Coincidencia o no, la injerencia de Donald Trump en los asuntos internos del Reino Unido, al sugerir este fin de semana en Dublín que una Irlanda reunificada sería “algo fantástico”, ha funcionado como el pistoletazo de salida para un movimiento de calado constitucional que va a agitar las aguas de la política británica. Los líderes del partido nacionalista escocés SNP, John Swinney; del nacionalismo galés del Plaid Cymru, Rhun ap Iorweth; y de los republicanos irlandeses del Sinn Féin, Mary Lou McDonald y Michelle O’Neill, han firmado este lunes en Cardiff un manifiesto conjunto en el que se comprometen a coordinar sus esfuerzos para lograr sus respectivas independencias del Reino Unido.
“Cada una de nuestras naciones tiene el derecho a determinar su propio futuro, a través de medios democráticos y de acuerdo con los deseos de sus ciudadanos”, afirma el texto.
“El panorama político de estas islas está cambiando. Por primera vez, sus ciudadanos tienen ministros principales [el equivalente a primer ministro o jefe de Gobierno] en Escocia, Gales e Irlanda del Norte, todos ellos comprometidos en alcanzar la independencia del Reino Unido”, afirman.
Un paso de esta dimensión tiene una carga política de profundidad que sus promotores han querido templar, y por eso todos ellos han dejado claro que acudían al encuentro en calidad de líderes de sus formaciones políticas y no de jefes de sus respectivos Ejecutivos autonómicos.
De hecho, el texto reconoce que la situación política y el ánimo secesionista no es el mismo en cada uno de estos territorios, ni tampoco lo es la estructura constitucional que define cada una de esas autonomías. “Reconocemos que nuestros partidos tienen diferentes posiciones constitucionales, y que cada nación debe determinar su propio futuro a su manera y con sus propios tiempos”, dice el comunicado. “Lo que nos une es la determinación en asegurar que las voces de nuestras naciones sean escuchadas, que sus ciudadanos tengan la oportunidad de prosperar y que la cooperación entre Escocia, Gales e Irlanda [sic, el texto no se refiere a Irlanda del Norte en concreto] pueda ser reforzada”, añaden.
Junto a la parte más poderosa políticamente, que es esa llamada a trabajar conjuntamente por sus respectivas independencias, los líderes nacionalistas han querido abordar la cooperación en otros asuntos como la salud, la economía o la seguridad energética.
La respuesta de Londres
El primer ministro británico, Andy Burnham, que con apenas dos meses al frente del Gobierno todavía cae en algunas trampas políticas, vino a sugerir en el Parlamento la semana pasada que la posibilidad de un segundo referéndum de independencia en Escocia estaba igual de abierta que una consulta sobre la reunificación en Irlanda.
En las últimas horas, sin embargo, el Gobierno laborista británico ha intentado poner pie con pared ante un asunto que encierra una bomba de relojería política. Downing Street admite que el Acuerdo de Viernes Santo que llevó la paz a Irlanda del Norte a finales de la pasada década de los noventa contempla la posibilidad de un referéndum de reunificación. La decisión correspondería al secretario de Estado de Irlanda del Norte, con capacidad para valorar por sí mismo si las encuestas o el ánimo de la ciudadanía sugiere que la mayoría se inclina por esa solución.
Esa es la teoría. La práctica, con una situación política muy compleja y delicada en Irlanda del Norte, especialmente después del Brexit, lleva al Gobierno de Burnham a descartar la consulta como algo que “hoy no está sobre la mesa”.
“Tenemos el derecho a un referéndum. Tenemos el derecho a decidir nuestro futuro. Ni aceptaremos ni toleraremos que ningún primer ministro nos diga que ese derecho no está sobre la mesa”, ha dicho McDonald.
Respecto a Escocia, el primer ministro británico mantuvo la semana pasada una conversación telefónica con el ministro principal escocés en la que dejó claro que Downing Street no contemplaba el referéndum.
Burnham ha sido en los últimos años un ferviente defensor de la devolución de competencias a los gobiernos locales, y durante sus dos mandatos al frente de la alcaldía de Mánchester hizo bandera, en alianza con el alcalde de Liverpool, de esa política como método para reforzar la democracia, activar la economía y redistribuir la riqueza en el Reino Unido.
Pero como ocurrió con Boris Johnson y su famoso levelling up (“igualar por arriba”), y en cierta medida con Keir Starmer, esta voluntad de reequilibrar los territorios hace más bien referencia al empobrecido centro y norte de Inglaterra, en comparación con el todopoderoso Londres o con el sur rico de la isla. Ningún primer ministro se atreve a abrir el debate de otorgar mayores poderes o facilitar una consulta secesionista a las naciones históricas, por la carga envenenada que arrastraría una decisión así.
A pesar del retroceso electoral del SNP en las elecciones generales de 2024, y de que los nacionalistas no alcanzaran este año la mayoría absoluta (por escaso margen) en los comicios autonómicos, su líder, Swinney, ha redoblado el compromiso del partido con el objetivo de la independencia.
Su voz, junto a la de las líderes del Sinn Féin, ha sido la más combativa en la reunión de Cardiff: “Si [Burnham] tiene coherencia en sus planteamientos, lo que dijo en la Cámara de los Comunes el miércoles pasado [por el día 9 de septiembre], a mi entender, es fundamental. Y por eso creo que él será el último primer ministro del Reino Unido, porque los ciudadanos de Escocia, si se les plantea en un referéndum la opción de la independencia, escogerán esa opción”, ha dicho.
En Gales, los planes del Plaid Cymry no están aún muy definidos, pero las recientes elecciones autonómicas consolidaron a la formación como la más votada, con unos resultados espectaculares en los que redobló su número de escaños y pudo gobernar en minoría.
Su actual ministro principal, Rhun ap Iorweth, un excronista político de la BBC ha logrado arrebatar el poder en Gales al Partido Laborista, toda una proeza si se tiene en cuenta que la región había estado en manos de la izquierda británica desde 1922.
Sin embargo, su ímpetu independentista es más moderado que el de sus otros colegas nacionalistas. Históricamente, Gales ha tenido siempre un intenso sentimiento de identidad propia, pero menos fervor secesionista que en Escocia o Irlanda del Norte. “No conduce mi ánimo el deseo de romper el Reino Unido, sino el de construir Gales. El viaje de toda mi vida se apoya en la creencia en mi nación”, decía hace poco al diario Irish Times.
