 6.800 soldados estadounidenses y otros 20.000 quedaron heridos.
Pese a los efectos positivos del anuncio del lunes, los mercados mantienen el nerviosismo y la gasolina, sus precios altos, algo que puede costarle muy caro al Partido Republicano en las elecciones de medio mandato de noviembre, cuando estará en juego el control del Congreso.
Sus aliados árabes en Oriente Próximo le alertan sobre los graves perjuicios que puede suponer una escalada del conflicto. Un Irán con su infraestructura básica diezmada podría tardar años en volver a la normalidad, costar decenas o cientos de millones de dólares en su reconstrucción y convertirse de modo permanente en un factor de inestabilidad en la región.

“Hay un enorme descontento entre los estados del Golfo que se han visto arrastrados a esto sin consulta previa, sin tiempo para prepararse mejor, y la idea de que tenían ante sí un futuro estable en el que sus sociedades y las inversiones florecerían ha quedado en duda” a raíz del conflicto, declaraba Mattis en el congreso energético en Houston.
Trump no puede declarar una victoria unilateral y la retirada del conflicto porque Irán puede continuar las hostilidades, o mantener el control sobre el estrecho de Ormuz. Esa perspectiva dejaría enormes problemas a sus aliados en el golfo Pérsico, según Mattis.
“Para que Trump recoja velas, tiene que poder decir que ha ganado, y tiene que creerlo. Pero a medida que esta guerra avanza, y queda claro que es un desastre, su capacidad para declarar la victoria y retirarse disminuye. Hay un lapso de tiempo muy corto para que Trump encuentre un modo de salir de esta guerra y eso quiere decir que tiene que estar dispuesto no solo a decir que ha hablado con los iraníes, sino también a poner cosas sobre la mesa, como la retirada de sanciones”, explica Trita Parsi, cofundador del think tank Quincy Institute for Responsible Statecraft.
Lo que Trump tiene en mente en los contactos con Irán, según apuntaba él mismo el lunes, es un acuerdo de 15 puntos, similar en formato al de 20 puntos acordado sobre Gaza en octubre pasado. Entre ellos, Irán “ha acordado no contar con armas nucleares”, declaró el mandatario este lunes. El borrador de esa propuesta ya se ha entregado a través de los mediadores a Teherán, según la cadena CBS.
No está clara cuál será la recepción de la propuesta estadounidense. Irán, de momento, no tiene grandes incentivos para ceder si no obtiene grandes concesiones. Sabe que al controlar el estrecho de Ormuz tiene en las manos un póker de ases. Y ya ha empezado a ver réditos: el viernes pasado, Estados Unidos levantó parcialmente algunas de las sanciones a su petróleo en alta mar.
“Desde luego, hay un riesgo de que los iraníes vayan a pasarse de listos y no reconozcan el momento de cobrar sus fichas en esta partida y darla por acabada. Ninguna de las dos partes puede aspirar a humillar al contrario en esta guerra. Si lo hacen, se estarán metiendo en un agujero aún mayor. Ambas partes deben poder construir algún tipo de narrativa que les permita dar por acabada esta guerra. En este sentido, por improbable que suene, Irán y Estados Unidos están en cierto modo en el mismo barco: o se hunden juntos, o reman juntos para ponerse a salvo”, apunta Parsi.
