Estados Unidos ensaya estos días con Irán un juego diplomático plagado de ofertas y desmentidos, un baile de sombras donde las propuestas de paz de la Casa Blanca chocan con los supuestos rechazos de un Teherán herido. El objetivo oficial es detener la guerra iniciada por Israel y Estados Unidos el 28 de febrero, pero sobre el tablero pesa el lastre de casi medio siglo de agravios. Hay una desconfianza patológica entre las partes, alimentada por décadas de promesas rotas y zarpazos militares que han convertido la diplomacia en un campo de minas. Los bombardeos actuales resuenan en el recuerdo junto al eco de la humillante operación Garra de Águila en 1980, de Estados Unidos.

Para entender las raíces del resquemor mutuo, hay que retroceder hasta el origen de la Revolución Islámica que llevó a los ayatolás al poder, en febrero de 1979. El régimen acusaba a Estados Unidos de apoyar al rey derrocado, el shah Reza Pahlevi. Los iraníes querían evitar que el Gobierno norteamericano concediera asilo al shah mientras estaba ingresado en un hospital de Nueva York para tratarse de un linfoma. Finalmente, en noviembre de aquel 1979 se produjo el asalto a la Embajada de Estados Unidos por parte de 400 estudiantes islamistas, un hecho que marcaría para siempre las relaciones entre los dos países. Un total de 66 personas fueron tomadas como rehenes; algunas serían liberadas como un gesto de propaganda y 52 quedaron secuestradas durante 444 días.

La Administración del presidente demócrata Jimmy Carter intentó liberar a sus diplomáticos en abril de 1980 con la operación Garra de Águila. Pero la misión, en la que participaban ocho helicópteros, se convirtió en un infierno de llamas cuando el aparato chocó con un avión Hércules de transporte en la fase de reabastecimiento, en pleno desierto iraní. Murieron ocho militares estadounidenses. Y ese fue el clavo en el ataúd de la carrera política de Carter. El 20 de enero de 1981, durante la investidura de Ronald Reagan, Irán liberó a los 52 rehenes, como gesto de buena voluntad hacia la nueva Administración.

Asli Aydintasbas, analista del centro de análisis The Brookings Institution, explica mediante correo electrónico que Irán ocupa un lugar particular en el imaginario estadounidense, “no solo como un adversario, sino como el símbolo de un régimen hostil que ha actuado contra los intereses de Estados Unidos durante medio siglo”. “Trump recordará personalmente la crisis de los rehenes de 1979. Él no querrá vivir otro episodio similar. Por eso, cualquier nueva propuesta de paz se evalúa no por su contenido, sino a la luz de medio siglo de hostilidad y humillación”.

Las relaciones entre los dos países estuvieron congeladas durante 34 años, hasta la llegada del ayatolá Hasán Rohaní en 2013. Finalmente, tras una década de complejas negociaciones, bajo la presidencia en Estados Unidos de Barack Obama, se firmó un acuerdo en 2015 por el que Irán frenaba su acceso a la bomba atómica a cambio de que se le levantaran las sanciones económicas. Pero llegó Trump al poder en 2017, calificó el pacto como “el peor acuerdo de la historia”, rompió lo acordado en 2018 y restableció las sanciones.

“En Teherán”, señala Aydintasbas, “la lección de la diplomacia pasada es que no se puede confiar en Estados Unidos y que puede cambiar de rumbo incluso después de que se haya alcanzado un acuerdo”.

Estados Unidos pretende ahora detener la carrera de Irán hacia el arma nuclear. Y parecía que estaban llegando a un consenso con Teherán hasta que el 13 de junio de 2025, Israel lanzó un ataque contra la República Islámica. Nueve días después, Estados Unidos se unió formalmente a la ofensiva con la operación Martillo de Medianoche: 125 aviones desplegados y un total de 75 proyectiles, entre los cuales se incluían 14 bombas de más de 13.000 kilos. Bombardearon las instalaciones nucleares iraníes en Fordow, Natanz e Isfahán, y Trump calificó aquello de “éxito espectacular”. Fue la llamada guerra de los 12 días. El Pentágono dijo en principio que el ataque retrasó el programa nuclear “unos meses”. Y luego amplió el retraso a dos años.

