Ndaba Mandela era un crío cuando conoció a su abuelo, el Nobel de la Paz y gran luchador contra el apartheid en Sudáfrica Nelson Mandela, y se hizo adulto a su vera. El hoy politólogo, nacido en Soweto (Johanesburgo) hace 43 años, difunde su legado como presidente del Mandela Institute for Humanity y participa en España en la Alianza por el Futuro de la Educación, una iniciativa para renovar la enseñanza en tiempos más que desafiantes.

Pregunta. ¿Qué significa ser el nieto de Mandela?

Respuesta. Tenemos la responsabilidad de continuar el legado de mi abuelo. Él fue capaz de conseguir la emancipación política, pero la económica no ha llegado y afrontamos muchísimos retos en Sudáfrica; aún tenemos un largo camino por delante. Por ejemplo: asegurarnos de que los jóvenes puedan acceder a la educación, que ahora mismo está bajo ataque en Sudáfrica porque se han reducido los recursos. ¿Qué generación se va a formar sin medios para convertirse en pensadores críticos? Suelo decir a los jóvenes que deben soñar a lo grande, tanto que sus propios sueños les asusten.

P. ¿Cuál es el recuerdo de su abuelo?

R. Tengo muchísimos. La primera vez que lo vi estaba en la cárcel, en una casa convertida en prisión. Yo tenía ocho años cuando mis padres me llevaron a verle y tengo un recuerdo idealizado porque yo venía de Soweto y me encontré con muros de hormigón, una casa con piscina… ¡Yo no tenía! Allí conocí a un chef por primera vez en mi vida. Y el abuelo nos fue preguntando: ¿Qué tal? ¿Cómo te llamas? ¿Y cuál es tu asignatura favorita? Desde el principio podías ver que le interesaba la educación.

P. ¿Qué le respondió?

R. En ese momento dije matemáticas, pero luego no fui por ahí (ríe). Ese día pensé que de mayor quería vivir en una cárcel porque las cárceles tenían piscinas. No entendía que esa era la última en la que le pusieron en sus últimos cuatro años [estuvo 27 en total] para romperle mentalmente y alejarle de su movimiento político. Pero él nunca se rindió.

P. Luego vivió con él.

R. Él quedó en libertad en 1990 y envió a mis padres a la universidad. A mi padre le dijo: “Tú a estudiar y yo cuido a tus hijos”. Al principio era duro, porque era muy estricto, pero me enseñó a adoptar sus valores. Me enseñó a hacer la cama, a cuidar mis pantalones, mi camisa, y me dijo que tenía que tener limpio mi cuarto y así enfocarme en lo importante. “Con la habitación limpia podrás hacer los deberes”, me dijo. Me enseñó sobre el amor, sobre creer y estar siempre para mis hermanos. Cuando tenía 13 años, recuerdo un día que me dijo: “Ndaba, eres mi nieto y la gente te ve como líder, así que debes tener las mejores notas”. Me enseñó que era un privilegiado. “Tú no tienes que preocuparte de tu siguiente comida y, como privilegiado, tienes una responsabilidad con tus hermanos; debes cuidar a los más pequeños, eso es cosa de la familia. Felicitar si lo hacen bien y reñir si no. Yo soy porque tú eres.

P. ¿Su legado está vivo?

R. Sí, los negros tenemos hoy dignidad gracias a Nelson Mandela. Él nos trajo la libertad, pero sobre todo impidió la guerra civil; ese es su verdadero legado: mantener la paz y detener el derramamiento de sangre. Pero, por supuesto, eso no ha terminado; la siguiente generación tiene que tomar el relevo y la pregunta es: ¿Qué hacemos ahora para continuar su senda? Porque el legado no es una cuestión de memoria, sino de llamada a la acción: qué podemos hacer cada uno de nosotros para conseguir más derechos.

P. Sus padres murieron de sida y su abuelo decidió que había que hacerlo público. Que se reconociera la palabra para luchar contra el estigma.

R. Sí, tuvimos un debate. Cuando mi padre murió nos planteamos: ¿Qué vamos a decir al mundo? Podemos decir neumonía o tuberculosis porque el sida mata tu sistema humanitario y mueres de otra cosa, pero mi abuelo dijo: “No. No lo haremos. Diremos simplemente que el sida se ha llevado la vida de mi hijo”. Y eso fue importante, era la primera vez que una familia prominente desvelaba la verdad. No tenemos que esconder, debemos hablar de esta enfermedad como de cualquier otra y no sentirnos avergonzados, como si hubiéramos hecho algo sucio.

P. Mandela recibió el Nobel de la Paz, ¿qué le parece que Trump sea candidato?

R. ¡Cómo va a recibir el Nobel si está bombardeando Irán! Está implicado en una guerra terrible en Oriente Próximo.

P. Usted ha heredado el puesto de cacique o jefe de su clan. ¿Qué significa para usted?

R. Nuestro clan desciende de la familia real. Nelson Mandela viene de la cuarta casa de la familia real, que es polígama. Y nuestro rol es mediar entre las familias anteriores además de asesorar al rey. Tenemos que escuchar a otros consejeros y tomar decisiones. Cuando mi abuelo dejó de ser presidente, el rey de entonces le dijo: “quiero devolverte la jefatura”. Y él dijo: “no, después de ser presidente de todo el país ¿como voy a liderar un lugar que no se ve ni en el mapa? (ríe). No tengo tanto apego al poder, así que gracias». Mi padre tampoco quería, estaba enfocado en ser abogado. Y ese poder cayó en mi hermano, nosotros le apoyamos. Luego en algún punto tuvo diferencias con la comunidad y con el rey y, últimamente, la gente volvió su vista a mí.

P. ¿Y qué significará para usted?

R. Debo cuidar a mi pueblo, yo nací en el gueto de Soweto, pero Kunu, nuestro pueblo, está en una zona rural tan remota que allí no llega el gobierno y debo ocuparme de todo lo que necesite la gente de ese pueblo. Soy un representante de mi comunidad.

P. ¿Le gusta?

R. Sí, y voy a ocupar el lugar que me corresponde.

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