El obispo de la Diócesis de Caacupé, monseñor Ricardo Valenzuela, lamentó la violencia y la indiferencia presentes en la sociedad y advirtió sobre el riesgo de que los cristianos se vuelvan indiferentes ante el sufrimiento de los demás. Fue durante la homilía de la tradicional misa dominical de las 07:00 en la Basílica Santuario.
En su reflexión sobre el Evangelio de San Mateo y en las palabras de San Pablo, instó a los fieles a no amoldarse al mundo actual, sino a transformar su manera de pensar y actuar desde la fe.
El obispo reflexionó sobre el pasaje en el que Jesús anuncia a sus discípulos que debe ir a Jerusalén, padecer, morir y resucitar al tercer día. Pedro no comprende ese camino y rechaza la idea de un Mesías que deba sufrir. Jesús entonces lo reprende por pensar según los criterios humanos y no según los de Dios.
A partir de este pasaje, Mons. Valenzuela reflexionó sobre la realidad actual y advirtió sobre la facilidad con que las personas pueden terminar adoptando como propios los valores de una sociedad marcada por el individualismo, el materialismo y la indiferencia.
“No se amolden al mundo actual”, dijo y recordó al citar a San Pablo. Señaló que el cristiano debe transformar sus criterios de juicio y sus modelos de vida para discernir aquello que es bueno, agradable y perfecto.
La capacidad de ser “sal de la tierra”
Lamentó que los cristianos que hayan perdido la capacidad de ser “sal de la tierra”. Indicó que cuando la sal pierde su sabor deja de cumplir su función y comparó esta situación con quienes, al dejarse llevar por el espíritu del mundo, terminan debilitando su compromiso con los demás.
San Francisco de Asís, como modelo
El pastor católico insistió en que la renovación que necesita la sociedad no es solamente intelectual, sino que debe producirse desde el corazón. Para explicar esta transformación recurrió a la figura de San Francisco de Asís, cuya vida, según destacó, estuvo marcada por una profunda renovación interior.
Recordó que el San Francisco eligió la pobreza y cuestionó una sociedad dominada por las posesiones, entendiendo que estas podían generar divisiones y conflictos. También resaltó su manera de mirar a los demás y a toda la creación, reconociendo en las personas, los animales y la naturaleza a hermanos y hermanas creados por un mismo Padre.
En otro momento, Valenzuela también habló de la creciente dificultad para acompañar a quienes sufren. Señaló que cada vez cuesta más soportar el dolor y la angustia de un enfermo, y consideró que esa falta de empatía constituye una señal de vacío interior.
“Cada vez menos queremos al enfermo porque sentimos su dolor, su angustia, su mirada”, manifestó. En ese contexto, llamó a recuperar la capacidad de acompañar y servir.
Para el obispo, la respuesta frente a esta realidad no consiste necesariamente en realizar grandes obras, sino en recuperar gestos sencillos de humanidad. Una sonrisa, una palabra de aliento, el apoyo, la amistad y la acogida también pueden convertirse en expresiones concretas del Evangelio.

Fortalecer la vida espiritual
Asimismo, exhortó a los fieles a fortalecer su vida espiritual mediante la lectura de la Biblia, la participación en la misa dominical, la Eucaristía, la oración y los retiros espirituales. Consideró que estos espacios permiten renovar el espíritu y evitar que las personas pierdan su rumbo por estar demasiado pendientes de las opiniones y criterios de los demás.
Monseñor Valenzuela llamó a preguntarse qué quiere Dios de nuestras vidas y a buscar aquello que sea “bueno, agradable y perfecto”, aunque muchas veces pueda parecer una locura ante los ojos de la sociedad.
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Finalmente, el prelado insistió en que seguir a Cristo implica estar dispuesto a entregar la propia vida por amor y no buscar únicamente el bienestar personal.
“No quieras conquistar tampoco el mundo para complacerte a ti mismo”, fue parte de su llamado, al recordar que el sentido de la vida cristiana está en el servicio, el amor y la búsqueda de la vida eterna.
La violencia, el egoísmo y la indiferencia amenazan con desplazar valores como la solidaridad, la fraternidad y la compasión, expresó al concluir su mensaje. Frente a esto, el obispo planteó como camino una renovación profunda de la persona, capaz de transformar primero la mirada y luego la manera de relacionarse con los demás.
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