Imagine uno de esos polvorientos y precarios asentamientos informales que el mundo suele contemplar desde lejos, a través de fotografías tomadas en África, Asia u Oriente Próximo: chozas y carpas levantadas con ramas, plásticos, lonas y chapas, donde sus inquilinos sobreviven entre la pobreza y la indefensión, suspendidos en una incertidumbre permanente. Ahora imagine un asentamiento que reuniera a más de 82 millones de personas, es decir, prácticamente la población de Alemania. Pues es real, aunque no estén todos juntos: es la cifra de seres humanos que vivían desplazados dentro de su propio país a finales de 2025 tras haber huido de un conflicto armado o de un desastre natural, según las últimas estimaciones del Centro de Monitoreo del Desplazamiento Interno (IDMC, por sus siglas en inglés), el organismo de referencia global para medir y analizar este fenómeno, que ha publicado su informe anual este martes. Los hallazgos de este año retratan un fracaso colectivo: el de un mundo incapaz de proteger a millones de personas de conflictos cada vez más destructivos y de catástrofes climáticas provocadas o agravadas por la acción humana.

Si bien es cierto que la cifra total de personas obligadas a abandonar sus hogares ha descendido ligeramente respecto al récord que registró en 2024 —ha bajado a 82,2 millones de los 83,4 de aquel año—, quienes hacen las cuentas insisten en que no hay nada que celebrar y que este descenso no debe tomarse como una noticia positiva, sino engañosa, advierte en una videollamada Xiao-Fen Hernán, coordinadora y autora principal del informe. “Es una caída de menos del 2% que representa solo pequeños retornos registrados en algunas crisis. No creemos que implique una mejora real porque las situaciones en países como Sudán, República Democrática del Congo (RDC) y Siria siguen siendo complejas y dinámicas”, asegura la experta, que pide tener en cuenta la volatilidad de este fenómeno, algo clave para la agenda política y humanitaria. En realidad, el número de afectados se ha duplicado en apenas una década y sigue muy cerca de máximos históricos.

Cada año deja una novedad distinta, pero todas apuntan en la misma dirección: el deterioro global se agrava. Durante años, los desastres naturales —inundaciones, tormentas, ciclones— provocaron muchos más movimientos de población que los conflictos armados. De hecho, 2024 fue un año excepcionalmente devastador en términos climáticos. Pero las guerras han ido ganando peso en la dinámica mundial del desplazamiento forzado y en 2025, por primera vez desde que existen registros globales comparables, las guerras y la violencia causaron más movimientos forzosos dentro de los países que los desastres naturales: los conflictos provocaron un récord histórico de 32,3 millones de movimientos de población (un aumento del 60% con respecto al año anterior), frente a los 29,9 millones ligados a catástrofes naturales. A 31 de diciembre de 2025, un total de 68,6 millones de personas estaban viviendo lejos de sus hogares por culpa de una guerra y otros 13,6 millones por culpa de eventos relacionados con el clima.

No obstante, el informe insiste en que ambas crisis —la climática y la bélica— están cada vez más entrelazadas, ya que en ocasiones los países afectados por conflictos sufren simultáneamente inundaciones, sequías o fenómenos extremos que agravan todavía más la vulnerabilidad de la población.

El aumento de los desplazamientos por conflicto ha sido especialmente abrupto porque las guerras cada vez están más internacionalizadas y afectan a grandes ciudades. Por ejemplo, Irán y la República Democrática del Congo concentraron casi dos tercios de todos los movimientos forzados de población del año: 10 millones en el primer caso y 9,7 millones en el segundo.

Esa naturaleza urbana, sin desmerecer las problemáticas del ámbito rural, es preocupante por su impacto a gran escala. “Cuando el conflicto llega a las ciudades, las cifras son mayores porque hay mayor concentración de personas y servicios. La destrucción de la infraestructura tiene un impacto en todo el país y tarda mucho en reconstruirse”, explica Hernán, cuyo estudio remite a ejemplos de urbes destruidas con cientos de miles de personas afectadas como en El Fasher en Sudán, Teherán en Irán o Goma en RDC.

