Durante el Día de la Primera República de Armenia, el 28 de mayo, el ejército armenio exhibió músculo y utilizó el desfile en la Plaza de la República de Ereván para enviar un mensaje claro: el país está cambiando de modelo militar. Sistemas de defensa aérea indios, radares franceses, obuses autopropulsados occidentales, drones chinos, material iraní, vehículos blindados europeos y plataformas fabricadas en Armenia desfilaron ante el primer ministro, Nikol Pashinián, como muestra visible de una transformación que va mucho más allá de una compra de armamento.
Pashinián presentó aquel despliegue como “el nuevo ejército de Armenia, con nuevas armas, nuevos uniformes y una nueva ideología”. La frase más importante llegó después: la única misión del ejército, afirmó, es defender el territorio soberano internacionalmente reconocido de Armenia, un mensaje implícito hacia sus vecinos que sugiere el abandono del objetivo de recuperar Nagorno Karabaj.
La guerra de 2020 entre Armenia y Azerbaiyán por Nagorno Karabaj terminó con una derrota armenia y con Bakú recuperando gran parte del territorio que Ereván había tomado a principios de los años noventa. Tres años después, en septiembre de 2023, una nueva ofensiva azerbaiyana acabó con la autoproclamada República de Nagorno Karabaj y provocó el éxodo de más de 100.000 armenios hacia Armenia. Entre medias, Azerbaiyán lanzó incursiones contra territorio soberano armenio en 2021 y 2022. Para Ereván, aquellos episodios no solo supusieron una derrota territorial. También pusieron de manifiesto que el viejo sistema de seguridad ya no funcionaba.
Durante décadas, Rusia fue el principal proveedor de armas de Armenia. Según datos del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés), el 94% de las importaciones armenias de armamento entre 2011 y 2020 procedían de Moscú. También era su aliado formal dentro de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, la OTSC, una alianza militar liderada por Rusia. Pero la OTSC no intervino en la guerra de 2020 ni respondió de forma contundente a las incursiones azerbaiyanas de 2021 y 2022, y las fuerzas de paz rusas desplegadas en Nagorno Karabaj no impidieron la ofensiva de 2023 ni la expulsión de la población armenia. Ereván terminó congelando su participación en la organización militar.

Leonid Nersisyan, investigador del Instituto de Investigación de Políticas Aplicadas de Armenia, resume el punto de ruptura: “Lo llamativo de septiembre de 2022 fue ver que muchos países que no eran aliados militares de Armenia —Irán, Estados Unidos, la India, Francia, la Unión Europea— pusieron más empeño en detener la situación que la propia OTSC”. A su juicio, no se trató solo de la guerra en Ucrania ni de la falta de capacidad rusa. “Responder no implica solo enviar tropas: puede significar apoyo diplomático, llamar las cosas por su nombre. La OTSC ni siquiera fue capaz de afirmar abiertamente que había ocupación de territorio armenio”.
El colapso de la confianza coincidió con otro problema más concreto: los contratos incumplidos por Rusia. Armenia firmó en 2021 acuerdos por varios cientos de millones de euros para recibir armamento ruso. Parte del material llegó, parte no. “Algunos equipos fueron entregados, otros no. Los plazos no se cumplieron”, explica Nersisyan. “Así que hubo incumplimientos tanto de capacidad como de voluntad política. Es difícil separar ambas cosas”.
La respuesta armenia fue buscar proveedores nuevos. La India se convirtió en el principal. Las compras incluyen sistemas de defensa aérea Akash, lanzacohetes Pinaka, obuses ATAGS, piezas autopropulsadas MArG 155, radares Swathi, sistemas antidron Zen, misiles antitanque Konkurs-M y munición. Francia, por su parte, ha suministrado radares GM-200, vehículos blindados Bastion y obuses CAESAR. Estados Unidos ha abierto la puerta a los drones de reconocimiento V-BAT, China figura como proveedor de vehículos aéreos no tripulados CH-4B e Irán de sistemas de defensa aérea de corto alcance.
