El frágil alto el fuego y la enorme incertidumbre sobre el futuro han provocado una ola de reacciones contradictorias entre la población iraní. Un sector, especialmente entre los partidarios de la República Islámica, rechaza cualquier concesión a Washington, convencido de que el control del estrecho de Ormuz otorga a Teherán una posición de fuerza. Otros muchos, en cambio, temen que insistir en el cierre de ese paso marítimo y no alcanzar un acuerdo pueda desencadenar nuevos ataques por parte de Estados Unidos e Israel. A todos les une, eso sí, la preocupación por la precaria situación económica.
Según los últimos datos de la oficina oficial de estadísticas, el precio de los alimentos se ha más que duplicado en el último año. Iraníes como Behnam, tornero y padre de dos hijos en Isfahán, en el centro del país, saben que la pobreza, ahora acrecentada si cabe por la guerra, no solo impide a muchas familias llegar a fin de mes sino que también es un arma en manos de Estados Unidos.
Este hombre de unos 40 años asegura que Donald Trump “sabe que la economía de Irán está mal y presiona para que colapse” con su bloqueo al estrecho de Ormuz, por donde Irán exporta también buena parte de la principal fuente de ingresos del Estado: el petróleo. “Cerrar el estrecho de Ormuz y pensar que Trump y Netanyahu se rendirán no es realista”, se lamenta este obrero por mensajes de texto.
El impacto de la guerra en la economía se ha convertido en una de las principales preocupaciones de los iraníes, con una inflación galopante y despidos masivos. El viceministro de Cooperación, Trabajo y Bienestar Social de Irán ha alertado este domingo del fuerte impacto de la guerra en el mercado laboral de la República Islámica. Gholamhossein Mohammadí, también presidente de la Organización de Formación Técnica y Profesional, ha afirmado que, según cálculos preliminares, el conflicto ha provocado la pérdida de más de un millón de empleos y ha dejado a unos dos millones de personas en situación de desempleo directo e indirecto.
“Muchos han perdido su trabajo y yo este mes no he cobrado”, relata Nima, dependiente en una tienda de ropa en Teherán. Este treintañero mira al futuro con aprensión. Ni siquiera el Año Nuevo persa, que comienza en marzo, con la llegada de la primavera ―una época en la que el gasto de los iraníes tradicionalmente se dispara―, ha logrado evitar que las ventas cayeran. “No hay dinero en manos de la gente”, deplora, y quien lo tiene es presa “de la incertidumbre”, por lo que quizá no lo gasta.
Antes de la guerra y de la destrucción masiva que está provocando, uno de los grandes detonantes de las masivas protestas de enero ya fue, precisamente, el deterioro económico y la fuerte devaluación del rial, la moneda nacional iraní, que provocó el levantamiento de los comerciantes de móviles del Gran Bazar de Teherán. Los bazaristas han sido tradicionalmente un colectivo conservador, antes afín a la República Islámica.
Sin internet
Esa crisis económica ya profunda se está ahondando ahora por la falta de conexión a internet: Irán suma ya 51 días de apagón digital, según NetBlocks. Un bloqueo sin precedentes que ha dejado al país prácticamente desconectado de la red global y que está arruinando sobre todo a negocios pequeños.
Como el de Sureh, propietaria de una startup de artesanía persa que vendía a través de redes sociales como Instagram. El perfil de esta iraní abunda entre los promotores de esas pequeñas iniciativas. Muchas veces son mujeres con educación superior ―Sureh es ingeniera agrícola― que no encontraron trabajo en su campo y encontraron una alternativa para ganarse la vida con esos negocios. En su caso, le costó “siete años de esfuerzo continuo” afianzar una empresa que ahora, lamenta, “está quebrando”. Su relato entremezcla la frustración y la impotencia. “Parece que estamos condenados a sobrevivir entre los bombardeos y la penuria”, resume.
Las autoridades iraníes calculan que la resistencia media de las empresas digitales ante cortes de internet es de 20 días y que unos 10 millones de empleos directos e indirectos están en riesgo. El viceministro Mohammadí cifró las pérdidas del apagón digital en “unos cinco billones de tomanes diarios”, 27 millones de euros al cambio. Ante la fuerte depreciación reciente de la divisa iraní, incluso las autoridades utilizan ya el tomán, equivalente a diez riales.
