“Cuando entrábamos a la oficina, un tipo gritaba eslóganes con un micro: ‘Feliz trabajo, feliz ganar dinero, feliz volver a casa’, tres veces. Y entonces empezábamos a trabajar”, dice Mohammad Muzahir, un joven indio de 23 años. A veces también les animaba con la canción We will rock you, de Queen. Luego iban a sentarse ante su ordenador con un solo objetivo: timar a occidentales ricos.
La oficina estaba en Laos y la dirigía un grupo de la mafia china. Muzahir, informático de formación, acabó allí secuestrado sin pasaporte mediante una oferta falsa de trabajo. Durante meses disimuló mientras obtenía información para denunciar toda la operación secretamente a un periodista de la revista Wired.
Last year, a human trafficking victim trapped in a crypto scam compound in the Golden Triangle region of Laos contacted me.
He proceeded to leak a huge trove of the compound’s internal materials.
Then he had to get out alive. This is his story. 🧵👇https://t.co/UTG6HEPzg4
— Andy Greenberg (@agreenberg at the other places) (@a_greenberg) January 27, 2026
Desde oficinas anodinas del triángulo del oro que forman las fronteras de Laos, Myanmar y Tailandia se roban miles de millones de euros en estafas románticas o de criptomonedas a usuarios occidentales que caen en sus trampas. La Inteligencia Artificial facilita como asistente todo el proceso, con traducciones, deepfakes para llamadas o sugerencias sobre cómo proseguir conversaciones, dar con el tono emocional o encontrar nuevas víctimas.
“ChatGPT, dame apellidos comunes de gente que hable español en EE UU”, es un ejemplo del uso que hacen de IA y que Muzahir explica a EL PAIS por la app de mensajería Signal. Luego buscaban esos apellidos en ciudades concretas en Facebook. Aparecían docenas de usuarios y empezaba a mandar mensajes: “Normalmente se usan saludos para atraer a las víctimas en el primer chat, como ‘buenos días’. Si alguien tiene publicaciones en Facebook o Instagram, pueden decir: ‘Hola, vi fotos en tu perfil. ¿Me puedes decir dónde está este sitio? Sales muy guapa en esta foto’, y así empiezan la conversación”, explica.

Aunque la IA asista ya en todo, es un trabajo humano y artesanal. Con Muzahir trabajaban unos cien empleados forzosos más. Tenía como requisito contactar con al menos 100 personas al día. Eso son 10.000 contactos diarios solo desde esa oficina. Era un ejército del fraude y no era el único. En septiembre, China ejecutó a 11 miembros de una banda que operaba desde Myanmar y dirigía cientos de complejos dedicados a fraudes por internet, prostitución y producción de drogas. A los trabajadores esclavizados como Muzahir les mataban si intentaban escapar. Muzahir, a quien tuvieron retenido pero al que finalmente dejaron ir sin ningún equipaje ni pertenencia, aún teme que le alcancen en India: “No les tengo miedo, pero seguro que intentan hacerme daño. No es una sola persona, hay muchos grupos de mafias en todo el mundo”.
A principios de febrero, Reuters visitó una de estas oficinas abandonada debido a un conflicto fronterizo entre Tailandia y Myanmar: “Entre los documentos había perfiles de un jubilado japonés de 73 años, con su número de teléfono y saldo bancario y guiones para hacer estafas románticas e incluso hacerse pasar por la policía”, señala la agencia.
Los miles de documentos y capturas que Muzahir sacó del recinto muestran el trillado camino del fraude online. “Del primer al cuarto día”, dice el título de un papel colgado en su oficina. “El primer chat es para conocernos. Tenemos que conocernos y evaluar al cliente en un ambiente de confianza. Hay que intentar ver si tiene dinero fijándonos en su trabajo, su edad, su situación familiar, sus aficiones e intereses. Para conseguir nuestro objetivo, tenemos que buscar una excusa para irnos”, que puede ser una reunión o un baño. Pero, advierte el documento, “siempre tienes que decirle que fue un placer y que quieres volver a hablar mañana”.
Habla de tus ingresos pasivos
La presión del objetivo final está siempre ahí, como refleja la documentación que obtuvo Muzahir: “Cuéntale algo que toque la fibra, para que al cliente le importe nuestro pasado. Cuando la conversación esté ya muy intensa, hay que meter nuestros productos. Podemos decir que tenemos una inversión en oro digital. Podemos contarle sobre nuestros ingresos pasivos”. Todas las respuestas están previstas, también si el banco le da problemas por una posible transferencia. “Por ejemplo, ‘con la inflación actual, los pocos intereses que dan los bancos no compensan’ o ‘desde que empecé a usar carteras descentralizadas, he intentado sacar la mayor parte de mis fondos del banco’ o ‘porque los bancos no quieren perder clientes”, se lee en los documentos. Aunque parezca imposible, la mezcla de romance y dinero es exitosa: “Algunas víctimas no solo están involucradas emocionalmente, también creen que pueden ganar dinero a través de esta relación”, dice Muzahir.
La edad de los posibles estafados es también esencial en todo el proceso. “Si la víctima tiene alrededor de 70 u 80 años intentan hacerse como un amigo o incluso como un hijo. Dicen cosas como ‘mi padre también era como usted’ o ‘cuando hablo con usted, siento que estoy hablando con mi padre o mi madre”. “A veces dicen incluso que les gusta hacerse amigos de gente mayor porque tienen mucha experiencia de vida que compartir”, explica Muzahir. Pero añade que luego se ríen cuando encuentran un vídeo de una víctima llorando en su coche porque lo ha perdido todo. “Para víctimas más jóvenes, el método más común es la seducción. Les dan sueños y promesas, como ‘el año que viene nos veremos en Suiza’ o ‘tengo muchas ganas de viajar contigo a Japón’. Dicen que ahora están ocupados con el trabajo, pero que primero quieren ganar mucho dinero juntos”.
Muzahir tenía que hacer ver que cumplía con su deber. Como sus pesquisas no tenían éxito, le ponían multa tras multa que nunca podría pagar. Muzahir solo contribuyó a estafar unos cientos de euros a dos personas y aún se arrepiente. “Yo era nuevo allí, así que mi trabajo era solo conseguir buenos clientes en Facebook y que pasaran a WhatsApp. Luego el jefe empezaba a hablar con ellos. A veces me guiaba y otras hablaba yo“, explica. Los jefes tienen un papel crucial. A menudo son los únicos que saben si alguien es una víctima nueva o si ha sido ya estafado antes.
Los trabajadores tienen entre 10 y 15 cuentas de Facebook, Instagram o Snapchat y cada día mandan cinco o seis solicitudes desde cada cuenta, además de comentarios, mensajes y “me gusta”. Cuando alguien contesta, siguen conversando. Es una forma moderna y despiadada de buscar oro: intentar deslindar la arena de las pepitas moviendo el cedazo, que son las redes sociales. “Esta gente inventa estafas nuevas cada día. También he oído que la mafia está operando fuera del Triángulo de Oro. Cuando todo el mundo levante la voz desde cada sitio donde están pasando estas estafas, habrá una posibilidad de hacerles frente; si no, no”, añade Muzahir, con pocas esperanzas.
