“Voy a romper el molde y a lanzar un discurso realista, de esos que los políticos evitan”, ha prometido Andy Burnham a los laboristas congregados este martes en el congreso anual del partido, celebrado en Liverpool. Era su primera intervención como líder de la formación en una cita que marca el principio del curso político. Altas expectativas para un personaje con evidentes dotes comunicativas y que presume de hablar con la voz de la calle.
Por eso el primer asunto que ha abordado es el de la crisis de la vivienda. “Esta va a ser nuestra primera ruptura con el pensamiento erróneo de los últimos 40 años. Ya no vamos a contemplar el mercado de la vivienda como un juego de ganadores y perdedores, sino como el bien esencial que todo el mundo necesita para tener una buena vida”, ha anunciado.
Burnham maneja con naturalidad —con honestidad, aseguran sus aliados— ese recurso tan habitual de la comunicación que consiste en hacer de la experiencia personal una categoría política. Al recordar el hogar donde lo criaron sus padres, a 30 kilómetros al este de Liverpool, ha defendido el derecho de todos los ciudadanos a una vivienda. “Con una buena casa, todo es posible. Sin una, nada lo parece. Los chavales no pueden tener un buen comienzo de sus vidas, ni las familias pueden disfrutar de una buena salud mental y física”, explicaba. “Cerca de un millón de personas están hoy en lista de espera para lograr una vivienda social. Exactamente el mismo número que se perdió en la década de los ochenta con el ‘derecho a comprar’ de Margaret Thatcher”.
Se refería Burnham al programa que lanzó la histórica primera ministra conservadora para que los arrendatarios de vivienda pública se convirtieran en propietarios a precios asequibles (y de paso, decía la teoría, en votantes conservadores, porque ya tenían un patrimonio que conservar).
“Desindustrialización, desregulación, privatización, austeridad, Brexit…¿qué nos ha dado todo eso? Un país controlado por los intereses privados, no por el interés público, con el poder en muy pocas manos y muchas regiones a la deriva”, proclamaba Burnham, que ha entusiasmado a los votantes laboristas con un discurso que es una enmienda a la totalidad al Reino Unido neoliberal de las últimas décadas.
El primer ministro ha anunciado un ambicioso programa de construcción de viviendas sociales en suelo sin utilizar. Un millón de ellas. Pero ha ido mucho más lejos. Ha anunciado la reforma del aún vigente derecho de compra de los inquilinos de vivienda social: mantendrá el de los actuales arrendatarios, ha dicho, pero se lo arrebatará a los nuevos, para que las viviendas públicas que se construyan en el futuro “sigan allí, a disposición de las nuevas generaciones, y reconstruir así nuestro bien común”.
Burnham ha anunciado la concesión de nuevos poderes a las autoridades locales para que puedan incorporar a la oferta de vivienda pública aquellas casas de propietarios ausentes que permanezcan deshabitadas, o las que se alquilen en condiciones nefastas de salubridad por “propietarios ausentes que reciben subsidios sociales y se niegan a reinvertir las casas que alquilan”. Habrá avisos previos, ha dicho, pero si son ignorados, el Gobierno legislará para que la expropiación sea posible.
Finalmente, el primer ministro ha anunciado la reducción de la entrada exigida a los jóvenes que aspiran a ser primeros propietarios, para poder adquirir una hipoteca y acceder a una vivienda cuando no disponen “del banco de papá y mamá”.
Atención a la dependencia
Los congresos anuales de los partidos, una tradición muy británica que da comienzo al curso político, sirven para saldar cuentas, levantar ánimos o establecer objetivos. Pero son sobre todo un despliegue de propaganda, con eslóganes y música elegidos para la ocasión. El eslogan de Burnham, con ecos de Barack Obama, era Hope Again (De Nuevo la Esperanza). La música para salir a escena, el All Together Now de la banda británica The Farm. “Todos juntos ahora”, reclamaba Burnham a los suyos, en un discurso recibido con entusiasmo por los laboristas.
Uno de los primeros anuncios de Burnham, cuando accedió a Downing Street el pasado julio en sustitución del dimitido Keir Starmer, fue la construcción de un servicio nacional de atención a la dependencia. También aquí la historia de su padre, fallecido hace pocos días, y cuyo Alzheimer le impidió saber que su hijo se había convertido en primer ministro del Reino Unido, ha sido la base para la construcción de una promesa celebrada por todos los laboristas. Aunque traiga consigo un precio.
El primer ministro ha anunciado que, para financiar ese nuevo servicio público, acabará con el llamado “triple cerrojo” de las pensiones públicas. Se trata de un sistema que garantiza la subida anual de las pensiones de acuerdo con la inflación, la subida media anual del salario o un mínimo del 2,5%, en función de cuál de estas condiciones sea la más alta. A partir de 2030, las pensiones subirán de acuerdo con la inflación o un mínimo del 2,5%.
Reforma electoral y Brexit
Burnham ha alegrado los oídos con dos nuevas promesas. Habrá una comisión nacional que estudie una posible reforma electoral, para introducir la proporcionalidad en un sistema que hoy es mayoritario. Durante años, este método favoreció a los dos grandes partidos, el Conservador y el Laborista. Ahora podría ser la puerta para que la ultraderecha de Nigel Farage llegara al poder, con lo que la reforma ha cobrado nueva urgencia. El líder laborista ha invitado al resto de partidos a sumarse a la comisión.
Y por fin, Burnham ha dicho con todas las palabras precisas una obviedad: “El Brexit ha sido un fracaso que ha empeorado al Reino Unido”, pero se ha quedado ahí. Ha prometido que en los próximos meses abrirá un diálogo con los ciudadanos para determinar “el camino futuro del país en su relación con el continente” y su mayor socio comercial, pero sin aventurarse a prometer un posible reingreso en la UE.
