Internet forma ya parte de la vida cotidiana de las familias y configura la forma en que los niños aprenden, juegan y se relacionan con los demás desde una edad temprana. Sin embargo, junto a estas oportunidades, están surgiendo riesgos nuevos, a veces procedentes de fuentes inesperadas: los propios padres.

Cada día, estos comparten millones de fotos y vídeos de sus hijos en los medios sociales. Esta práctica cada vez más extendida, conocida como “sobreexposición de los hijos” (sharenting), se ha convertido en algo habitual en la crianza de los hijos en la era digital.

La doctora Anna Brosch, investigadora de la Universidad de Silesia, en Katowice (Polonia), estudia cómo los medios sociales están transformando la infancia, en particular la tendencia cada vez más extendida de la sobreexposición de los hijos. “Queremos conocer la magnitud del problema, saber cuántos padres comparten información sobre sus hijos, sobre todo en los medios sociales”, afirmó.

Actualmente dirige un proyecto de investigación de cuatro años financiado por la Unión Europea, denominado Guardián, cuyo objetivo es estudiar esta cuestión en toda Europa y África Oriental. La iniciativa se puso en marcha en enero de 2025 y concluirá a finales de 2028.

Comprender el riesgo

Mediante la combinación de datos, entrevistas y análisis interculturales, los investigadores pretenden comprender mejor las motivaciones que subyacen a la sobreexposición de los hijos y los riesgos que esta puede plantear, así como contribuir a la elaboración de políticas que protejan los derechos de los niños en el mundo digital. Esto es especialmente importante porque el contenido que se comparte en línea puede persistir indefinidamente. “Todo lo que publican los padres es visible en línea y permanece en internet para siempre”, apuntó Brosch.

Para muchos padres, publicar fotos de sus hijos puede ser una forma de compartir experiencias, buscar reconocimiento o mostrar una imagen de la vida familiar. Con el auge de los influencers, compartir imágenes o vídeos de niños también puede convertirse en una fuente de ingresos. Algunos niños se han convertido incluso en “microcelebridades”.

A nivel mundial, UNICEF señala que más de un tercio de los jóvenes de treinta países han sido víctimas del ciberacoso, y uno de cada cinco afirma que esto los ha llevado a faltar a la escuela.

Hay otros riesgos que también son muy comunes. Una encuesta realizada por la Alianza Mundial WeProtect reveló que más de la mitad de los jóvenes había sufrido algún tipo de daño de naturaleza sexual en línea durante su infancia.

Los resultados también ponen de relieve las diferencias de género: siete de cada diez niñas afirman haber recibido contenido sexualmente explícito de un adulto, frente a cuatro de cada diez niños.

Según la encuesta EU Kids Online, realizada entre niños de entre 9 y 16 años, aproximadamente uno de cada diez niños afirma que nunca se siente seguro en línea. Y resulta que los padres no siempre son una fuente de protección.

En la mayoría de los países encuestados, hasta un tercio de los niños confirmó que sus padres habían publicado algo sobre ellos en línea sin preguntarles primero. Entre el 3% (Lituania) y el 29% (Rumanía) afirmaron haber pedido a sus padres que eliminaran dicho contenido.

Crear una cultura digital más segura para los niños

Brosch y su equipo están desarrollando la “Escala de sobreexposición de los hijos”, una herramienta de investigación destinada a medir la frecuencia con la que los padres publican contenidos sobre sus hijos en línea, así como los tipos de contenido que comparten y su conciencia de los posibles riesgos.

Además, tienen previsto organizar grupos de debate con padres y niños de entre 5 y 14 años para analizar por qué las familias comparten este contenido y qué opinan los niños al respecto. El equipo está actualmente a la espera de que se complete una revisión ética para comenzar este trabajo.

Uno de los objetivos principales del proyecto es sensibilizar a los padres. Brosch y sus colegas ya han empezado a colaborar con las escuelas para hablar de los riesgos y fomentar un comportamiento en línea más responsable.

Una de las principales preocupaciones es la pérdida de control. Una vez que se comparte una foto o un vídeo en línea, otras personas pueden copiarlos, reutilizarlos o manipularlos. Las imágenes, especialmente de niños desnudos, pueden ser objeto de uso indebido por parte de sitios web pornográficos o redes de pedófilos. “Una vez que publicas algo en internet, pierdes el control sobre ello”, señaló Brosch.

Además, cada vez resulta más fácil identificar ubicaciones a través de imágenes, lo que suscita preocupaciones en materia de seguridad y seguimiento. Incluso las publicaciones que parecen inofensivas pueden revelar detalles personales sobre la vida, las rutinas o el entorno de un niño.

