“La banda era disciplinada, despiadada y muy organizada. Sus rufianes se pavoneaban por la ciudad como si les perteneciera. Y puede que así fuera: todo el mundo sabía quiénes eran y los policías corruptos no osaban arrestarlos.” Mark Galeotti (Surrey, Inglaterra, 60 años) arranca su nuevo libro, Homo criminalis. Cómo el crimen organiza el mundo (Capitán Swing), con una escena ficcionalizada de la cofradía de ladrones de Rinconete y Cortadillo de Cervantes que recuerda a El padrino o Peaky Blinders. Era 1613.

Galeotti, profesor honorario de Escuela de Estudios Eslavos del University College London, experto en Rusia, país sobre el que ha escrito varios libros, y antiguo jefe del Centro de Seguridad Europea en el Instituto de Relaciones Internacionales de Praga, analiza en este nuevo trabajo cómo el crimen organizado ha acompañado la formación de los Estados a lo largo de la historia. Para el autor, quien salió a patrullar con la policía estatal de Nueva Jersey, visitó Ciudad Bolívar en Bogotá, un refugio para narcoterroristas de las FARC, y entrevistó a delincuentes, policías, espías y militares, el crimen organizado ha estado intrínsecamente ligado al auge y la caída del poder estatal y es un elemento inseparable en la evolución social y tecnológica de las sociedades, como desentraña en esta entrevista por videollamada con EL PAÍS.

Pregunta. Un analista de la Agencia Nacional contra el Crimen del Reino Unido le dijo: “Todo cambia a tal velocidad cuando es la tecnología la que impulsa a la sociedad que nos encontramos ante una elección terrible: o ponemos todo el esfuerzo en los delitos del pasado o adivinamos qué nos va a deparar el mañana”.

Respuesta. Es el problema clásico de la policía. Ojalá pudiéramos estar preparados en lugar de tener que reaccionar constantemente a una nueva droga de diseño en las calles, una nueva técnica de ciberdelincuencia… Hasta que no tomemos tan en serio la aplicación de la ley como la defensa nacional, y va a ser difícil ahora que los países europeos se han comprometido a aumentar su gasto en defensa, va a seguir así.

P. El crimen organizado genera alrededor de dos billones de dólares anuales, ¿cómo se reparte esta cifra?

R. Cada vez es más difícil saberlo porque muchas organizaciones criminales se dedican a actividades múltiples: blanquean dinero para sí mismas y para otros, venden drogas, las intercambian por otros productos de origen ilícito… En términos generales, las drogas siguen siendo la principal fuente de ingresos; representan entre el 40 y el 60% del total. Pero cuanto más intentamos dividir en segmentos, menos precisas se vuelven nuestras suposiciones porque muchas de estas organizaciones realmente poderosas se han diversificado, igual que cualquier buena multinacional.

P. Describe un cierto sentido de cohesión dentro del crimen organizado y cómo este mundo subterráneo ha funcionado como reflejo de la sociedad “normal” a lo largo de la historia.

R. Cuanto más atrás nos remontamos en el tiempo, más difícil resulta tener certezas, pero está claro que dentro del Imperio Romano existía una forma de crimen organizado, por ejemplo. Cuando el imperio colapsa, se entra en una época mucho más anárquica y deja de existir espacio para que ocurra. ¿Cuándo lo vemos resurgir tal y como lo entendemos hoy? En Italia y en los Países Bajos durante el Renacimiento. De nuevo, directamente relacionado con el momento en que empiezan a surgir sistemas políticos, sociales y económicos más complejos y sofisticados. El crimen organizado no es más que la sombra oscura de nuestras sociedades organizadas. Es una de las razones por las que nunca vamos a poder derrotarlo del todo.

P. La forma en la que delinquimos y prohibimos aporta un conocimiento peculiar, el de nuestras oscuridades, tanto individuales como de sociedad…

R. Lo que decidimos prohibir dice mucho sobre nosotros. En época romana, liberar a un esclavo era un delito. Hoy, tenerlo es un delito. Esto también habla del éxito de nuestras sociedades, de hasta qué punto somos realmente capaces de controlar esos aspectos más oscuros de nuestro comportamiento y de cuál es la brecha entre el Estado y la sociedad. En una sociedad democrática, en teoría, esa brecha es pequeña. En los regímenes autoritarios, a menudo es mucho mayor. Allí es donde prospera el crimen organizado.

P. Es reconfortante leer que todos, hasta cierto punto, somos ladrones, estafadores…

R. Siempre existe el peligro de “otredad”: los delincuentes son ellos, esos tipos rudos que beben en pubs… Pero nuestras vidas occidentales modernas, avanzadas y cómodas se basan en productos falsificados, madera talada ilegalmente, dinero de la droga que se ha blanqueado a través de la construcción… Los delitos medioambientales fueron los capítulos más deprimentes de escribir, la desaparición de playas enteras por el robo de arena o las medidas casi militares que se emplean para la caza furtiva de tigres siberianos… ¿Nos gusta todo esto? No. ¿Exigimos que nuestros gobiernos tomen medidas drásticas? En realidad, no. Nos gustan nuestras cosas baratas y nuestras vidas modernas, agradables y cómodas.

