Nunca ha despertado pasiones, ni entre sus filas, ni entre el electorado. Pero el democristiano Friedrich Merz (CDU) logró convertirse en canciller de Alemania tras una accidentada investidura en mayo del pasado año. Asumía un país inmerso en una profunda crisis estructural y debilitado tras años de disputas internas en el anterior Gobierno del socialdemócrata Olaf Scholz, que terminó antes de tiempo. Tomó las riendas con una promesa: emprender cuanto antes una serie de reformas para garantizar la prosperidad del país. La CDU le calificó como el “canciller de las reformas”. Un camino que sigue manteniendo y que tras los últimos batacazos en varias elecciones regionales defendió como el “antídoto” contra el auge de los extremismos, a pesar de las críticas.
Dieciséis meses después de su investidura, las reformas siguen sin materializarse y el descontento crece. Por un lado, entre los que acusan al Gobierno de no emprender cambios con la celeridad necesaria para dar la vuelta a la difícil situación económica, con una industria automotriz que se derrumba y un cambio demográfico que amenaza al mercado laboral y al sistema de pensiones. Por otro, entre los que son contrarios al paquete de reformas que presentó en julio la coalición de conservadores y socialdemócratas, a la que acusan de querer recortar en cuestiones sociales, sanidad y pensiones. Cada vez más voces alertan de la preocupación que desatan estos planes entre el electorado. Solo hay que mirar al socialdemócrata Gerhard Schröder, cuyo paquete de reformas, conocido como la Agenda 2010, le llevó a perder el poder.
Merz siempre ha sido visto como algo arrogante, como un multimillonario propietario de una avioneta. Tampoco despierta simpatías el hecho de que sea exejecutivo en Alemania de BlackRock, el mayor fondo de inversión del mundo. “No creo que la percepción que se tiene de Merz haya cambiado en los últimos meses, ni desde el día en que se convirtió en canciller, ni desde que asumió la presidencia del partido”, explica la politóloga Julia Reuschenbach. “En gran parte de Alemania, es considerado un multimillonario alejado de la realidad, que surca el país en jet privado y que no sabe cómo es la vida de la gente corriente. Y hay otra parte que cree que sus cualidades como gestor y líder pueden ser lo que necesita un país que lleva años sin crecimiento económico”.
En este tiempo, ha sido objeto de duras críticas, también por desafortunadas declaraciones que luego, por detrás, su equipo intenta corregir; como esta semana, cuando abogó por más justicia social para no relegar a los pacientes de la sanidad pública, en contra de la línea de su partido a favor de mantener también los seguros privados. “Este es el auténtico Merz. Y todos esos ‘fallos’, ante los que uno se queda pensando ‘por el amor de Dios’, son en realidad muy auténticos. Así ha sido siempre este hombre”, analiza la experta. “También lo conozco de su época anterior como jefe de grupo parlamentario y no recuerdo que Merz haya sido nunca de otra manera. Así que uno ya sabe lo que se lleva a casa, diría yo”. En su opinión, lo “trágico” de Merz es que si bien persigue “objetivos sinceros y tiene una brújula de valores”, a veces utiliza “medios equivocados”, como cuando votó a finales de enero de 2025 de manera conjunta con AfD para limitar la entrada de migrantes en el país.
A Merz, de 70 años y nacido en Brilon, un pueblo de 25.000 habitantes de Sauerland, en el oeste, le costó llegar a la cancillería. Este político de 1,98 metros de estatura ―casado, padre de tres hijos y abuelo de siete―, incluso sopesó abandonar la CDU tras romper con la entonces canciller Angela Merkel. “Ambos se han infligido mutuamente numerosas heridas en el pasado. Merz había calificado el último mandato de Merkel de ‘pésimo’, y Merkel, que durante mucho tiempo intentó impedir su regreso, se fue alejando cada vez más del partido”, escribe Mariam Lau en su libro Merz. Auf der Suche nach der verlorenen Mitte (Merz. En busca del centro perdido).
