Las plazas públicas de algunas ciudades se están volviendo a llenar de chavales. Sus reuniones, incomprensibles para aquellos de una generación fuera de los códigos del meme y TikTok, han acaparado los titulares de los medios durante la última semana. Todos intentan explicar qué significa “farmear aura”, un concepto asociado a los videojuegos por el verbo inglés farm (cosechar), que implica repetir una acción para subir de nivel, y aura, entendida para los jóvenes como un sinónimo de presencia, carisma y un buen rollo. En pocas palabras: repetir una serie de gestos para hacer crecer el espectáculo. También tratan de comprender por qué estas escenas que podrían parecer absurdas tienen un profundo arraigo en la construcción de comunidad de una generación nativa digital. Sin embargo, esta historia viene de mucho más atrás: durante las dos últimas décadas, internet ha ido sacando sus códigos de la pantalla a las calles. Hemos pasado de exponer quiénes somos en las redes a moldear nuestra identidad a través de ellas.
Es imposible pensar que lo que pasa en la web es ajeno a la realidad física, reprocha Adrián Juste, analista del laboratorio de ideas Al Descubierto. El psicólogo recuerda que las primeras comunidades virtuales, que nacieron por la década de los 2000 en foros y blogs sin algoritmo, pretendían encontrar a personas con gustos en común para entablar relaciones en la vida física. Al final, lo que pasa en las plataformas pasa en la vida real y viceversa.
Los primeros vestigios de las tendencias digitales como símbolo de colectividad llegaron con los flash mobs. Las convocatorias nacieron como un experimento social para congregar a grandes grupos de personas a realizar una acción coordinada. Después llegaron tendencias como el planking o el owling, en el que se debía realizar una pose específica en un sitio inesperado y ser fotografiado. El Harlem Shake logró que grupos enteros se convirtieran en protagonistas de coreografías descontroladas. Y hace una década, Pokémon GO hizo algo aún más radical: convirtió las calles, plazas y monumentos de una ciudad real en escenarios de un videojuego.
02:59
Las principales tendencias virales de los últimos años
La diferencia fundamental de estos fenómenos pioneros con el farmeo de aura es la velocidad con la que los códigos aparecen, se transforman y se expanden. Ahora, da la sensación de que cada cierto tiempo hay una nueva tendencia sin una raíz clara, cuando el mismo fenómeno se ha repetido incontables veces y cada generación ha adoptado su movimiento. Lo que pasa es que las modas de la década pasada no requerían del entendimiento de diferentes contextos de una cultura digital para disfrutarse.
A pesar de que las redes sociales se han metido hasta en el cuarto de baño, es imposible que los usuarios conozcan todos los lenguajes que se manejan en las plataformas. Sobre todo cuando el algoritmo segmenta los contenidos con base en el público objetivo. En este caso, niños y adolescentes. Una generación que ha crecido con la tecnología casi como una extensión de sí misma. El que la gente joven construya una identidad individual, y también colectiva, a través del lenguaje de las redes sociales no debería causar sobresalto. En especial cuando la última tendencia —las batallas de farmeo de aura— agrega una capa en el desarrollo de la personalidad: una manera de presentarse ante los demás por medio de un juego.
Aprender a parecer
La idea de que nuestra identidad también se construye mediante lo que hacemos no es nueva. Hace más de medio siglo, el sociólogo Erving Goffman utilizó la metáfora de las obras de teatro para explicar cómo las personas presentan diferentes versiones de sí mismas ante los demás, dependiendo “del acto” en el que se encuentren. El sociólogo Iago Moreno afirma que el uso de las redes sociales como “vitrinas para exponer la vida” ha llevado a que las nuevas generaciones adopten gestos más estilizados que nunca para presentarse ante las cámaras: “Ahora los chavales los hacen imitando memes y un sistema de referencias”.
El filólogo Byron Ramírez explica este sistema de referencias como códigos que se sostienen en una ironía compartida que lleva a una suerte de juego: “Esta dinámica funciona como una excusa que permite que exista colectividad dentro de la generación, que se articulen actividades de carácter público en torno a una referencia común como lo es internet, ese gran territorio que les une”. Ramírez habla del manejo de lo absurdo como un modo de convivencia y transmisión de ideas. “En las batallas, cada uno quiere representar una versión amplificada, casi de caricatura, de la actitud que quiere proyectar, una versión más cool de sí mismos”.

Esta proyección de la identidad con gestos y contextos entendidos por los pares siempre ha estado ahí, subraya Adrián Juste. “Todos hemos tenido un lenguaje y códigos propios porque son la expresión de la identidad colectiva e individual durante la época de la adolescencia. Hay una necesidad de separarse del entorno familiar para formar tu propio proyecto de vida y la máxima expresión de ese proyecto es la identidad”, remata. El experto señala que cada generación lo ha trasladado a su realidad en contextos que se comparten: frases populares, imitaciones a los ídolos de la época, prendas de ropa y la pertenencia a tribus urbanas como los emos o punks.
Para Juste, el que los titulares de los noticieros se llenen de jóvenes farmeando aura habla de una actitud paternalista que busca darle sentido a una tendencia que no está hecha para los adultos. Iago Moreno agrega que lo único que debería interesar es que los jóvenes están siendo cada vez más expresivos y gestuales en sus propios códigos. Cuando en generaciones atrás había empezado a esparcirse el temor a ser grabados y exhibidos en las redes.
La clave para entender estas escenas no está en preguntarse qué hacen los chavales en las plazas, sino de dónde vienen las reglas del juego que están siguiendo. Durante años se ha hablado de internet como una realidad paralela a la que se ingresa a través de la pantalla. Sin embargo, para quienes han crecido con la web como una parte fundamental de la vida, esa frontera no existe. Los códigos de las redes no se quedan en las plataformas, se incorporan al lenguaje, la ropa, los gestos y las maneras de relacionarse con los demás.
Los jóvenes están llevando a las calles aquello que construyeron por las pantallas: comunidades, personajes, bromas y códigos compartidos. Si antes internet servía para coincidir con personas que estaban lejos, ahora sirve para conectar con personas que están a un lado. La diferencia es que ya no se entra y sale de la web: ahora se ocupan las plazas desde ahí.