Pero quedó claro que estaba lejos de haber sido erradicado el programa atómico. Así que ambas partes volvieron a sentarse en la mesa de negociación de forma indirecta, con los diplomáticos de Omán como intermediarios.

El acuerdo estaba “al alcance”

La última tanda de conversaciones se desarrolló entre el 6 y el 26 de febrero. Solo unas horas antes de que se produjera el ataque, el ministro de Exteriores de Omán, Badr al Busaidi, había publicado en las redes sociales un mensaje diciendo que el acuerdo estaba “al alcance”. Cuando arreciaron los bombardeos el 28 de febrero con la misión bautizada como Furia Épica, Al Busaidi dijo en la red social X: “Estoy consternado. (…) Una vez más, unas negociaciones activas y serias se han visto socavadas”.

Al Busaidi fue más explícito en una reciente tribuna publicada en el semanario The Economist: “Dos veces en nueve meses”, recordaba el ministro, “Estados Unidos e Irán han estado al borde de un acuerdo real sobre el asunto más difícil que los divide: el programa de energía nuclear de Irán y los temores estadounidenses de que pudiera tratarse de un programa armamentístico”. El jefe de la diplomacia de Omán añadió que “el mayor error de cálculo de la administración estadounidense” fue “permitirse ser arrastrada” a la guerra por Israel. A pesar de todo, Al Busaidi continúa creyendo en que una solución diplomática es posible.

Trump envió esta semana con una mano una propuesta de paz para Irán a través de mediadores y con la otra ordenó el despliegue en Oriente Próximo de cerca de 3.000 soldados de la 82.ª División Aerotransportada. Dijo que había “conversaciones productivas” con Irán. Pero Teherán lo negó todo. Y este jueves Trump publicó en su red Truth Social: “Los negociadores iraníes son muy diferentes y ‘extraños’. Nos están “rogando” que lleguemos a un acuerdo, lo cual deberían hacer, ya que han sido aniquilados militarmente, sin ninguna posibilidad de recuperación y, sin embargo, públicamente afirman que solo están “analizando nuestra propuesta”. ¡¡¡ERROR!!! Más les vale ponerse serios pronto, antes de que sea demasiado tarde, porque una vez que eso suceda, ¡no habrá vuelta atrás y no será nada bonito!“.

Trita Parsi, vicepresidente y cofundador del centro de análisis Quincy Institute for Responsible Statecraft, señala: “Trump tiene interés en calmar los mercados energéticos; Irán tiene interés en aumentar la prima de riesgo. Así que Trump exagera las perspectivas de diplomacia e Irán las minimiza, independientemente de los hechos sobre el terreno”.

Por su parte, Julien Barnes-Dacey, director del programa para Oriente Próximo y Norte de África, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR son sus siglas en inglés), señala mediante correo electrónico que Trump continúa condicionando cualquier nueva diplomacia a una capitulación efectiva de Irán, “algo inaceptable para Teherán”. Cree, como los otros dos expertos consultados, que Trump utiliza “la retórica de la diplomacia para estabilizar los mercados”. Y cree que Irán no va a ceder. “Hacer concesiones significativas supondría un desafío existencial a la legitimidad y supervivencia del propio régimen”.

Espacio para la esperanza

Los últimos ataques sobre Irán, cuando estaban en plenas negociaciones, hacen más difícil el diálogo. Trita Parsi también considera que Teherán tiene interés en la diplomacia porque la necesita para “consolidar algunos de los logros que ha obtenido a través de esta guerra”. Y Aydintasbas también opina que hay espacio para la esperanza. “La desconfianza es profunda, aunque no la describiría como un punto sin retorno”. Piensa que “dirección del país” aún tiene margen para negociar. “Pero solo si puede presentar cualquier acercamiento como recíproco, limitado y compatible con la soberanía iraní”.

Para la analista de The Brookings Institution, el verdadero problema entre ambos países es que la diplomacia ha dejado de percibirse como un camino hacia la normalización y se ha transformado en un mero “instrumento táctico”, en medio de la guerra. Mientras continúa ese baile diplomático de engaños, mediadores como Pakistán intentan abrir rendijas en un muro de desconfianza que parece inexpugnable.

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