12 de julio de 2026 a la – 02:00
Si hay un jugador cuya imagen cambió por completo durante el Mundial, ese fue José Canale. Llegó al torneo como una alternativa confiable para la zaga, un relevo de garantías dentro de un plantel que tenía a Gustavo Gómez y Omar Alderete como centrales de referencia. En la previa, su papel parecía estar reservado para la rotación o para eventuales emergencias, pero la Copa del Mundo suele exigir respuestas inesperadas y Canale terminó respondiendo cuando Paraguay más lo necesitaba.
Su gran momento llegó en el cruce ante Alemania, en una noche de máxima tensión, de esas que separan a los futbolistas que acompañan de los que dejan huella. La lesión de Alderete le abrió una puerta enorme y Canale la atravesó con personalidad.
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No le tocó entrar en un contexto cómodo: enfrente estaba una potencia mundial, con presión constante, jerarquía individual y dominio de la pelota.
En ese escenario, el defensor tuvo que convivir con el sufrimiento, con el desgaste y con la responsabilidad de sostener una estructura defensiva que necesitaba rozar la perfección para seguir con vida. Y aunque, como toda la zaga, pasó momentos de aprieto y tuvo que exigirse al límite, nunca se escondió.
Su partido ante los germanos fue el de un futbolista que entendió rápido lo que pedía la ocasión: firmeza en la marca, concentración absoluta, atención en los relevos y valentía para jugar cada pelota como si fuera la última. Se plantó con carácter, ofreció respuestas en los cruces y acompañó el espíritu de resistencia que Paraguay mostró durante 120 minutos. Pero su historia en Boston no quedó solo en lo defensivo.
La tanda de penales, ese territorio donde el temple vale tanto como la técnica, lo terminó catapultando definitivamente: Canale asumió la responsabilidad del remate decisivo y convirtió el disparo que eliminó a Alemania. Fue un instante que lo sacó del rol de recambio para meterlo de lleno en la memoria grande de la Albirroja.
A partir de ahí, su lugar dentro del relato cambió por completo. Ya no era solo el central que había respondido a una urgencia, sino uno de los rostros de la campaña paraguaya.
Frente a Francia volvió a tener participación, ratificando que su presencia ya no se explicaba únicamente por la necesidad, sino también por el rendimiento y la confianza que se había ganado en el momento más caliente del campeonato. Su semblante terminó siendo el de un futbolista que arrancó desde atrás, esperó su oportunidad sin hacer ruido y, cuando la Copa lo llamó, respondió con temple, personalidad y un penal que lo dejó grabado para siempre en la historia mundialista de Paraguay.
