Una isla deshabitada y una península con playas de una belleza excepcional. Un terreno paradisíaco y poco explotado. Facilidades de las autoridades locales e inversores multimillonarios. En el papel, la estrategia de Jared Kushner, el esposo de Ivanka Trump, de impulsar dos exclusivos destinos de lujo en las costas de Albania parecía una jugada maestra. Miles de albaneses, sin embargo, tenían otros planes.

La revolución de los flamencos, como se conoce a las protestas que han plantado cara al yerno de presidente de Estados Unidos y sus socios en las últimas dos semanas, ha sembrado dudas sobre el futuro de los lujosos desarrollos turísticos vinculados a la familia Trump—valorados en más de 4.000 millones de euros— y ha elevado la presión sobre el primer ministro albanés, Edi Rama.

Ahora todas las miradas están sobre Albania, un pequeño país que no supera los tres millones de habitantes. Pero no ha sido ni mucho menos el único destino que ha seducido al entorno del presidente de Estados Unidos. Desde su regreso a la Casa Blanca en enero del año pasado, la Trump Organization, el conglomerado detrás del imperio familiar, ha anunciado más de una decena de proyectos inmobiliarios de alta gama por todo el mundo. Ya son más de los que impulsó la empresa durante todo el primer mandato del magnate republicano (2017-2021).

Tan solo en Europa, las nuevas inversiones anunciadas —en Albania, Rumania, Georgia y Serbia— ascienden a miles de millones de euros. De concretarse, se sumarían a dos hoteles de lujo en Escocia y uno más en Irlanda, que forman parte del patrimonio familiar desde antes de que el magnate arrancara su carrera política en 2015. Además, dos torres en Turquía tienen un acuerdo para usar la marca del presidente, aunque no pertenecen ni fueron desarrolladas por su familia.

Los Trump, sin embargo, no están poniendo sus fichas en París, Roma o las islas griegas. Las últimas apuestas del clan familiar, formalmente dirigido por Eric y Donald Trump Jr. desde que su padre volvió al poder, han sido en sitios como Tbilisi, Bucarest o Belgrado. Los Gobiernos de la región esperan que los rascacielos y los resorts exclusivos detonen un alud de inversiones que haga despegar sus economías. “Albania necesita el súper lujo como el desierto necesita el agua”, afirmó el año pasado Rama al Financial Times.

Tras el primer mandato de Trump en la Casa Blanca, Kushner ha capitalizado las relaciones que construyó como asesor y mano derecha del mandatario para conseguir contratos para Affinity Partners, su fondo de inversiones, fundado en 2021 con capital saudí y qatarí. El repentino interés de los herederos del republicano en destinos como Europa del Este y el Cáucaso ha encendido las sospechas en Estados Unidos sobre posibles conflictos de interés.

“No se puede ser un diplomático y un peón financiero de la monarquía saudí”, reprochó el legislador demócrata Jamie Raskin en abril pasado, dos meses después de que Kushner fuera nombrado enviado especial para la paz en Gaza, donde Trump ha fantaseado con la idea de convertir el enclave palestino en un lujoso resort turístico.

Del otro lado del Atlántico, los megaproyectos han enfrentado enormes resistencias entre quienes denuncian corrupción de los funcionarios locales involucrados, irregularidades en las negociaciones y daños ambientales irreversibles. Las protestas masivas que ha habido en Albania y Serbia, donde el año pasado Affinity Partners anunció una inversión de 750 millones de euros para la construcción de una Torre Trump, son una muestra de ello.

“Una mañana nos despertamos y vimos maquinaria pesada entrando en la zona”, afirma Alexandër Trajçe, director de la asociación PPNEA, que ha documentado la instalación de vallas y campamentos de obra en la península de Zvërnec, donde se pretende construir más de 10.000 habitaciones de hotel en tierra prácticamente virgen. El maltrato de los guardias de seguridad que custodiaban la zona a los manifestantes fue el detonante de la revolución de los flamencos en Albania, explica Trajçe, uno de los organizadores. “No hubo consulta pública, ni evaluación del impacto ambiental ni ningún procedimiento normal”, reclama el activista. “La gente ha dejado de lado las divisiones políticas y ha dicho ‘basta”.

