¿Cómo debemos sentirnos ante la noticia de que Meta ha pactado casi 18.000 millones de dólares para que los fiscales generales de 52 estados y territorios en Estados Unidos retiren su demanda contra la compañía?
La noticia es alentadora en muchos sentidos. Primero, sugiere que los sistemas de justicia pueden funcionar para poner límites a prácticas corporativas dañinas. En un momento de tanto cinismo y desilusión, esto no es poca cosa. Es un recordatorio importante de que los hechos y la verdad importan y que, si Meta claudicó, es porque la evidencia en su contra es abrumadora. Meta diseñó algoritmos a sabiendas de que eran nocivos para los niños y adolescentes. Hay que usar los canales de justicia; y cuando fallen, insistir. Darle la espalda a la justicia no es una opción en un estado de derecho, y este es un mensaje claro en contra de la impunidad.
Segundo, el ejemplo sugiere que, a pesar del gran poderío de las empresas tecnológicas, la ciudadanía puede tener la última palabra si trabajamos juntos. Ningún estado podría haber logrado esa victoria a solas, pero juntos, pudieron vencer al gigante.
Tercero, el acuerdo, que incluye cambios en la tecnología, como por ejemplo prohibir que se cuente el número de “me gusta” en las publicaciones de los menores, nos recuerda que detrás de los misterios algoritmos que rigen demasiados aspectos de nuestras vidas hay decisiones de diseño. Los algoritmos son un artefacto, y cada uno de sus rasgos es producto de una decisión que podría ser otra. Ninguna tecnología es inevitable; sus características dependen de nosotros. Al final resulta que el algoritmo se puede diseñar para ser menos nocivo. ¿Quién lo hubiera pensado?
Pero esta no es una película de Hollywood, y la realidad siempre es compleja y matizada. A pesar de que 18.000 millones de dólares es una cantidad estratosférica de dinero, no lo es tanto para una empresa que solo en el segundo trimestre del año, facturó más de 60.000 millones. Sin duda le dolerá pagar la cuenta a Zuckerberg, pero no es un precio que vaya a quebrar a una empresa que parece haber cometido actos que algunos pueden considerar imperdonables; pienso, por ejemplo, en cómo se sentirán los padres que han perdido a una hija o un hijo por suicidio después de éstos hayan sido expuestos a contenido espeluznante, como el caso de Ian Russell y su hija Molly en Inglaterra. ¿Por qué esperó Meta a estar contra las cuerdas en un juicio para hacer sus productos menos nocivos? La falta de cuidado y de empatía me parecen atroces.
Otro matiz importante es que, para hacer los cambios necesarios para proteger a los menores, Meta, una empresa cuyo modelo de negocio se basa en la vigilancia, va a tener que identificar a esos menores. Uno de los patrones de esta empresa es que tiende a saber explotar cada oportunidad para recolectar más datos personales. Hay que tener muchísimo cuidado con qué se inventan para distinguir entre menores y mayores de edad.
Si bien la protección de menores es un deber fundamental de toda sociedad, las medidas que erosionan la democracia acaban por desproteger a todos, incluidos los niños, que merecen crecer en un estado de derecho con libertad y democracia. Y la vigilancia erosiona las libertades civiles. No es coincidencia que la privacidad esté en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Y este es el matiz más importante. Después de que Facebook ha sido condenado por el escándalo de Cambridge Analytica, que no fue nada menos que un intento por socavar la democracia, después de incontables escándalos de violación de privacidad, después del escándalo del uso de Facebook para promover violencia en Myanmar, la empresa sigue siendo increíblemente prominente. No solo eso: ¡sus acciones subieron después de que se supo que Meta se saldría de la demanda con pagar 18.000 millones de dólares!
Seguimos dejando que Meta promueva sus gafas de vigilancia como si fueran un producto como cualquier otro y no la herramienta perfecta de control social, con un potencial estremecedor para el abuso y la tiranía. Todavía hay gente que se toma en serio el manifiesto de Mark Zuckerberg del futuro, que no tiene ni pies ni cabeza y no es más que marketing.
La buena noticia es que la oscuridad de este último matiz es enteramente reversible y en gran parte depende de nosotros, de nuestra cultura, de saber ver y nombrar lo que tenemos en frente. Ya va siendo hora de que dejemos de creer en los augurios interesados de los profetas de las grandes tecnológicas y nos pongamos a construir el futuro en el que queremos vivir, ese que se merecen los niños. Y ese mundo no es el que ha construido Meta en sus redes sociales.
