Uno de los aprendizajes más básicos de las revoluciones digitales es que no podemos explicar los fenómenos virtuales con metáforas del mundo tangible. No sirven. Cuando internet era sinónimo de piratería, algunos decían que descargarse una canción de Napster era como llevarse una barra de pan gratis y otros decían que era como si un panadero pudiera hacer infinitas copias de una barra. Ni lo uno ni lo otro: sencillamente no funciona. Pero muchos gobernantes, en su repentina y sospechosamente unánime cruzada contra los menores en redes, han vuelto a estas metáforas burdas para describir nuestra compleja inmersión en las plataformas digitales. En el colmo de la hipérbole, Pedro Sánchez comparó el daño que sufren los críos al acceder a Instagram con un juguete que provoca asfixia por atragantamiento y —madre mía— con los quebrantos padecidos por una niña de 12 años que trabajaba 12 horas diarias en un telar hace más de un siglo. Leerle esos brochazos en el Financial Times era como ver a tu padre hacerle sus chistes de padre al camarero… Pero es que todos los padres del mundo lo hacen. Keir Starmer, en uno de sus últimos intentos por frenar su sangría de popularidad como primer ministro, comparó las redes con el alcohol al proponer su británica versión de esta sacrosanta cruzada para vetar a los menores. Y a la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, se le fue especialmente la pinza en su órdago local: “Si hoy tuviera hijos pequeños, preferiría que fumaran a dejarlos solos en las redes sociales”.
Las redes sociales actuales no son lo que nos prometieron. Cada hora que nuestros jóvenes pasan en ellas aumenta su posibilidad de sufrir depresión un 13%. Mientras nosotros debatimos, ellos sufren y los tecno-oligarcas se forran. Debemos actuar. Ya.
Hoy publico un artículo…
— Pedro Sánchez (@sanchezcastejon) April 17, 2026
¿Les cerramos el insta y les damos un piti? La metáfora tabaquera tiene dos caras. La absurda, que es comparar las redes con el tabaco. La acertada, comparar a las grandes tecnológicas con las tabacaleras, porque no es una alegoría que trate de forzar un fenómeno digital dentro de un tosco molde: las grandes corporaciones de hoy son como las grandes corporaciones de ayer. Meta, como otros gigantes tecnológicos, engaña a los consumidores, todo y más, para maximizar beneficios. Mark Zuckerberg sabe que hay gente que sufre con sus productos, sabe que su diseño puede ser tóxico para algunos usuarios, pero advertirlo abiertamente o tocar la estructura fundamental de las plataformas sería renunciar a unos cuantos milloncejos. Tantos, que Meta ha preferido pagar casi 18.000 millones antes que dejar que les destripen en público ante un jurado en el juicio de California. Eso no convierte a sus apps en cajetillas de tabaco cancerígenas. ¿Cuántas empresas mienten y perjudican al bien común sin que se prohíban sus productos? No hay sector al que Competencia no haya sancionado por hacer trampas contra el consumidor, desde el automóvil a los lácteos, y no por ello se han prohibido los coches o la leche.
El tabaco y el alcohol están sepultados bajo toneladas de estudios científicos que demuestran sin lugar a dudas que el consumo de estas sustancias tiene una vinculación directa con innumerables enfermedades e incluso la muerte. Las grandes tecnológicas no han ayudado a que la ciencia estudie las consecuencias de su uso, pero tras años de estudio estamos muy lejos de poder decir algo tan rotundo como que, si usas las redes, dañas tu salud mental. A pesar de lo que hayan oído, la evidencia científica es muy compleja. Entre otros motivos, porque la propia realidad digital es muy compleja. Si tienes 15 años, ¿es lo mismo echar varias horas viendo tiktoks que incitan a las autolesiones, pasarlas mensajeándote con amigos en Instagram, viendo publicaciones que te descubren la realidad de Gaza o leyendo mensajes de otros adolescentes gais como tú en Facebook? En las redes, importa el quién, el cuánto, el cómo, el qué…
Pero en el discurso público, ha calado la brocha gorda que no usamos para la televisión, por ejemplo. La ciencia ahí es concluyente: a más horas de tele en la infancia, mayor riesgo de síndrome metabólico en la edad adulta, de obesidad, de tabaquismo, de colesterol… ¿Qué gobierno ha prohibido la tele a los niños blandiendo este The Lancet? El veto a adolescentes que trató de impulsar Emmanuel Macron lo ha tumbado el Constitucional francés precisamente con el argumento —recomiendo leerlos todos, puede pasar en más sitios— de la brocha gorda, porque es una vulneración “desproporcionada” del derecho a la libertad de expresión y comunicación de un sector de edad. ¿Cómo se informan los adolescentes? Ojalá fueran a los quioscos a comprar periódicos, porque me pagarían el alquiler, pero lo hacen en las redes. Les cerramos la puerta al mundo.
El miércoles, justo antes de que Meta anunciara el acuerdo con los fiscales, el jefe de Instagram declaró en el tribunal que no había “soluciones mágicas” para evitar las consecuencias tóxicas de su plataforma. Horas después de verle las orejas al lobo, tenían una amplia batería de soluciones. Debemos hacer responsable a Zuckerberg de que su producto no sea venenoso: ni para los menores ni para el resto de usuarios. Porque, ¿acaso se prohibió Facebook a los adultos cuando, como aseguró la ONU, fue una herramienta fundamental para la limpieza étnica rohinyá en Myanmar?