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Así se ve Sazan, la isla de Albania que ambicionan los Trump

Una protesta contra el desarrollo inmobiliario anunciado por la Trump Organization en Belgrado, el pasado octubre.
Foto: ANDREJ CUKIC (EFE)

Cambio de estrategia

Tras ganar las elecciones en 2024, el republicano envió mensajes cruzados. Por un lado, anunció que iba a mantenerse al margen de la Trump Organization para trazar una línea entre la política y los negocios. Pero reprochó que sus críticos no reconocieran las precauciones que tomó durante su primera presidencia en cuanto a la gestión de sus empresas.

A partir de su segundo mandato, el conglomerado que administra el imperio de la familia emprendió una campaña mucho más agresiva y ha cerrado una docena de contratos en el extranjero, entre ellos la construcción de la Trump Tower en Tbilisi, la capital georgiana, anunciada este año. Se trata de un rascacielos de 70 plantas que pretende ser el edificio más alto del país, con una inversión estimada en unos 1.725 millones de euros, aunque solo una fracción del capital proviene de la familia del presidente.

El esfuerzo apunta a ser parte de una estrategia más amplia. En abril del año pasado, Donald Trump Jr. visitó Hungría, Bulgaria y Rumania con la idea de construir contactos y promover inversiones de empresas estadounidenses en el continente, a pesar de que no ocupa ningún cargo oficial.

La llegada de Trump ha cambiado las reglas del juego de la política internacional y se jacta de gobernar su país como si fuera el CEO de una gran corporación. Mientras se multiplican las críticas por su estilo de mezclar los negocios y la política, en casos como la tutela de Venezuela y las negociaciones de paz con Irán, el presidente y su entorno familiar han rechazado cualquier insinuación sobre posibles conflictos de interés y corrupción.

Dominik Massicotte, del Centro para la Seguridad Internacional y la Estrategia Económica, de Londres, señala que uno de los posibles motivos detrás del interés de los Trump es que el turismo está creciendo en la región. Además, plantea que la regulación suele ser menos estricta y la mano de obra más barata que en Occidente. En pleno cruce de caminos entre Europa, Rusia y Oriente Próximo, el Cáucaso ha despertado, además, un enorme interés geopolítico entre las potencias. “La Trump Organization se está posicionando en una región que puede cobrar cada vez mayor importancia estratégica y económica en la próxima década”, afirma por correo electrónico.

La investigadora indica, además, que los Trump han construido contactos poderosos que les han abierto las puertas. Uno de ellos es Bidzina Ivanishvili, que fue primer ministro cuando la empresa del magnate anunció en 2012 un proyecto en la ciudad de Batumi, que nunca llegó a concretarse. Ivanishvili es el fundador de Sueño Georgiano, el partido gobernante, y el empresario más rico del país. En 2024, al final de la Administración de Joe Biden, Estados Unidos impuso sanciones al dirigente por sus prácticas autoritarias en el poder y sus vínculos con Rusia.

A cambio, Georgia proyecta la imagen de que está “abierta para los negocios”, apunta Massicotte. No se trata de un acuerdo con Washington, sino con la empresa de la familia del presidente de Estados Unidos. Y esa ambigüedad ofrece ventajas para el país, tradicionalmente en la esfera de influencia rusa. Le permite tener cierta “validación” de que es un destino atractivo para los inversores occidentales sin poner en riesgo su relación con Moscú, reseña la especialista.

De Bucarest a Transilvania

La historia parece repetirse, aunque con algunos matices, en otras partes del continente. La Trump Organization anunció en julio del año pasado el lanzamiento de la Trump Tower Bucharest. Según SDC Imobiliare, su socio rumano, la idea pasa por replicar el modelo de la Trump Tower de Chicago, un rascacielos de 92 pisos.

