Durante años, la industria tecnológica parecía obsesionada con una idea: poner una pantalla en cualquier objeto imaginable; y cuanto más grande, mejor. Teléfonos, relojes, electrodomésticos, coches, altavoces e, incluso, frigoríficos se llenaron de superficies repletas de iconos y notificaciones. Sin embargo, en los últimos tiempos ha comenzado a emerger una tendencia aparentemente opuesta: la de los dispositivos que reducen o eliminan por completo la pantalla.

No se trata de un regreso al pasado, sino de una nueva forma de relacionarse con la tecnología. La inteligencia artificial generativa, los asistentes de voz y los sistemas capaces de interpretar lenguaje natural han abierto la puerta a productos que prometen ofrecer información o ejecutar tareas sin necesidad de que el usuario mire constantemente una pantalla.

Tecnología invisible

Los expertos llevan años alertando sobre la fatiga asociada al exceso de notificaciones y al tiempo de exposición a dispositivos digitales, como demuestran estudios como el llevado a cabo por investigadores de la Universidad Cornell en 2020. Frente a ello, muchas empresas han comenzado a explorar lo que algunos diseñadores denominan “tecnología ambiental” o “tecnología invisible”: dispositivos que permanecen en segundo plano y solo aparecen cuando son necesarios.

Y la llegada de la IA generativa ha dado, además, un nuevo impulso a este movimiento. Si un sistema es capaz de comprender preguntas complejas y responder de forma conversacional, la necesidad de navegar por menús o aplicaciones disminuye. Uno de los ejemplos más conocidos fue el Humane AI Pin, presentado en el Mobile World Congress (MWC) en el año 2024, un pequeño dispositivo que se llevaba prendido en la ropa y que aspiraba a sustituir parcialmente al teléfono móvil.

Su propuesta consistía en interactuar mediante voz, gestos y una proyección luminosa sobre la mano del usuario en lugar de utilizar una pantalla convencional. Sin embargo, el producto no logró convencer al mercado y fue retirado menos de un año después de su lanzamiento tras la adquisición de gran parte de la empresa por HP. Su fracaso, no obstante, no ha frenado la búsqueda de alternativas.

Los altavoces inteligentes son el caso más evidente de que es posible usar un dispositivo sin pantalla y no echarla de menos. El Amazon Echo Dot, el Apple HomePod Mini o el Google Nest Mini funcionan principalmente mediante voz y han normalizado la idea de que una interfaz puede ser invisible. De hecho, millones de usuarios se han acostumbrado a pedir música, consultar el tiempo o controlar dispositivos domésticos simplemente hablando.

De forma similar funcionan los auriculares inteligentes provistos de asistentes integrados o las gafas inteligentes. En estos productos, el usuario recibe información directamente por audio sin necesidad de tener que sacar el teléfono del bolsillo. En las últimas semanas, además, hemos visto que firmas como Fitbit han renovado su catálogo con una pulsera de actividad —Fitbit Air— con un diseño que pasa totalmente desapercibido (y sin pantalla, por supuesto) a la vez que registra todo tipo de métricas. También destaca la ēllu band, una pulsera especialmente indicada para niños y adolescentes que integra localización en tiempo real, avisos y funciones de seguridad; o Amazfit Helio Strap, un entrenador deportivo diseñado para conseguir objetivos de entrenamiento y mejorar en la recuperación.

En el ámbito doméstico, sensores, termostatos, cerraduras inteligentes o asistentes para el hogar conectado funcionan cada vez más de forma automática, sin requerir una pantalla propia. La tecnología se integra en el entorno y desaparece de la vista.

Las ventajas (y las que no lo son tanto)

La principal promesa de estos dispositivos es reducir la dependencia visual. En teoría, permiten acceder a información o realizar acciones sin interrumpir una conversación, una caminata o cualquier otra actividad cotidiana. También pueden simplificar el uso de la tecnología. Hablar suele ser más rápido que navegar por varias aplicaciones cuando se trata de tareas sencillas como consultar una cita, encender una luz o reproducir una canción. Además, algunos diseñadores consideran que estos equipos ayudan a combatir la llamada “economía de la atención”, un modelo en el que las aplicaciones compiten constantemente por captar la mirada del usuario.

Pero eliminar la pantalla también implica renuncias. Las interfaces visuales siguen siendo extremadamente eficientes para mostrar grandes cantidades de información, comparar opciones o realizar tareas complejas. Y la privacidad es otro desafío importante. Al basarse en micrófonos y procesamiento de voz, estos dispositivos generan preguntas sobre la recopilación y tratamiento de datos personales. Tanto es así que diversos estudios académicos han analizado riesgos potenciales relacionados con el tráfico de datos, la elaboración de perfiles de usuario y la seguridad de las interacciones por voz.

¿Un futuro sin pantallas?

Probablemente no. La mayoría de los expertos coinciden en que las pantallas seguirán siendo imprescindibles para multitud de tareas y, por lo tanto, lo que parece más plausible es un escenario híbrido. Así, en lugar de desaparecer, podrían convertirse en un recurso secundario. La interacción cotidiana se realizaría mediante voz, inteligencia artificial o automatizaciones, mientras que la información compleja seguiría mostrándose visualmente cuando fuera necesario.

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