A medida que los niños crecen, estas huellas digitales pueden tener consecuencias duraderas, lo que puede provocar situaciones embarazosas, acoso escolar o acoso por contenidos compartidos varios años antes. En el fondo, la sobreexposición de los hijos plantea cuestiones relacionadas con la autonomía y la identidad.

“Cuando los niños crecen, desarrollan una identidad propia. Pero pueden empezar a preguntarse cómo ha influido en esa identidad el hecho de que sus padres publicaran contenido en los medios sociales sin su consentimiento”, refirió el profesor Stephen Muoki, investigador y catedrático de Historia del Cristianismo en la Universidad de Pwani, en Kilifi (Kenia). Muoki participa activamente en la parte africana del proyecto de investigación Guardián.

Una cuestión mundial e intercultural

La sobreexposición de los hijos no se limita a una única región o cultura. Aunque la UE cuenta con marcos normativos sólidos, como el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) y el Reglamento de Servicios Digitales, estos no abordan específicamente el tema del intercambio de datos de los menores por parte de los padres.

“Cada país tiene diferentes puntos de vista sobre la sobreexposición de los hijos”, comentó Brosch. “Por ejemplo, en Polonia no existen normas que impidan a los padres compartir información sobre sus hijos”, añadió.

En algunos lugares, se considera que los padres son los únicos responsables de las decisiones relativas a los datos de sus hijos, lo que hace que la normativa resulte compleja y difícil de aplicar.

Los investigadores del proyecto Guardián están adoptando un enfoque comparativo, analizando las prácticas en Europa y África Oriental y colaborando estrechamente con Muoki y su equipo de la Universidad de Pwani.

Muoki destacó la importancia de comparar la sobreexposición de los hijos en distintos contextos culturales. En su opinión, con el auge de los medios sociales, el mundo se ha convertido en una “aldea” y ya no basta con analizar fenómenos como la sobreexposición de los hijos de forma aislada.

“A la hora de elaborar una política en Kenia, hay que tener en cuenta la perspectiva global y lo que está sucediendo en Europa”, aseguró. “Esta colaboración es muy importante”.

Contribución a las políticas y concienciación

Más allá de la investigación, el proyecto pretende contribuir al debate político. Al recopilar datos sobre la magnitud y las repercusiones de la sobreexposición de los hijos, los investigadores esperan ayudar a los responsables políticos a desarrollar medidas que protejan mejor a los niños en línea.

“Podremos orientar a las sociedades y los responsables políticos a la hora de adoptar medidas para garantizar un acceso seguro”, explicó Muoki. “Y luego debemos asegurarnos de que la información recopilada se difunda ampliamente”.

Los resultados también se compartirán con las comunidades locales, en particular con los educadores y los líderes religiosos, con el fin de concienciar a la población y promover un cambio de comportamiento. En contextos en los que la normativa formal puede resultar difícil, la participación de la comunidad puede desempeñar un papel fundamental.

En Kenia, donde la religión desempeña un papel destacado en la sociedad, la educación a través de redes religiosas puede ser una forma de llegar a más personas, según Muoki.

Al mismo tiempo, los investigadores subrayan que la responsabilidad recae a menudo en los padres, incluso cuando los niños tienen la edad suficiente para expresar sus preferencias, ya que las normas sociales y la dinámica familiar pueden hacer que les resulte difícil negarse a aparecer en línea. “Cuando un niño crece rodeado de medios sociales, esto le parece algo normal”, afirmó Brosch. “Por eso hay que empezar por los padres”.

Un reto cada vez mayor

A medida que las tecnologías digitales siguen evolucionando, también lo hacen los riesgos a los que se enfrentan los niños en línea. Desde el ciberacoso y la desinformación hasta las violaciones y explotación de la privacidad, el entorno digital plantea retos complejos que exigen respuestas coordinadas.

La sobreexposición de los hijos añade una nueva dimensión a este panorama y difumina la línea divisoria entre la protección y la exposición. Aunque compartir momentos de la infancia pueda parecer inofensivo, ahora se están empezando a comprender sus consecuencias a largo plazo.

Al poner de relieve esta cuestión, los investigadores del proyecto Guardián pretenden garantizar la protección de los derechos de los niños, no solo frente a amenazas externas, sino también en el marco de las prácticas digitales cotidianas.

En un mundo cada vez más conectado, la protección de los niños en línea dependerá no solo de las leyes y las tecnologías, sino también de la concienciación, la responsabilidad y las elecciones con conocimiento de causa, empezando por el hogar.

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