Como indican estos datos oficiales, la República Islámica es bien consciente de que el cierre de Internet está asestando un golpe muy duro a la economía nacional. Sin embargo, entre controlar el discurso y las críticas de los iraníes que puedan llegar al extranjero al precio de arruinar aún más a la población, o bien abrir Internet y perder ese control, las autoridades han optado por lo primero, a juzgar por ese bloqueo de la red que dura ya más de 50 días.
La ausencia de perspectivas de futuro claras, el apagón digital y el clima de inseguridad durante los 40 días que duraron los bombardeos antes de la actual y frágil tregua han llevado a algunos iraníes a plantearse emigrar. Tania es una de ellos.

Más que pensar en ella misma a la hora de pensar en abandonar su país, esta directora de una empresa de ingeniería de unos 40 años piensa en su hija de 10 años. “No creo que mi hija tenga futuro en Irán. Amo mi país, pero las circunstancias me obligan a marcharme, y eso es profundamente triste”, concluye. La mujer señala luego el cierre frecuente de escuelas, los cortes de internet y el riesgo de que la guerra se prolongue. “Siempre esperé un cambio que garantizara bienestar y seguridad, pero la situación empeora cada día”, deplora.
Mientras, algunos partidarios del Gobierno aseguran estar dispuestos a sacrificar el bienestar en nombre del aguante frente al enemigo exterior. Son quienes, como Mohsen, interpretan la superviviencia del sistema político iraní como una victoria: “Estados Unidos e Israel no esperaban nuestra resistencia”, se ufana este propietario de un servicio de catering en Teherán, que afirma que los iraníes están “dispuestos a soportar cualquier dificultad” para derrotar a sus enemigos.
Este discurso calcado del oficial no es el que impera, apunta Simin, una estudiante de ingeniería mecánica en la veintena, que afirma que quienes defienden el lema “guerra hasta la victoria” son minoría, aunque “su voz se amplifica a través de la televisión estatal”. Luego menciona la presencia de miembros de grupos aliados chiíes de la República Islámica en controles de seguridad en las calles del país. “Si tuvieran tanto apoyo, no necesitarían traer [a estos milicianos] desde otros países como Irak”.
“Si ves la televisión iraní, parece que Israel ha sido destruido y que Estados Unidos ha sufrido enormes pérdidas”, relata esta estudiante que, como como muchos iraníes, recurre a canales satelitales en persa para informarse. Esas cadenas siempre han sido una fuente de información clave, pero ahora lo son aún más, ante el apagón generalizado de internet. “Algunos partidarios del régimen creen su propaganda y ni siquiera quieren negociar; ellos no ven los canales por satélite”, añade la joven.
Sahar, una mujer de 50 años que vive en Teherán, repite, por su parte, una crítica habitual entre los iraníes: que a la República Islámica le importa más apoyar a sus milicias aliadas en la región que el bienestar de sus ciudadanos. “La condición previa para un acuerdo [de paz] con Estados Unidos no son los ciudadanos iraníes, sino la supervivencia de Hezbolá”, asegura esta ama de casa en alusión a cómo Irán ha condicionado la firma de una tregua definitiva a que esta también incluya el territorio de Líbano, el país de esa milicia.

“¿De qué serviría que los misiles llegasen a Estados Unidos si nosotros no tenemos futuro?”, se pregunta la mujer. Después afirma que la fuerza de un pais “no viene de los misiles, sino del bienestar de su gente. Si hay otra guerra y destruyen lo que queda de las infraestructuras, la situación empeorará aún más”dice esta iraní.
Entre la precariedad y la amenaza de que la guerra se reanude de nuevo, otros iraníes, como Zahra, profesora en un colegio de Teherán, se preguntan “para qué ha hecho su país la guerra” y arrostrado tantas penalidades para terminar ahora aceptando abrir el estrecho de Ormuz, entregando el uranio enriquecido al que Trump le exige que renuncie y comprometiéndose a no enriquecer ese mineral. La mujer, de unos 50 años, zanja “Si cedemos, el enemigo no nos dejará en paz”.
También Foad Izadí, profesor asociado de la Facultad de Estudios del Mundo de la Universidad de Teherán, considera peligroso aceptar ciertas condiciones de Washington: “Sacar el uranio enriquecido de Irán y limitar el control sobre Ormuz alentará futuros ataques”. A su juicio, Estados Unidos e Israel siguen un plan a largo plazo: “No es de uno o dos años, sino de cuatro”.