La torre proyectada para la capital de Rumania sería considerablemente más modesta, en torno a las 30 plantas, aunque sus promotores aspiran a convertirla en uno de los complejos residenciales más exclusivos de Europa del Este. La iniciativa se encuentra todavía en desarrollo y, por el momento, no ha trascendido la cuantía de la inversión. Este periódico ha contactado a la inmobiliaria rumana, sin obtener respuesta.

Tampoco es la primera vez que Trump o su entorno han intentado invertir en el país. En 1994, cinco años después de que cayera el régimen comunista, el magnate neoyorquino ofreció 1.750 millones de dólares para comprar el actual Palacio del Parlamento, el segundo edificio administrativo más grande del mundo después del Pentágono. Pero las autoridades rumanas acabaron por rechazarla. Una década más tarde, Trump regresó con el propósito de comprar unos terrenos en Bucarest para construir una torre de gran altura. Sin embargo, la crisis financiera frustró aquellos planes.

En marzo pasado, The New York Times reveló que la Trump Organization tiene entre manos un ambicioso proyecto en Cluj-Napoca, una ciudad de unos 400.000 habitantes situada a los pies de los Cárpatos. A pesar de que no se ha presentado oficialmente, el Ayuntamiento ya ha dado luz verde a una primera fase del desarrollo y Bloomberg asegura que la inversión supone unos 500 millones de dólares. El complejo contempla la construcción de una torre y más de 10.000 viviendas, como parte de un proyecto conocido como Transilvania Smart City, impulsado por las propias autoridades locales.

“No importa si la empresa está asociada a Trump, el proyecto cumple con la ley vigente”, asevera Iulia Persa, portavoz del Gobierno local e insiste en que todo está en fase muy temprana. El desarrollo inmobiliario no está exento de polémica al estar próximo a un vertedero de residuos sanitarios y un asentamiento de la comunidad romaní, lo que ha despertado las críticas contra el Ayuntamiento como impulsor del proyecto y no tanto por la participación de la familia del presidente estadounidense.

A diferencia de otros países, ambas iniciativas no han generado una polémica significativa. Además de que parecen estar lejos de materializarse, otra de las razones es que un 51% de los rumanos tiene una imagen favorable del mandatario estadounidense, según una encuesta de Gallup de febrero.

Presente y futuro

En Serbia, las protestas y un escándalo judicial contra un ministro del Gobierno que autorizó el proyecto propiciaron que Kushner diera marcha atrás en su proyecto en Belgrado el año pasado. En Albania, los manifestantes de la revolución de los flamencos también esperan frenar los proyectos vinculados a la familia Trump en zonas protegidas en el país y forzar la dimisión de Rama y el líder de la oposición, el ex primer ministro Sali Berisha.

“Es triste que los ricos piensen que pueden comprar todos los hermosos lugares que ven”, afirma Denisa Kasa, una manifestante de 26 años, mientras recorre la península de Zvërnec, donde el proyecto que impulsa Kushner amenaza a unas 280 especies, entre ellas los flamencos que han dado nombre a las protestas. La activista de la asociación PPNEA asegura que ahora lo más importante no es si Trump está detrás, sino que este proyecto y otros similares no lleguen a concretarse. Después de ser acusados por el Gobierno albanés de ser “antiestadounidenses” y estar promovidos por “agentes extranjeros”, la respuesta de muchos ha sido empuñar banderas de Estados Unidos en las manifestaciones.

Y aunque el foco de las protestas se ha trasladado a la política local en detrimento de las consignas ecologistas, los ambientalistas ya han logrado detener los trabajos de obra en los humedales de esa zona protegida, uno de los últimos ecosistemas salvajes del sur de Europa. “Estamos luchando por el futuro, pero también por el presente y el pasado, para que no nos quiten las tierras donde vivimos”, afirma Kasa. Mientras el entorno de Trump mueve ficha para conquistar Europa del Este, la revolución de los flamencos se prepara para volver a tomar las calles. El próximo capítulo está por escribirse.

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