Cuando Putin llegó al poder, dejó claro que, en esencia, iba a haber un contrato social con los gánsteres. Tú sigues a lo tuyo; la policía intentará atraparte, pero mientras no hagas nada que suponga un desafío para el Estado, no te trataremos como a un enemigo, con toda la presión y el castigo adicionales que implican. En cierto modo, de forma mucho menos abierta, las sociedades occidentales modernas hacen lo mismo.

P. Entrevistó a muchos delincuentes, ¿qué ha aprendido sobre ellos?

R. Fue fascinante. La mayoría no son pensadores sofisticados, sino personas profundamente destrozadas que no debemos idealizar, pero algunos se muestran sorprendentemente reflexivos sobre su lugar en la sociedad. A medida que acumulan poder en los bajos fondos, quieren convertirlo no solo en seguridad, sino también en respeto de la sociedad de la superficie. Incluso en la Antigua Grecia y Roma, donde solo contamos con fuentes fragmentarias, queda claro que la tendencia era acumular dinero, poder e influencia en las sombras y, después, querer convertirlos en una posición a la luz del sol.

P. En ocasiones han sido rapidísimos a la hora de incorporar los avances tecnológicos. En el libro habla de piratas, falsificadores de moneda, obras de arte, contrabando de té, uso de drones para tráfico de drogas, cibercrimen…

R. Los gánsteres no suelen ser muy inteligentes, pero algunos sí. La clave es que se encuentran en una lucha por la supervivencia muy darwiniana: prueban constantemente cosas nuevas, nuevas tecnologías, instrumentos financieros… La mayoría fracasarán, pero basta que unos pocos tengan éxito para que el resto se sume. Tienen una actitud mucho más orientada hacia el futuro y muchísimo dinero para invertir rápidamente. Ya hablemos de ciberdelincuencia moderna, por ejemplo, del uso de drones para contrabando de drogas; de la adopción de la metralleta Tommy en la época de entreguerras en Estados Unidos; o de piratería —los piratas impulsaron nuevas tecnologías y técnicas navales para evitar que los hundieran los buques de los gobiernos—. Bajo todas ellas existe una fuerza motriz evolutiva: los criminales que fracasan se hunden, los que triunfan allanan el camino para la siguiente generación.

P. Pero el cibercrimen actual es un salto tecnológico enorme: evoluciona constantemente, muy rápido. ¿Qué pueden hacer los Estados?

R. Es como cualquier guerra: hay un vaivén constante entre el ataque y la defensa. En un momento, el atacante tiene la ventaja gracias a alguna nueva tecnología; luego la tiene el defensor. El problema radica en dos aspectos. Uno es que se puede realizar a distancia. Muchos de los ataques proceden de países como Rusia o China, donde es prácticamente imposible que nuestra policía los investigue porque los gobiernos no lo permiten. Es una de las razones por las que deberíamos restablecer la cooperación policial con Rusia.

P. ¿Y el otro?

R. La escala. Hemos creado una sociedad cíborg a gran escala en la que dependemos de tantos datos, tantas transacciones, que es imposible de proteger. Tenemos que aceptar que todos nuestros datos son vulnerables. Hay un paralelismo curioso. Un disidente soviético activo a finales de la década de 1980 me dijo en una ocasión: “Sabíamos que el KGB era una fuerza enorme, así que actuábamos siempre partiendo de la premisa de que cualquier conversación telefónica sería intervenida, cualquier carta abierta y cualquier persona con la que nos reuniéramos, un informante del Gobierno”. Es una forma muy deprimente de vivir, pero, en cierto modo, es la situación en la que nos encontramos. Tenemos que actuar siguiendo el principio defensivo de que cualquier información puede ser vulnerada.

P. Escribe: “Es desde luego posible que, aprovechando el miedo ante los terribles peligros de los delitos del futuro, se empleen las tecnologías venideras, con capacidades asimismo alucinantes, para justificar regímenes represivos”.

R. Es lo que vivimos, sobre todo en la era de la vigilancia constante. Moscú está extraordinariamente bien vigilada y, en cierto modo, a la gente le gusta porque facilita la vida. Coges el metro sin pasar tarjetas gracias al reconocimiento facial… Pero el sistema puede saber exactamente dónde estás en cualquier momento si quiere. Rusia es un régimen mucho más autoritario y nosotros una democracia cálida y acogedora, ¿verdad? Pero es asombroso ver las medidas tomadas tras el 11-S, el grado en que Estados Unidos amplió su capacidad de espionaje con el sistema ECHELON. Todo en nombre de la seguridad. Una vez que tienes esa capacidad, nunca la dejas escapar.

Queremos estar seguros. Y el riesgo radica no en que los estados sean estructuras malvadas buscando excusas para convertirse en estados policiales tecnológicos y autoritarios, sino en esa deriva natural: en que esa capacidad de “podemos hacerlo” se convierte muy rápidamente en “lo haremos”. Vemos las amenazas, pero las concesiones son, potencialmente, igual de peligrosas. “El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”. También lo está el camino hacia el tecnoautoritarismo.

P. ¿Le preocupa el futuro?

R. Tenemos la tendencia a hacer primero todo lo malo y luego apresurarnos a arreglarlo, pero si hay una característica de la humanidad, es la de salir adelante, aunque sea a duras penas. Lo hará de la forma más torpe, fea y casi demasiado tarde, pero es capaz de cosas extraordinarias. Creo que esto cuenta como una especie de optimismo hoy en día.

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