7 de octubre de 2023, 6.29 de la mañana. Los primeros milicianos palestinos penetran desde Gaza en Israel, en un ataque sorpresa —Diluvio de Al Aqsa— que Hamás llevaba meses planeando. Aún no lo saben, pero a cinco kilómetros de la frontera unos 4.000 jóvenes israelíes bailan despreocupados música electrónica en un festival junto al kibutz Reim. En los vídeos del momento puede verse a jóvenes reacios a resguardarse de las primeras oleadas de cohetes (un señuelo para la invasión terrestre) tras varias horas de fiesta y baile, sin entender lo que viene. Están en un descampado. Los milicianos abren fuego y se apostan en las carreteras, causando un atasco que las acaba transformando en una ratonera letal. El resultado: el festival acaba convertido en epicentro de la matanza, con más muertos, 378 (344 de ellos civiles), que ningún otro sitio atacado aquel día en el que acabaron falleciendo 1.200 personas.

7 de octubre de 2026, 06.29 de la mañana. Aquel descampado es hoy un memorial con postes erigidos en honor a los muertos. Sus fotos, tan jóvenes y sonrientes, resultan casi disonantes. También la música techno que alguien hace sonar parea recrear el trágico festival, cuyo nombre conoce hoy todo Israel: Nova.

El sol apenas está saliendo, pero cientos de familiares de los fallecidos, estudiantes de la preparación militar, soldados e israelíes corrientes han venido a vivir juntos aquí el tercer aniversario de la efeméride. Es, además, el primer año sin rehenes en la cercana Gaza, desde donde llega el estruendo puntual de las detonaciones. Las efectúa el ejército israelí para eliminar las mínimas estructuras aún en pie en la zona que controla, tras su brutal reacción: 74.000 muertos (más de 1.400 de ellos en el año de alto el fuego), miles de cadáveres bajo los escombros y una causa por genocidio en el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya.

Los familiares de los muertos bajan la cabeza o lloran durante un minuto de silencio. A diferencia de otras fechas solemnes en Israel, esta comienza sin las sirenas que sonaron aquel 7 de octubre de 2023, advirtiendo de la oleada de cohetes y sorprendiendo a todo un país.

Katy Zohar, de 56 años, perdió aquí, en Nova, a su hija Bar. Los milicianos la hirieron al abrir fuego contra su coche, pero continuó hasta un puesto de control para dar la voz de alarma. Acabó muriendo desangrada en una zona fronteriza donde, aquella mañana, faltaba todo aquello que Israel suele tener: soldados, policías, ambulancias.

Hoy, tres años después, admite que habla mucho con su hija en la imaginación. “Intento obtener respuestas. A veces lo consigo; a veces, no. Hay momentos en que siento su presencia en casa. Y siempre intento no olvidar su voz. Tengo miedo de olvidar su voz”, señala.

Recuerdos y vídeos

“Cuando pierdes un hijo, ya no puedes hacer nada de lo que hacías antes. Nada en absoluto”, admite. “Éramos una familia muy feliz. Nos gustaba sentarnos todos juntos, hacer barbacoas, beber algo, poner música y cantar. Ya no lo hacemos porque ya no tenemos la alegría de antes”.

Dos imágenes compiten recurrentemente en la cabeza de Zohar. En las primeras, las bonitas, su hija sonríe, canta o disfruta de la cena de shabat con el resto de la familia. Las segundas no las vio en persona, sino en los vídeos del ataque que circularon por las redes y en los que aparece “llorando y pidiendo que la maten”.

“Son cosas que no se te van de la cabeza. A veces intento escuchar su voz de otra manera, pero una cosa se mezcla con la otra y los gritos siempre vuelven”, señala mientras la escucha Bruno Retailleau, el exministro de Interior de Francia y candidato presidencial por el partido conservador Los Republicanos, en visita de solidaridad con Israel. Más de 40 franceses o francoisraelíes murieron aquel día y Zohar —nacida cerca de París y llegada a Israel con su familia cuando tenía cinco años— participó en el homenaje a las víctimas en el solemne Hotel de los Inválidos de París, que presidió el presidente francés, Emmanuel Macron, en febrero de 2024.

Como otros padres en el acto conmemorativo, siente que la idea de que el paso del tiempo aligera el duelo es más lo que le repiten todos que lo que ella siente.

— Es más duro ahora.

— ¿Por qué?

