Nada es casual en las decisiones de los dirigentes iraníes. Por ejemplo, elegir el 4 de julio, 250º aniversario de la fundación de Estados Unidos, para el comienzo oficial de las exequias del ayatolá Alí Jameneí. Se han anunciado siete días de celebraciones en Irán y en el vecino Irak. Además de un funeral de Estado, será una reafirmación de la supervivencia del régimen tras 110 días de guerra. Las miradas de los iraníes (y de los observadores extranjeros) no estarán tanto en el féretro como en la posible asistencia de Mojtaba Jameneí, hijo y sucesor del líder asesinado por Estados Unidos e Israel.
Mojtaba, designado líder supremo el 8 de marzo, no ha aparecido en público desde aquel magnicidio el primer día de las hostilidades. Ni siquiera se ha oído su voz. Sus mensajes a la nación han sido leídos por locutores en la radiotelevisión estatal. Resultaba comprensible dadas las poco veladas amenazas de acabar con su vida lanzadas por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. Pero más allá de consideraciones de seguridad, se intuye que las heridas que sufrió en el bombardeo (que, además de a su padre, también mató a su esposa, Zahra Haddad-Adel, y a otros familiares) fueron más graves de lo admitido oficialmente.
Cuatro meses después, es previsible que Mojtaba Jameneí se encuentre en mejores condiciones físicas. ¿Y su seguridad? Sin duda es objeto de intensos debates entre sus asesores y los responsables de su protección. La fecha se ha fijado tras la firma del 17 de junio de un Memorando de Entendimiento con Estados Unidos y el inicio (accidentado) de las conversaciones para consolidar el alto el fuego. Pero no es ningún secreto el recelo de Israel hacia ese acuerdo y la frustración de Netanyahu porque la guerra no haya acabado con la República Islámica. Al mismo tiempo, el impresionante funeral de Estado anunciado se levanta como un escudo.
El Gobierno de Teherán ha tirado la casa por la ventana. La Sede Nacional para la Celebración de la Despedida y Funeral de quien presenta alternativamente como “líder martirizado de la revolución islámica” y “gran líder de la nación del islam” ha informado del “interés por acudir de figuras religiosas de más de 90 países y representantes de más de 30”. Clave para los cálculos de seguridad iraníes es la asistencia a las exequias de aliados de Estados Unidos como los dirigentes de Pakistán, Turquía o Qatar, que han mediado para el (frágil) alto el fuego entre ambos enemigos. El régimen confía en que su presencia disuada a Israel de enseñar los dientes.
Las ceremonias abiertas al público desde este viernes, en las que se espera que participen millones de iraníes, se iniciarán con oraciones de duelo en la mezquita de la Mosalla de Teherán durante el sábado y el domingo. Al día siguiente, una procesión recorrerá la avenida Enghelab (de la Revolución), un total de diez kilómetros entre la plaza del Imam Hosein y la de Azadí (Libertad), escenario de las grandes manifestaciones de la historia reciente de Irán desde la revolución de 1979 hasta las multitudinarias protestas contra el régimen de los últimos años. El martes, el cortejo fúnebre viajará a Qom, el centro teológico del islam chií en Irán. De allí, el féretro será trasladado a Irak, donde tendrá sendos funerales en las ciudades de Nayaf y Kerbala, que albergan los principales santuarios del chiísmo. Finalmente, Jameneí será enterrado en Mashhad, su ciudad natal y el principal lugar de peregrinación iraní.