En 2009, decidió aparcar su carrera política, principalmente parlamentaria, para dedicarse a los negocios. Volvió en 2021 y tres años después fue elegido presidente del partido, cargo que ahora se tambalea tras los malos resultados en Sajonia-Anhalt frente a la ultraderecha y después de que la CDU haya quedado fuera de un Parlamento regional por primera vez en su historia con los resultados de las urnas en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Esta derrota tuvo lugar en el antiguo feudo político de Merkel, lo que seguramente empujó a la excanciller a recordar esta semana la importancia de tender puentes a imagen y semejanza de Konrad Adenauer, que, como señaló, aprendió de los errores de la historia, para dirigirse a todas las personas.
Pero Merz sigue su propia línea. Al inicio de la legislatura impuso una dura política migratoria, en un intento por frenar el auge de AfD. Fue denominado de manera crítica el Aussenkanzler ―el canciller de Exteriores―, por su dedicación a Europa, la OTAN y los conflictos globales, en detrimento de los asuntos internos de Alemania. Ahora, lleva meses enfrascado en las reformas y ha presentado unos presupuestos con un endeudamiento récord por el plan de rearme del país. “El canciller ha intentado imponer una política más a la derecha que la de la CDU de Merkel”, analiza el catedrático de la Universidad Libre de Berlín Hajo Funke. “Se trata de una supuesta agenda de reformas centrada en la austeridad económica, que ahora está siendo castigada por los votantes”, apunta el politólogo. “A nivel personal, es muy ambicioso y trata de mantenerse en el poder, aunque la presión para que dimita crece día a día”, dice sobre Merz, a quien califica como una persona con “hibris, arrogancia” y con un estilo de liderazgo “autocrático”.
El canciller, que tenía cero experiencia gubernamental, no es un político carismático como pueda ser Emmanuel Macron, pero “la gente le veía como una persona sincera y como uno de esos conservadores que entienden de economía”, explica, por su parte, el politólogo Carsten Koschmieder. Con los índices de popularidad por los suelos, los expertos coinciden en que como mucho aguantará hasta el final de su legislatura, en 2029. “La gente ya se ha formado una imagen de él y, aunque ahora cambie un poco, eso no va a modificarse”, observa Koschmieder.
En la crisis más grave de su mandato hasta la fecha, Merz parece haber decidido simular normalidad, a pesar de que solo un 11% de los alemanes está contento con su trabajo y un 55% está a favor de su dimisión, según una reciente encuesta de Forsa. El grupo conservador se reunió esta semana para analizar la situación y respalda, de momento, a su canciller, que se comprometió a mantener el rumbo de las reformas. Lo que aún juega a su favor es que no hay un plan B. Asimismo, existe la duda de si el sucesor realmente lo haría mejor. “¿No tendría que recortar también el Estado del bienestar? ¿No se haría también impopular rápidamente?”, se preguntaba un artículo en Die Zeit.
Pero parece que algo ha cambiado desde la debacle electoral, al menos en cuanto al lenguaje. “Ahora no solo habla de reformas, sino también de la brecha de equidad en los seguros médicos. Y habla más de empatía y dice que quiere escuchar más. Pero, en realidad, no ha cambiado mucho en el cargo”, comenta Koschmieder, que cree que uno de sus problemas es que “no da la impresión de que intente integrar al mayor número posible de personas, aunque tengan una posición diferente, sino que se rodea de sus fieles y trata determinadas cuestiones en un círculo reducido”.
Esto le pasa factura para sacar adelante sus propuestas. “No tiene una red de contactos tan sólida, ni en las bases, ni en el grupo parlamentario”, explica. “Parece preferir funcionar como un jefe. Me lo imagino como un industrial del siglo XIX, al que le pertenece la empresa y que por las noches se sienta con sus amigos en el salón de fumadores y allí decide qué es lo que va a pasar”.
Sin embargo, como apunta la politóloga Reuschenbach, si Merz quiere sobrevivir más tiempo en la CDU y mejorar su popularidad debería cambiar eso y empezar a trabajar en equipo. “También se puede tener hasta 2029 a un canciller impopular que, al menos, haya logrado sacar adelante algunas reformas. Y entonces pasará a los libros de historia como un canciller muy impopular, pero que, al menos, quizá haya hecho lo necesario en materia de pensiones, asistencia a personas dependientes y otras tres o cuatro cuestiones”.