La lista impresiona. Pero un ejército no se moderniza únicamente ampliando su catálogo, advierten los expertos consultados. El problema no es solo comprar armas, sino hacer que todas funcionen dentro de un mismo sistema. Durante tres décadas, Armenia dependía de una fuente casi única: Rusia. Ahora tiene que integrar sistemas indios, franceses, estadounidenses, chinos, iraníes y equipos heredados de la era soviética. Cada uno trae su propia munición, sus repuestos, sus programas de mantenimiento, sus manuales, su formación y su idioma técnico.
Nersisyan lo explica con claridad: “Es uno de los desafíos de la diversificación: ganas independencia, pero los estándares son distintos”. La dificultad no se limita a entrenar soldados para usar material nuevo. “El esfuerzo de integración es considerable, no solo en entrenamiento y logística, sino también en la integración digital dentro de una infraestructura de mando y control unificada. Requiere aproximadamente el doble o el triple de trabajo que si fuera un solo proveedor, pero no es un problema sin solución”.

La logística, en caso de guerra, puede ser tan decisiva como el arma misma. Antes, Armenia tenía al proveedor ruso cerca, con bases, estructuras heredadas y décadas de dependencia técnica. Ese modelo fracasó políticamente, pero era familiar. Ahora, si un sistema indio necesita piezas, si un radar francés queda dañado, si un dron estadounidense requiere mantenimiento o si una plataforma china necesita componentes, la cadena de reparación se vuelve más larga, más política y más expuesta. Glen Grant, teniente coronel retirado del ejército británico, con 37 años de servicio y experiencia en reformas militares en Ucrania, advierte: “Conseguir equipamiento de múltiples proveedores siempre es un desafío. La clave de la resiliencia es tener gente capaz de suministrar repuestos y reconstruir material dañado”. Según él, “el apoyo rápido de los países vendedores es poco probable, porque la burocracia se mueve demasiado despacio. Es una lección clara de Ucrania”.
Comparación con Ucrania
La comparación con Ucrania aparece de forma recurrente, no porque Armenia esté en la misma situación, sino porque la guerra moderna ha vuelto obsoletas muchas certezas. En 2020, Azerbaiyán demostró una ventaja clara en drones, inteligencia, ataques de precisión y guerra electrónica, pero también en algo menos impactante aunque quizás más decisivo: llevaba años entrenando junto a Turquía, miembro de la OTAN, lo que facilitó una transferencia de conocimientos, doctrina y prácticas operativas que mejoraron su interoperabilidad. Nersisyan insiste en que el problema armenio no fue solo tecnológico: “Lo que se vio fue una interoperabilidad mucho mayor en el lado azerbaiyano, mientras que Armenia operaba de forma bastante anticuada y con un mando excesivamente centralizado. En la guerra moderna, cuanto más descentralizadas están las tropas y más autonomía tienen las unidades pequeñas, más eficaz es el combate. En nuestro caso, las decisiones se tomaban de forma muy centralizada, y eso ya no funciona”.
Grant coincide desde una perspectiva europea. “Las estructuras organizativas deben ser descentralizadas, coherentes y equilibradas, no controladas desde el centro. Los comandantes deben tener autoridad y recursos para combatir”, afirma. “La transición está en marcha, pero el cambio más importante aún no se ha completado. Es cultural, no material. El modelo soviético se caracteriza por el control centralizado, la autoridad de arriba abajo y un ejército que se ve a sí mismo separado y superior a la sociedad civil”.
Esa transformación también pasa por la profesionalización. Armenia ha reducido el servicio militar obligatorio de 24 a 18 meses y busca aumentar el peso de los militares profesionales. Pero reducir meses de servicio no crea por sí solo un ejército profesional. Grant pone el foco en algo menos vistoso que los drones, pero mucho más decisivo: los suboficiales. “La prioridad central es construir un cuerpo profesional de sargentos. Un soldado debería convertirse en sargento solo después de seis a diez años de servicio, seguido de cursos específicos. No puedes tomar conscriptos o gente de la calle y convertirlos en sargentos después de un año de formación teórica. Les faltará la experiencia militar vivida, y ni los oficiales ni los soldados confiarán en ellos”.
La formación aparece como una de las grietas más profundas. Nersisyan lo formula desde dentro del caso armenio: “La mayor dificultad es que muchas cosas se empezaron a hacer muy recientemente, cuando deberían haberse iniciado hace 15 o 20 años. Es muy difícil querer cambiar todo en dos o tres años”. La mayor vulnerabilidad, añade, está en la educación militar: “Durante muchos años no fue de buena calidad: la universidad militar no era popular, no había muchos aspirantes y era la más fácil a la que acceder. Estos problemas se acumulan: cuando quieres cambiar las cosas, descubres que no hay suficientes personas capaces de liderarlo”.