Uno de los casos que ha dado más quebraderos de cabeza ha sido el de Irán, donde el IDMC calcula unos 10 millones de movimientos forzosos desde Teherán y otras ciudades en los primeros 12 días de la escalada militar de junio de 2025. Aunque muchas personas pudieron regresar a sus hogares poco después, el observatorio decidió incluir estas cifras en sus estadísticas. “El hecho de que un desplazamiento sea temporal no significa que no tenga impacto”, sostiene Hernán. “Afecta a las familias, a las comunidades, a la economía… Así que los contamos para mostrar el impacto del conflicto, aunque las personas puedan volver a sus casas”.

Otro ejemplo delicado es el de la República Democrática del Congo, con un largo historial de violencia interna. La ofensiva de grupos armados en el este del país —principalmente el M23, con el apoyo de Ruanda— y la toma de Goma por estas milicias provocaron uno de cada tres éxodos internos registrados en el planeta durante 2025. Si bien aquí también se han registrado retornos, Hernán alerta de que no todos son duraderos. “Un retorno no significa necesariamente que exista una solución”, señala. “Muchas personas regresan a su casa porque no tienen otra opción, aunque no haya vivienda, trabajo, servicios básicos o seguridad”.

La crisis climática, también en España

Las guerras no son el único fenómeno que expulsa de sus hogares a decenas de millones de personas; los desastres naturales comparten protagonismo, y en concreto las tormentas, las inundaciones, los incendios y los ciclones que sacudieron la Tierra a lo largo de 2025 y que provocaron 29,9 millones de desplazamientos, aunque el número de personas que seguía fuera de sus hogares a 31 de diciembre es inferior: 13,6 millones. La cifra es un 35% inferior a la de 2024, que fue excepcionalmente alta, pero sigue un 13% por encima de la media de la última década. De nuevo, Asia Oriental y el Pacífico registraron la mayor proporción: el 59% del total mundial, con 17,5 millones, más de la mitad solo en Filipinas. “Esto refleja la elevada exposición de la región a los desastres, en parte como resultado de la densa población que vive en zonas propensas a los riesgos”, explica el informe.

Asia Central y Europa fueron las regiones que salieron más indemnes, gracias en parte a que su exposición a desastres de alta intensidad es relativamente baja y cuenta con prácticas eficaces de gestión de riesgos, pero aun así esto no ha evitado que España figure en este informe como el tercer país europeo con más desplazados por causas climáticas, con cerca de 30.000, principalmente por incendios forestales, lo que supone también la segunda cifra más alta de la historia y un aumento de casi seis veces con respecto a 2024. “Al igual que en años anteriores, la mayoría se produjo en agosto. Un solo incendio forestal en la comunidad de Castilla y León provocó más de 19.000 evacuaciones”, recoge el análisis del IDMC.

La invisibilidad del fenómeno

“El desplazamiento interno es un ángulo muerto de las crisis humanitarias, a pesar de afectar a muchas más personas que los refugiados”, sostiene Hernán. El foco mediático y político suele centrarse en quienes cruzan las fronteras internacionales, y los refugiados, que son 43 millones de personas en el mundo, quedan protegidos por el derecho internacional y bajo el mandato específico del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Los desplazados internos, en cambio, siguen bajo la responsabilidad de sus propios gobiernos, incluso si estos son incapaces de ponerlos a salvo de la violencia —cuando no son directamente responsables de la misma—. “Eso hace que muchas veces reciban menos atención internacional y mediática”, sostiene la experta.

Sin embargo, el aumento de personas obligadas a huir no es la única preocupación sobre la mesa; no menos relevante es la creciente invisibilidad de muchas crisis debido a una creciente reducción en la disponibilidad de datos causada porque en contextos de guerra dejaron de existir registros mensuales o cobertura nacional completa. “Muchos de esos movimientos ni siquiera llegan a registrarse”, explica la coordinadora del informe.

Otro palo en la rueda a la hora de visibilizar la desprotección de tantos millones de personas ha sido el impacto de los brutales recortes a la ayuda al desarrollo y la ayuda humanitaria que se registraron en 2025, principalmente por parte de Estados Unidos, que era el mayor donante mundial, pero no solo. “Cuando algo deja de medirse, deja también de gestionarse”, advierte Hernán, cuyo equipo tuvo problemas para obtener información en el 15% de los países monitorizados. “Nos preocupa que esta aparente bajada contribuya a reducir todavía más la atención política y la financiación humanitaria”, lamenta. Y advierte que la invisibilidad de este fenómeno puede hacernos creer que estas crisis no existen, pero nada más lejos de la realidad: “No es una mejora, sino una señal de que, si no se prioriza, tendremos menos información para tomar buenas decisiones”.

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