¿De verdad alguien esperaba que las conversaciones de Islamabad fueran a concluir en un acuerdo de paz entre Irán y Estados Unidos? Sin desmerecer el esfuerzo diplomático de Pakistán, cualquiera que haya seguido el deterioro de las relaciones entre ambos contendientes en los últimos años podía intuir el resultado. Hace falta algo más que un encuentro a alto nivel para desbloquear medio siglo de enemistad, operaciones encubiertas y competencia regional, que es lo que está detrás de la actual guerra de EEUU e Israel contra Irán.

El acuerdo nuclear firmado entre el EEUU de Obama y la República Islámica en 2015 (y que Trump se cargó en su primera presidencia) costó diez años de mediación europea más dos años de laborioso encaje de bolillos técnico y diplomático entre los principales implicados. Ahora de lo que se trataba era de poner fin a la “excursión” que Trump inició el pasado 28 de febrero de la mano de su amigo Netanyahu, y que no ha resultado un paseo tan fantástico como se prometían. Al contrario, ha puesto de relieve todas las fragilidades de Oriente Próximo y la subordinación a Israel de las relaciones que EE UU mantiene con los países árabes de la región.

Así que para lograr un alto el fuego creíble había que cerrar todos los asuntos abiertos. Para Washington, desde el dossier nuclear a la reapertura del estrecho de Ormuz, pasando por el programa de misiles de Irán y su apoyo a grupos armados paraestatales en los países vecinos. Para Teherán, desde garantías de que no volverá a ser atacado hasta el levantamiento de las sanciones que desde hace décadas acogotan su economía, pasando por compensaciones por los daños de guerra. Ausentes del menú, las aspiraciones democráticas de los iraníes.

Las posturas estaban tan alejadas que no es justo tachar de fracaso la falta de un acuerdo en una reunión de apenas 24 horas. Desconocemos el contenido exacto de las conversaciones, directas por primera vez desde el acuerdo nuclear de 2015 y al máximo nivel desde la proclamación de la República Islámica en 1979. Las filtraciones suelen ser interesadas, aunque el mensaje del vicepresidente de EEUU, JD Vance, de “oferta final” suena amenazante. Resulta sin embargo significativo que ninguno de los dos haya dado por roto el diálogo.

El solo hecho de que se celebrara subraya la necesidad de ambos de salir del embrollo bélico. El nivel de las delegaciones también apunta en ese sentido. Bajo las declaraciones orgullosas de victoria que hacen unos y otros, se percibe el profundo desgaste económico, militar y político que les está causando. Trump afronta unas elecciones clave en noviembre. El régimen iraní necesita reconstruir su economía para evitar el colapso total.

¿Qué se puede esperar entonces? Que a falta de cambios significativos, para los que no hay ni voluntad ni tiempo, los dos países busquen alguna fórmula para salvar la cara antes de que acabe la tregua de dos semanas. La crisis se cerrará en falso hasta el próximo choque de voluntades. O hasta que Israel sabotee el eventual pacto.

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