El gasto militar refleja la urgencia. Armenia dedica alrededor del 6,1% de su PIB a defensa, una de las proporciones más altas del mundo. Azerbaiyán, con una economía mucho mayor, dedica un 6,5%. El esfuerzo armenio es proporcionalmente gigantesco, pero no elimina la asimetría. Bakú puede responder a cada aumento armenio con una inyección mucho mayor de dinero: cuando Ereván elevó su presupuesto militar, Azerbaiyán añadió cerca de 920 millones de euros desde su fondo petrolero para mantener la ventaja.
El resultado, como resume el propio análisis del SIPRI, no es paridad sino una asimetría gestionada. Armenia no puede ni podrá igualar a Azerbaiyán en gasto absoluto. Lo que intenta es elevar el coste político y militar de cualquier nueva agresión: no ganar una guerra, sino hacer que la guerra no valga la pena.
La India ocupa un lugar central en esta nueva arquitectura. Sandeep Unnithan, editor jefe de Chakra News y experto en defensa y seguridad nacional en la India, explica que Armenia se convirtió en un socio clave porque Rusia dejó un vacío. “La reticencia o incapacidad de Rusia para suministrar grandes sistemas de armas a Armenia, y la decisión de Ereván de alejarse también del armamento ruso, creó un gran espacio que la India decidió llenar”. Pero la relación no es solo comercial. “Armenia es, hoy por hoy, el mayor cliente histórico de armas indias”, señala. “La India ha exportado armamento por valor de más de 1.400 millones de euros en solo seis años”.
Para Nueva Delhi, Armenia es algo más que un cliente. “La exportación de armas a Armenia es una decisión estratégica de largo plazo tomada en los niveles más altos del Gobierno indio”, afirma Unnithan. Según él, Ereván encaja en la visión india del Cáucaso y de los corredores de conexión hacia Europa. También pesa el eje formado por Azerbaiyán, Pakistán y Turquía, y el hecho de que Pakistán esté alineado con Bakú, como demuestra el reciente acuerdo por el que Azerbaiyán ha ampliado la compra de hasta 40 cazas JF-17 de fabricación paquistaní.

El cambio también se ve en los ejercicios militares. Eagle Partner, celebrado en Armenia, y las maniobras Caucasus Eagle, realizadas en Georgia con participación de Azerbaiyán, Turquía y Georgia, tuvieron lugar el mes pasado. El primero reunió a fuerzas armenias, estadounidenses, francesas y griegas con un enfoque en la interoperabilidad y operaciones conjuntas para misiones de paz. El segundo mostró la coordinación entre Bakú, Ankara y Tbilisi en sus fuerzas de operaciones especiales.
La industria de defensa armenia intenta reducir esa dependencia exterior y ganar margen de autonomía. Entre 2023 y 2025, el país ha destinado alrededor de 415 millones de euros a empresas locales, en un esfuerzo por desarrollar capacidades propias más allá de la compra de armamento extranjero. En el desfile de mayo se exhibieron drones de reconocimiento y ataque, munición merodeadora, sistemas de guerra electrónica, plataformas robóticas y morteros producidos en el país.
El futuro, según los expertos, no pasa por un ejército armenio enorme. Grant imagina una fuerza más pequeña, con un núcleo profesional sólido, una reserva real, voluntarios formados y una sociedad capaz de sostener al ejército en reparación, logística, entrenamiento y tecnología. Nersisyan resume en una sola frase la evolución militar armenia desde 2020, tras unos segundos pensando en el término adecuado y con una sonrisa: “Un intento caótico de corregir los errores de 30 años”.
Esa es la medida real del desafío. Armenia compra armas, cambia proveedores, entrena con nuevos socios y fabrica drones. Pero todavía debe transformar el mando, la educación militar, la logística, la cultura institucional y la relación entre ejército y sociedad. El desfile mostró lo que Armenia ha comprado. La próxima guerra, si llega, demostraría si también ha aprendido a usarlo.