— Porque hace tres años que no veo a mi hija. Salió a bailar y no volvió a casa. No salió a combatir. Salió a bailar y no volvió.

Sin tiempo

Eduard Tkach también perdió un hijo aquel 7 de octubre, pero es la otra cara del dolor. Mientras que Zohar lo mastica y expresa, Tkach parece uno de esos hombres desacostumbrados a expresar sus sentimientos, pese a ser de la misma generación. Uno tiene incluso la sensación de que nadie le pregunta a menudo cómo se siente, así que lo acaba sacando con un periodista desconocido.

“La tristeza se va acumulando e intentas no mostrarla, pero a veces se derrama. Eres una persona adulta, pero de repente, vaya, lloras, porque te acuerdas de algo que hiciste con tu hijo”, cuenta. Tkach señala que la planta de la casa en la que vivía Lior, su hijo asesinado, “se ha convertido en un almacén”, porque nadie quiere afrontar ordenarla. O que le faltan “fuerzas” para ver fotos antiguas en el móvil. Lior cumplía todos los tópicos de los israelíes de origen ruso: buen estudiante y buen jugador de ajedrez. Sus allegados organizaron, de hecho, un campeonato en su nombre, tras su muerte. “Iba a empezar un máster, pero no le dio tiempo”. Lior murió con 26 años.

A las fatídicas 06.29, solo un candidato para las elecciones del próximo día 27 estaba en Nova. Era el ex primer ministro Naftali Bennett, que se presenta en coalición con el jefe de la oposición, Yair Lapid, con quien se alternó al frente del único y breve Gobierno (2021-2022) que ha interrumpido la supremacía de Benjamín Netanyahu desde 2009.

Bennett abrazaba, apoyaba y escuchaba a los familiares. Como a Yelena, madre de Yevgeni Postel, muerto con 25 años. El ambiente se vuelve aún más denso y silencioso cuando le cuenta a Bennett que Yelena viene aquí cada sábado y el último WhatsApp que recibió de su hijo: “Hay un gran atasco”. Postel había acudido a la fiesta con varios amigos, entre ellos Noa Argamani, tomada rehén y rescatada por las tropas israelíes en 2024.

En una jornada tan importante en la psique colectiva israelí, Bennett no era el único líder político en conmemorarla. A esa misma hora, Gadi Eizenkot (exjefe del Estado Mayor y líder de Yashar, la lista más votada en las elecciones del próximo día 27, según casi todos los sondeos) acudió a un refugio cercano con los padres del sargento Aner Shapira, que murió devolviendo al exterior siete granadas que los milicianos habían lanzado al interior para matar a quienes (sobre todo huidos de Nova) allí se resguardaban.

Los Demócratas, el partido que aúna al laborismo histórico y el partido pacifista Meretz, han aprovechado la jornada para la denuncia, al plantarse frente a la residencia de Netanyahu en Jerusalén con un despertador. Es una referencia a su recurrente acusación exculpatoria de que los cargos de seguridad eligieron no despertarlo, por miedo a la respuesta que ordenaría.

Quien no estaba era Netanyahu. Sabe que buena parte de las familias de los muertos y de los rehenes acumulan mucho enfado contra él, por su rechazo a asumir su responsabilidad política (como sí han hecho los mandos militares y de los servicios secretos) por el 7 de octubre y por alargar la firma del alto el fuego que acabó trayendo de vuelta a los últimos secuestrados, hace casi un año. Es un tema central en estas elecciones, como puede verse en los carteles de las carreteras próximas a Gaza que sufrieron el ataque. “No olvidamos, cambiamos [el Gobierno]”, reza uno de ellos.

Bezalel Slavin vuelve casi siempre al mismo punto, entre la negación y la conspiración. Siente que las autoridades le ocultan algo sobre su hija muerta en el ataque de Hamás, Shiran Sabina Ganon Slavin, de la que nunca vio el cadáver entero. “Nadie sabe qué pasó con ella. ¿Tal vez la violaron? No sabemos nada. Cuando la abracé en el funeral, sentí que no era un cuerpo. Era un cartón o contrachapado. No sé lo que pusieron ahí, pero no cuentan nada”, asegura. “Tengo 74 años. Pones la radio y oyes que alguien murió con 78 años, con 82. No pienso en irme, pero si me voy mañana, no lloraré. Lo mismo me encuentro a mi hija y así me reúno antes con ella”.

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